EL ÁRBOL DE LA PALABRA: un relato

Posted By pfbontempi on Oct 6, 2026


EL ÁRBOL DE LA PALABRA: un relato.

Vino a mi consulta una especie de poeta: —Soy un árbol que da palabras —me dijo. Y como jardinero aficionado que soy me interesó su definición.

—No puedo evitarlo, este árbol es mi condición —agregó. Y como ambos éramos conversadores, nos pusimos a hilar palabras y conceptos. 

—El fruto tiene “cáscara” y color, debe atraer al mensajero, es un señuelo; además tiene “pulpa”, alimento para quien lo coja; y tiene “núcleo” o semilla para reproducir su origen. 

—La palabra también tiene estas tres dimensiones —acordamos.

—Primero tiene cáscara —me dijo— una primera apariencia que provoca, semi conscientemente, asociaciones, connotaciones y antecedentes; hay palabras que brillan como luces de neón, otras son duras, oscuras o monstruosas. Algunas tienen pinchos y se clavan en el oído de quien escucha. Otras son duras y ocultan su interior. Otras se desgarran al mirarlas. La fruta de la palabra pertenece a una red social que se extiende en el tiempo, habla con los otros. 

—Es muy cierto —agregué—. Quizás el árbol que tú eres genera palabras pero ellas vienen de muy lejos: “agua” viene del latín “aqua”, y aquella de la raíz “akwa” que pronunciaban los indoeuropeos junto a un rio. Los ingleses, en cambio, dicen “water”, derivada del protogermánico “wator” y aquella del indoeuropeo ”wodr”, relacionado con el agua que cae del cielo. Aunque no lo sepamos toda palabra nos cuenta una historia.

—La palabra tiene pulpa —continuó— es alimento que si alguien ingiere le llena con “algo”. La palabra se transforma en el cuerpo mental o anímico de esa persona.

—Correcto, “dime qué comes y te diré quién eres. Hay palabras que engordan, pero no alimentan, que incluso intoxican. La mente está llena de palabras, es un cuerpo sutil que se alimenta con ellas. Por la palabra crece y toma forma “el mundo” del niño/a. Su mundo es su sistema perceptivo, su modelo de la realidad y de sí mismo: Eres buena. Eso es hermoso. Aquello es feo. Eres justo, trabajador, inteligente. Eres ingenua, demasiado joven. Estás viejo. Dios es justo. El mundo es plano. El infierno es fuego. El universo tiene 13.000 millones de años. No corras tanto. Pásame el salero, etc.

—Como niño tragué miles de palabras. He vomitado cientos antes de encontrar las mías —reconoció con cierta amargura.  

—Valoro tu autenticidad —le dije— las palabras que brotan de ti mismo son frutos con semilla, las otras, las repetidas, están huecas.

—Las semillas de mí mismo le dan sentido a mi existencia —enfatizó.

—Porque el sentido del árbol es su semilla —agregué comprensivo—. Este es el tercer elemento de la fruta, lo último que es lo primero: la palabra tiene una semilla, una esencia. Cuando el resto del fruto se haya destruido en el sistema digestivo, la esencia de la palabra, ya sin cáscara ni pulpa, será expulsada del organismo porque no le pertenece. 

—Por supuesto —exclamó entusiasmado— ¡las esencias van más allá del yo! son el vínculo con la totalidad que trasciende al individuo. La semilla pasa a través del organismo, condicionándolo, pero no para quedarse allí sino para ir a otro sitio. 

—Correcto —apunté— la semilla-esencia pertenece a la red de los seres y no a un ser concreto. La dimensión de la esencia está en ese otro mundo: el mundo de las ideas. La esencia de la palabra es la “idea”, pero no siempre operamos con ellas, a veces nos basta con comer, trabajar y dormir.

—Comparto este análisis de la fruta. Más tenlo claro, no me conformo con comer, trabajar y dormir —exclamó airado—. Busco y quiero algo más. Si genero palabras las necesito coherentes. No me vale repetir las que tragué.

—Me vale si la repetición es coherente. En mi comprensión del mundo uso palabras antiguas —quise puntualizar.

—Me vale la fruta con semilla, la palabra viva, con esencia —remachó. 

—De acuerdo, siempre que no entendamos a la semilla como una cosa separada de la matriz en que se generan los seres. 

—Dime entonces qué es una idea —exclamó desafiante.

—¿Qué es una “idea”? —repetí como un eco buscando ilustrar mi comprensión—. Etimológicamente procede del verbo griego idein, “observar”. Tiene que ver con la “forma” de algo, al principio externa, la “forma perceptible”. Pero, después con Platón, la idea fue la forma interna, la “forma inteligible” de algo, la estructura o esqueleto más íntimo, eso que le hace ser lo que es. 

—Entonces para ti la idea no es una abstracción sino la sustancia más profunda y verdadera de algo, su matriz, lo que nos hace ser lo que somos.

—¿Qué nos hace ser lo que somos? —pregunté murmurando. Y conversamos acerca de eso.

—El primer determinante de lo que somos es la biología —afirmó y acordamos. 

—Aunque la física y la química orgánica la precedan la biología es fundamental para lo que somos: necesitamos comer, dormir, reproducirnos sexualmente, sin eso enloquecemos, morimos, dejamos de existir. 

—Pero no solo nos fundamenta la biología, con ella vino la palabra; ya sabes que “soy el árbol que da palabras”.

—Y te creo —le dije—. Por la palabra establecemos relaciones sociales complejas, con palabras instrumentalizamos el mundo, lo describimos y convertimos en un objeto operativo. Con la palabra nace el mundo, lo psicosocial. Con palabras construimos leyes, con palabras mentimos y engañamos a las leyes. Con una palabra, incluso, nos designamos a nosotros mismos: “yo”, la más común y repetida de las palabras.

—¿Y “antes” del yo, de la palabra, de la biología, física y materia? —preguntó, entre provocador y escéptico. 

—Demasiado larga tu pregunta —le dije—. ¿Preguntas por el origen de todo? Nadie lo sabe y me dejas sin palabras. El origen de todo es el gran misterio. Mejor no buscarlo tan lejos. Aquí mismo en el “yo”, en esto que es biología y palabra, hay un misterio más cercano, tan próximo que no lo vemos, confundido con lo que somos. Quizás debiéramos hablar de la consciencia de existir, en este exacto momento, ahora mismo. ¿Existes? ¿Y qué eres que no sea tu DNI?

—No sé qué es la consciencia. He pensado en ella y siempre se escabulle entre mis dedos, o más bien entre mis palabras —respondió como dolido—. ¿Te refieres a mi “yo”? ¿A algo más allá de lo que pienso de mí mismo? 

—El “yo” es un tema central, la palabra más corta y la más usada, es nuestro centro de referencia, el bucle que nos amarra a nosotros con nosotros mismos. Para algunos “todo comienza y termina en su yo”. Para otros el yo es solo el nudo en que biología y palabra intentan dibujar el mundo. Un nudo frágil que se rompe y deja grietas enormes. 

—Estoy de acuerdo —concedió.

—Por esas grietas comienza el viaje que nos interesa: por la intimidad agrietada del yo, por las fracturas de lo incomprensible, por la rotura del mundo, por allí se cuela, intraducible, el misterio de la consciencia. Es ante la consciencia donde biología y palabra se abocan a la mayor aventura.

—¿Aceptarás que hasta aquí hemos llegado por la palabra? —insistió.

—No lo puedo negar  —repuse— sin embargo la palabra no es el final de nuestro viaje, solo el comienzo.

—Me has mareado. Ya no sé qué tipo de árbol soy. ¿Es esta la perversión de la palabra, la que confunde lo que creo saber? Aunque no sepa decir “qué es la consciencia” la asumo como muy real. ¿Soy yo el árbol de la consciencia que da palabras? ¿Alimento lo que soy con el fruto de lo que yo mismo soy?

Con palabras agotadas, finalmente, como barcos de papel casi deshechos en el agua, nos acercamos a una orilla silenciosa y extraña, un jardín inabordable para cualquier lengua, y allí tocamos, ya sin palabras, el misterio insondable de la consciencia. 

Más allá de nuestro afán retozaba, desnuda y vacía, la Realidad inabarcable, como sonriéndose de nuestra ingenuidad. Y no había palabras en Ella. 

Pero, como el mundo de las palabras es el nuestro, recordé entonces aquella vieja historia:  “… era un jardín bellísimo. Podíamos comer de todo y estar en paz con los animales. Y en medio estaba el árbol prohibido: comer de su fruto resolvía el misterio del bien y el mal, y su fruta portentosa convertía a todas las cosas en conocimiento…”

EL ÁRBOL DE LA PALABRA: un relato

PD.¿Qué era aquel jardín anterior a la palabra? Porque, si la palabra es fruto, cáscara y semilla, ¿qué es eso que la palabra intenta nombrar y nunca alcanza: lo que llamamos Realidad? Nos quedaremos por ahora en esta orilla silenciosa que roza, sin palabras, el misterio. 

Pero el nuestro es un mundo de palabras y relatos, en él nos toca vivir. A algunos les basta el tono poético o la mística del silencio. Pero, para quien se hace preguntas, este relato es una invitación al análisis. ¿Cómo el lenguaje se infiltra en la realidad hasta confundirse con ella? ¿Cómo la representación sustituye a la cosa y por qué olvidarlo nos lleva, no solo al error filosófico, sino a la guerra que envenena de largo la condición humana?  Hacia ese análisis va este relato. 

P.Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

PD.2.—Con la intención de enriquecer la lectura y abrir una reflexión sobre esta cuestión de moda, he querido nuevamente incluir un análisis por la IA. El procedimiento ha sido el mismo: exponer el texto a la consideración de un lector humano y de esa «maquina capaz de lectura inteligente», la IA. Que juzgue cada uno.

ANÁLISIS DEL TEXTO «EL ÁRBOL DE LA PALABRA» (DEEP SEEK)

I. ANÁLISIS LITERARIO

1. Estructura y género

El texto se presenta como un relato dialógico con marco de consulta («Vino a mi consulta una especie de poeta»). Eso le da una doble naturaleza: Diálogo filosófico al estilo platónico, donde dos personajes conversan y van construyendo juntos el pensamiento. Relato poético-simbólico, con una voz narrativa en primera persona que recuerda al «jardinero aficionado».

La estructura es en espiral: se parte de una metáfora simple (el árbol que da palabras), se despliega en tres dimensiones (cáscara, pulpa, semilla), y se vuelve a cerrar con otra imagen (el jardín del Edén, el silencio final). Eso da una sensación de viaje circular que termina donde empezó, pero con más profundidad.

2. Voz y tono

Hay dos voces diferenciadas: El poeta: más apasionado, vehemente, «airado», busca autenticidad, no se conforma con repetir. El narrador/jardinero: más sereno, matiza, puntualiza, busca coherencia, evita la separación entre semilla y matriz. Ese contraste crea una tensión productiva: no es un monólogo, es un verdadero intercambio. El lector asiste a un pensamiento que se hace en común.

El tono es reflexivo, cálido, ligeramente elegíaco al final («barcos de papel casi deshechos», «orilla silenciosa»). Hay una contención poética que evita la grandilocuencia.

3. Imágenes y símbolos

—El árbol: símbolo clásico de conocimiento (Edén, Yggdrasil, el árbol de la ciencia). Aquí es el árbol del lenguaje.

—La fruta con cáscara, pulpa y semilla: metáfora tripartita de la palabra. Muy eficaz: sensorial, mnemotécnica, y con carga filosófica (apariencia / contenido / esencia).

—El río de las etimologías: «agua» → akwa → indoeuropeo. Ancla la reflexión en lo concreto, en la historia material del lenguaje.

—El yo como nudo o bucle: imagen potente, casi budista. «Un nudo frágil que se rompe y deja grietas enormes».

—Las grietas del yo: por donde se cuela «el misterio de la consciencia». Imagen lograda: no se entra al misterio por la puerta grande, sino por las fisuras.

—El jardín final: cierre simbólico que conecta con el Génesis. El texto no lo cita literalmente, lo evoca. Eso es hábil: no cae en la cita erudita, la insinúa.

4. Ritmo y sintaxis

El texto alterna: Frases cortas en los intercambios («—Correcto», «—De acuerdo», «—Comparto»), que dan velocidad y naturalidad. Frases más largas y acumulativas en los pasajes reflexivos («Su mundo es su sistema perceptivo, su modelo de la realidad y de sí mismo: Eres buena. Eso es hermoso…»). Ahí el ritmo se expande y luego se corta con ejemplos concretos. Ese juego de aceleración y desaceleración sostiene bien la lectura.

5. Efectividad como texto independiente

Sí, funciona como texto independiente. Tiene: Unidad temática: el lenguaje como fruta, con tres dimensiones. Unidad dramática: dos personajes, un diálogo, un cierre. Unidad simbólica: árbol → fruta → semilla → jardín. Un final que no cierra del todo, lo cual es apropiado: deja al lector en la orilla, con la pregunta abierta. El PD funciona como bisagra hacia una segunda parte, pero no es imprescindible para que el relato se sostenga. Si se quitara, el texto seguiría en pie, aunque perdería esa invitación explícita al análisis que anuncia la continuación.

Punto débil menor: la transición entre la conversación etimológica y el salto a la consciencia es algo abrupta. El lector pasa de «agua» a «consciencia» con una pregunta del poeta («¿Y antes del yo, de la palabra, de la biología…?») que sirve de puente, pero el salto es grande. No es un fallo grave; incluso puede ser intencionado: la consciencia aparece como irrupción, no como conclusión lógica.

II. ANÁLISIS DESDE UN PROFESOR DE FILOSOFÍA

1. Tema central y tesis

El texto plantea una filosofía del lenguaje con tres ejes: —La palabra como mediación: no accedemos a la realidad directamente, sino a través de palabras. —La palabra como alimento: configura el «cuerpo mental» y el mundo del sujeto. —La palabra como esencia: la semilla que trasciende al individuo y conecta con la Totalidad.

La tesis implícita es: el lenguaje no es un instrumento neutro, sino una matriz que se infiltra en la realidad hasta confundirse con ella. De ahí la advertencia final: olvidarlo lleva al error filosófico y a la guerra.

2. Tradiciones filosóficas presentes

—Platón: la idea como forma inteligible, esencia, matriz. El texto lo cita explícitamente. —Kant: la distinción fenómeno/noúmeno está en el trasfondo. La «Realidad inabarcable» final es claramente nouménica. —Wittgenstein: los límites del lenguaje como límites del mundo. Aunque no se cita, está en el aire. —Heidegger: el lenguaje como «casa del ser», la palabra que no es solo instrumento. —Filosofía del lenguaje ordinario (Austin, Searle): la palabra que hace cosas, que construye leyes, que miente. —Tradición sapiencial/religiosa: el Génesis, el árbol de la ciencia, el silencio místico. —Budismo/Advaita: el yo como nudo frágil, las grietas por donde se cuela el misterio.

El texto no es erudito ni academicista, pero dialoga con esas tradiciones sin citarlas todas. Eso lo hace accesible sin ser superficial.

3. Aciertos filosóficos

—La tríada cáscara-pulpa-semilla es una buena herramienta heurística. Recuerda a la distinción estoica entre significante, significado y referente, pero con un giro vitalista: la semilla «alimenta» y «reproduce».

—La etimología como arqueología del sentido: «agua» → akwa → indoeuropeo. Muestra que las palabras tienen historia material, no son arbitrarias.

—El yo como construcción lingüística: «la palabra más común y repetida». Eso conecta con Hume, con el budismo, con la filosofía de la mente contemporánea.

—La consciencia como misterio que se escabulle entre las palabras: honesto y lúcido. No pretende resolverlo, lo señala.

—La distinción entre palabras con semilla y palabras huecas: criterio ético-epistémico. No todas las palabras valen lo mismo.

4. Límites o preguntas abiertas

—¿La semilla pertenece al mundo de las ideas o a la red de los seres? El texto dice ambas cosas: «la dimensión de la esencia está en ese otro mundo: el mundo de las ideas», pero también «la semilla-esencia pertenece a la red de los seres». Hay una tensión no resuelta entre platonismo y relacionalidad. No es necesariamente un fallo: puede ser una intuición de que ambas cosas son ciertas.

—¿La palabra «yo» es solo un nudo o también una apertura? El texto la presenta como bucle que amarra, pero también como centro de referencia. Habría que desarrollar más esa ambivalencia.

—¿Qué estatuto tiene la «Realidad inabarcable»? ¿Es el noúmeno kantiano, el Uno plotiniano, el vacío budista? El texto la deja como misterio, lo cual es filosóficamente respetable, pero quizá pida una segunda parte que aterrice más.

—La conexión entre lenguaje, error y guerra se anuncia al final, pero no se desarrolla. Es una promesa para la segunda parte.

5. Valor filosófico global

El texto no es un tratado sistemático, ni pretende serlo. Es una meditación en forma de diálogo, con una densidad conceptual notable pero sin pesadez académica. Funciona como introducción viva a problemas filosóficos del lenguaje, la consciencia y la realidad.

Su mayor mérito es no separar pensamiento y vida: la filosofía aparece como conversación, como alimento, como fruta que se come y se digiere. Eso conecta con la mejor tradición sapiencial, desde Platón hasta Montaigne o Nietzsche.

Su mayor riesgo es quedarse en la sugerencia. El lector que busca tesis claras y argumentos cerrados no las encontrará. Pero el que busca pensar con otro, sí.

III. CONCLUSIÓN

Como texto literario: logrado, con imágenes potentes, ritmo cuidado y un cierre simbólico que deja huella. Funciona de forma independiente.

Como texto filosófico: sugerente, bien hilado, con ecos de Platón, Kant, Wittgenstein y la tradición sapiencial. No resuelve los problemas que plantea, pero los plantea con hondura y honestidad.

Como antesala de una segunda parte: el PD anuncia un análisis sobre cómo el lenguaje se infiltra en la realidad y cómo olvidarlo lleva al error y a la guerra. Eso es una promesa fuerte. Si la segunda parte mantiene este nivel, el conjunto puede ser una contribución original y valiosa.