El hombre está en cuclillas, junto al sendero de tierra. Sus ojos a la altura de un lirio salvaje. La flor se refleja en el espejo de una pupila dilatada. El hombre aspira profundamente y sonríe. Sobre un caballo, a quince metros, otro hombre le contempla. Sus botas de cuero llegan a la rodilla, lleva una fusta de cuero trenzado. Descabalga. El otro se levanta sobresaltado.
—¿Por qué sonríes y cantas? —pregunta el imperioso dueño a su esclavo.
—No te lo puedo explicar, aunque quisiera.
—¿Acaso eres libre?
—Eres mi amo, tú mandas y yo obedezco.
–¿Tienes un secreto?
–Algo así.
–Responde a mi pregunta.
–No puedo.
–¡Te lo ordeno! Yo mando y tú obedeces.
El esclavo baja la cabeza, mira sus pies descalzos, uno de ellos abrazado con un grillete de hierro. Musita algo, quizás una canción o invocación, algo sin sentido para su amo, (pudo ser incluso una burla soterrada).
—Te haré azotar si no obedeces, te dejaré sin comida, te apartaré de tu mujer y tu hijo, destruiré tu choza y no podrás cantar ni sonreír.
—Es cierto, tu castigo viene sobre mí como una tormenta de fuego. Perderé mi sonrisa y mi música. Pero tampoco serán tuyas.
—Te llevaré a mi mesa, comerás sobre un mantel bordado en oro, beberás en vasos de cristal y comerás manjares deliciosos. Al postre, ¿me dirás el secreto de tu felicidad, de tu sonrisa y tu canto?
—Ni el castigo ni el halago sirven para el negocio que propones.
—¿Qué sabes tú de negocios si eres un pobre ignorante?
—De negocios sé lo que sé. Conozco el remate de esclavos. Sé cuánto pagaste para ser mi dueño. Conozco el precio de tus cosechas y el precio que pagas por la servidumbre de tu capataz.
—Hablas como si no me temieras.
—Claro que temo tu ira. Sé que eres violento. Que castigas con crueldad. Que las armas son tuyas y que eres dueño, por la fuerza, de la tierra que pisan mis pies.
—Qué no eres tonto está claro. Sin embargo, tu inteligencia es limitada. ¿Es esa la fuente de tu felicidad?
—Oh, amo, ¿cómo podría responderte?
—¿No puedes o no quieres?
—Si te doy el secreto de mi felicidad, la despreciarás. Para ti, mi felicidad es incomprensible, absurda, la felicidad de un pobre tonto atrapado en el dolor.
—Inténtalo, —dice desafiante el amo— quizás soy más comprensivo de lo que tu miedo atávico te permite ver.
—¿Crees en dios? —pregunta el esclavo.
—Por supuesto que sí. Dios es la fuente de mi poder. Dios me ha hecho dueño de esta tierra y señor de tu servidumbre. Dios me conforta en la dureza de esta vida. Dios me ha prometido la eternidad.
—Yo no creo en Dios, —dice el esclavo.
—¡Blasfemo, animal sin alma! —estalla el amo.
—Perdóname Señor, —murmura humildemente el esclavo— déjame contarte mi secreto.
—Habla, necio ignorante.
—Yo no creo en el aire que respiro. Tampoco creo en el agua que bebo. Pero el aire es mi alegría. Y el agua la fuente de mi canto. Así es mi Dios. Está presente en todo lo que soy y en todo lo que veo. Incluso en ti, incapaz como eres de comprender la fuente de la alegría.
El amo se quedó pensativo, apenas un instante. Los hombres de fe no se permiten dudar.
—¿Ese es el secreto de tu sonrisa, la fuente de tu canto? —preguntó incrédulo.
—Te dije que no podrías entenderlo.
—El dios en qué crees es producto de la ignorancia. He visto a los tuyos degollando una gallina en ofrenda a tu dios. Nuestro Dios Verdadero no pide sacrificios, solo espera que seamos rectos en el afecto y correctos en los negocios.
—No puedo discutir con tu fe —dice el esclavo— ni juzgar la rectitud de tus negocios. Pero sí sé que la gallina sacrificada al dios de la Vida es la sustancia del caldo que comemos y fuente de mi alegría.
—Pobre hombre primitivo. No te haré azotar ni te quitaré la vida. Puedes seguir cantando y trabajando para mí. Mi dios, el dios que me ha hecho rico, bendice tu inocencia simplona y te perdona la vida.
—¿Querías saber por qué sonrío y canto? –pensó el esclavo— ¡Porque Dios es la Vida! ¡Porque la Vida vive en mí! ¡Porque acepto con compasión la brutalidad de tu ignorancia! Pero no dijo nada. Sabía perfectamente que, en el juego de la historia, la última palabra la tiene el poderoso. Pero también sabía que esa palabra última es hueca, que no contiene ninguna verdad.
…
200 años después. Ahora es una vivienda de protección municipal, un edificio antiguo reformado hace 70 años. El departamento es pequeño, cuarta planta sin ascensor. Es domingo. Él se ha levantado cantando, la besa a ella con una sonrisa. Ella se estira y retuerce de placer. —Yo preparo el desayuno, dice él, quédate en cama un poco más.
Pero ella se levanta; los domingos cuida el pequeño enredo de plantas que tiene junto a la ventana. Les canta y habla mientras riega las macetas y humedece sus hojas con delicadeza. —Las plantas hablan— murmura, y en su mente aparece fugaz el recuerdo de su abuela: una anciana de pelo canoso y algo encorvada que se mueve con agilidad por el pequeño jardín; vive en los márgenes del enorme feudo industrial en que trabaja su marido, el portero y chico-para-todo. Allí tuvieron sus cuatro hijos, todos en el cuarto de los viejos. En aquel cuarto estrecho también creció su madre, era inteligente y estudió algo en una escuela pública, subvencionada por la caridad privada. De allí se vino trasplantada a la ciudad. —En el campo no hay futuro—, decía su joven marido.
—Las plantas hablan, —piensa ella mientras mira por la ventana de su cuarta planta: la calle estrecha, el hormigón gris de enfrente. Pero no quiere pensar en las penurias del pasado.
Respira profundo y le sonríe a una orquídea. Cuando ella habla con las plantas no les cuenta su historia, hablan de un mundo mucho más antiguo, de cuando había selvas y bosques, pastos y rebaños, animales domésticos, cabras, vacas y caballos, de cuando todo el mundo hablaba con todo el mundo, cuando hombres y mujeres iban juntos, cuando niños y niñas eran gorriones jugando en el trigal, cuando las plantas, con el lenguaje de la belleza y la vida, musitaban los misterios del alma humana y contaban a los seres humanos la historia del mundo.
Su marido la llama a desayunar. Ha puesto una jarra con flores y el mantel bordado por su madre. El café huele a hogar. Ella está embarazada de seis meses. Será el primer hijo. Él trabaja repartiendo materiales de construcción. Ella aún limpia en una cadena de supermercados. Hablan del futuro. Hacen planes. Sueñan con que su hijo estudie y sea más que ellos. —Quizá sea ingeniero— piensa él mientras cambia las tuberías del inodoro. Él le acaba de regalar un móvil nuevo, de los buenos, —así siempre estaremos comunicados, —le ha dicho— viene con un contrato básico de datos e incluye música, por supuesto. A ella le encanta la música; canta en el coro de la iglesia y esa tarde irán a la reunión mensual de su comunidad.
…
25 años después y un poco más allá. Al otro lado de la ciudad están los barrios ricos del norte. Urbanizaciones de clase media acomodada y monumentales chalets de clase alta. Uno de ellos casi no se ve, está escondido en un gran parque; son dos plantas imponentes, gran columnata frontal, ocho baños, dos piscinas, una fría y otra templada, cancha de tenis y arboleda ajardinada de 20.000 metros. Allí vive la mujer del gran empresario. Él ha fundado una enorme empresa de seguridad, la más eficaz del mundo: “protege tu riqueza”, “seguridad y vigilancia es control”, “sostenemos un mundo más seguro”; además es dueño único de una importante gestora de datos, con inversiones en las grandes distribuidoras de alimento y bienes de consumo. Y sí, por supuesto, es el accionista mayoritario del Consorcio Bancario del Este. Cada dato que circula por la red mundial hace clic en el contador de ingresos del gran hombre.
En la inmensa mansión la mujer vive prácticamente sola, atendida por la servidumbre. Sus hijos estudian fuera. Su marido viaja mucho. Su mayor placer es el laboratorio de rejuvenecimiento dérmico: asiste cuatro veces a la semana y le encantan los masajes completos. También organiza colectas entre sus amigas y contribuye en varios dispensarios médicos de la periferia: —esa pobre gente con mala suerte—. Ella nunca canta, pero sí es consciente de cuán afortunada es su condición.
Su marido controla una red de eficaces ejecutivos, su lema es: “Orden y mando”. Cuando descansa algún sábado se detiene un momento a conversar con el jardinero. Es un chico joven que empezó a estudiar ingeniería realizando el sueño de su padre. Pero dejó la carrera en segundo año. Conocía el esfuerzo de sus padres y se sentía culpable. Pasó a trabajar luego como ayudante del jardinero de su iglesia. Ahora, por un golpe de suerte, se ha convertido en jardinero de la gran mansión. Quiere ayudar a sus padres. Su madre hablaba con las plantas y él lo sigue haciendo.
—Siempre estás sonriendo y cantas, —le dice el magnate— tu felicidad alegra mi jardín. Mi mujer dice que eres muy trabajador.
El chico baja la mirada y calla. Se mira los zapatos. No conoce sus cadenas. Piensa que nunca las tuvo.
P.Francisco Bontempi
Médico y Psicoterapeuta
EL SECRETO DEL ESCLAVO, un relato