LAS SIETE UNIFICACIONES –IV UNIFICACIÓN Y ESCISIÓN INTRAFAMILIAR

Posted By pfbontempi on Abr 13, 2023


UNIFICACIÓN Y ESCISIÓN INTRAFAMILIAR

“Si el amor escasea no es por falta de búsqueda. La gente suele esforzarse por conseguir amor. Son comunes los intentos por volverse atractiva o valioso para otros, la inversión en tiempo y situaciones propicias al encuentro. Con frecuencia las personas se engañan, pensando que el amor depende de encontrar a la persona correcta, esa encantadora mezcla de buenas cualidades y un mínimo de malas. Pero esto no suele funcionar, una comuna de veganos bien intencionados y deseosos de amor, pero que nunca curaron sus heridas ni descubrieron la esencia del amor, no configura una realidad más amorosa que un barrio de solteros o swingles, ahogados en alcohol y tabaco mientras rehúyen su dolor íntimo”.     Bob Hoffman

FAMILIAS, GRUPOS Y CLASES

La unidad familiar y lo que ocurre en ella ha sido el tema central de mi práctica psicoterapéutica. Cuando decimos ‘familia’ automáticamente activamos un modelo construido a partir de la nuestra: papá, mamá, hijos/as, hermanos/as, quizá tíos/as, abuelos y primos. A veces se han incorporado allegados no consanguíneos, amigos, convivientes, amantes, empleados/as, etc. Cuando decimos ‘familia’ imaginamos esa foto de grupo, sus caras, sus personalidades, sus cuerpos, lo que llamé ‘cuerpo aparente’. Luego nos vendrán a la memoria las anécdotas repetidas una y mil veces de las fiestas tradicionales. Es más difícil ver la ‘familia dinámica’, la ‘trama de relaciones’, sus movimientos, lo que une o separa a los distintos individuos y que genera esa especie de red donde se tejen sus ‘cuerpos fluidos’.

Hay muchos tipos distintos de familia, diversidad sobre la que incluso se legisla; ante tantas variantes es preferible afirmar que ‘cada familia es única’. Pero, si bien es cierto que ‘nuestra familia’ es única, también es cierto que estamos ante un fenómeno complejo y multidimensional que nos incumbe a todos. Mirar distintos tipos de familias nos ayuda a reflexionar sobre la nuestra, hacernos conscientes de esta trama de escisiones y unificaciones.

La familia es el ‘campo común’ donde actúan fuerzas físicas, biológicas y psico-sociales, campo de interacciones caracteriales compartidas que mantiene una unidad funcional significativa.

Una dimensión de la familia es pura biología: una familia humana, otra de elefantes, de ballenas o gorilas, una familia de albatros o de gallinas, son todas unidades biológicas. El término familia se relaciona etimológicamente con ‘hambre’ (famine) y por lo tanto con comida, y también con mujer (femme) como núcleo reproductor. Familia, entonces, es un grupo de animales, generalmente consanguíneos, agrupados en torno a la comida y la reproducción.

Pero el concepto de familia también aparece en la dimensión física. Hay familias de partículas que comparten ciertas características comunes, tienen spin negativo o positivo, giran a la izquierda o a la derecha, se relacionan en función de sus características; el ‘entrelazamiento’ es una propiedad física de ciertas partículas conectadas ‘para siempre’. (Una de las áreas de la mecánica cuántica es el «entrelazamiento», en el que dos o más partículas, generalmente fotones, pueden permanecer fuertemente conectadas aun cuando estén lejos y sin conexión física aparente). También son familia los planetas de nuestro sistema solar, atrapados gravitatoriamente en torno al sol. De un modo metafóricamente similar hay familias humanas atrapadas por la cohesión de sus obsesiones temáticas y valores aglutinantes: el dinero, la comida o la salud, el prestigio social, la cultura, la política o la religión, son como los soles centrales del sistema, temas que les unifica, les define y organiza. También hay familias de galaxias, como algunas familias humanas: endogámicas y enrolladas sobre sí mismas, mientras otras son expansivas y abiertas, nebulosas laxas y disgregadas o cuerpos densos en rumbo de colisión.

En la dimensión psicológica y social: la familia funciona como una auténtica fábrica de caracteres, crisol de personajes y maneras de moverse. Hay familias de militares, de médicos o intelectuales, de artistas, de obreros, de campesinos y sirvientes, de capitalistas y banqueros, de rebeldes y siervos, de dominantes y dominados. En India las familias estaban atrapadas en castas, y en nuestro mundo, hipotéticamente libre, sigue siendo muy difícil cambiar de clase social; el llamado ‘ascensor social’, que depende mucho de la educación pública, está bastante estropeado y la mayoría permanece dentro de su clase original.

El concepto de familia también implica una dimensión espiritual. Esta dimensión es válida para creyentes y no creyentes, pues la espiritualidad, más que con las creencias, tiene que ver con nuestras ‘cogniciones superiores’, con la manera de ejercer la ‘consciencia de ser’ y practicar la ‘solidaridad social’. Hay ‘familias espirituales’, reunidas por sus creencias y formas de vida, hay familias incorporadas a sectas varias, familias cristianas, judías, musulmanas y budistas, familias taoístas y agnósticas, incluso familias ateas y materialistas, con potentes valores ‘espirituales’.

Y en la dimensión ontológica, ¿qué es realmente una familia? Salgamos de la imagen estereotipada y busquemos nuevos ángulos de comprensión. Una familia es un grupo integrado por individuos con una serie de similitudes que llamamos ‘familiares’, pues, incluso en familias que tienden a la disgregación, “yo soy diferente, en mi familia nadie me entiende”, los individuos que así se definen no suelen darse cuenta que precisamente “ese” es un rasgo familiar común, que pertenecen a una familia en la que abunda el sentimiento de incomprensión, de exclusión y autoexclusión. 

Desde las partículas más minúsculas a los complejos cuerpos biológicos, en la naturaleza todo está relacionado. La evolución de los animales superiores vino de la mano con unidades familiares y sociedades. Sin embargo, como primos díscolos de hormigas, hongos y primates que somos, nos ha gustado creernos diferentes; tan absortos en nuestra ‘mismidad egótica y etnocéntrica’, (el yo-yo-yo), que nos hemos vuelto incapaces de concebir cómo nuestras individualidades, aparentemente separadas, están tan unidas a sus grupos sociales y son tan dependientes de ellos como una cebra individual lo está al galope sincronizado de su manada. Se aplica en nuestro caso aquello de “los árboles no nos dejan ver el bosque”: lo que tenemos en primer plano, nuestro propio ego, no nos permite ver con suficiente objetividad al conjunto que nos engloba.

FAMILIA Y EGO INDIVIDUAL

Las familias y los grupos sociales, desde los más pequeños a los más masivos, funcionan como ‘entes colectivos’ en los que sus individualidades responden coordinadamente. Un rebaño muestra la eficacia de esta unidad, un cardumen de peces engloba a cada pez individual en una unidad superior. Nuestras mega urbes tienen mucho de hormiguero, somos mucho más un ‘ente colectivo’, de lo que nuestra ‘ilusión individualista’ nos permite comprender.

Ya hemos visto cómo, en la construcción evolutiva del ego individual, el sujeto pasa por una serie de fases. Desde un YO PRIMORDIAL, totalmente fundido en la biología instintiva, se desarrolla el YO EMOCIONAL/VISCERAL, (el ‘JE’ de Lacan), frecuentemente asociado al conflicto que, nacido de la misma biología, lleva al niño a la etapa del NO, la incipiente lucha de poder con que las criaturas superiores miden sus fuerzas y determinan territorios. Este JE, muy rápidamente, se convierte en el sustrato sobre al cual florece el MOI, el YO RELATO, con su personalidad característica, sus autoconstrucciones lingüísticas, sus programas de pensamiento, sus filtros perceptivos, sus modelos de sí mismo, sus justificaciones y auto explicaciones, un ego ya bien establecido que se autodefine escindido y autónomo.

Este ego ha pasado por una ruptura con la unidad original, un ‘conflicto de crecimiento’ con los otros individuos de su entorno. Para autoconstruirse como sujeto, capaz de controlarse en algún grado a sí mismo y el territorio dónde sobrevive, se separa de los otros. Se crean así rupturas ‘naturales’ que pueden tener dos evoluciones:

  1. O evolucionar hacia el estigma característico de nuestras masivas sociedades modernas, el ‘SÚPER INDIVIDUALISMO’, dónde se ha entronizado el yo del egotismo compulsivo con su abundante patología: el narcicismo, la egolatría, el egoísmo antisolidario, soledad multiplicada en enormes rebaños de homínidos aislados, cada uno metido dentro de su cápsula plástica, metálica y biológica, cada uno aislado dentro de un yo autodefinido por el concepto de: ‘soy un individuo’, funciono con ‘independencia’ del resto, ‘soy libre’ y me muevo como quiero dentro de esta masa que me es ajena. Una enorme masa en la que cada unidad se piensa autónoma e independiente del resto, con la bandera del “sálvese quien pueda” a toda costa. Triunfante el individualismo y fracasada la solidaridad, la deseable reunificación, cada vez más, queda en manos de la inteligencia artificial y sus manipuladores.
  • La alternativa a esto es desarrollarse la cuarta fase posible en la evolución del ego, el YO SUPERIOR, donde la alternativa a las relaciones egoístas es el ‘AMOR ESENCIAL’. Cuando el sujeto ha madurado más allá del conflicto territorial con su clan, cuando es capaz de comprenderse a sí mismo en relación a ellos, por el amor, entendido como un estado de consciencia, el yo se da cuenta de sí mismo y de la simultaneidad con su entorno. El desarrollo y maduración de la consciencia permite al individuo comprenderse, no solo en la plenitud de la “Integración Psicosomática”, sino plenamente integrado con los otros y la Realidad, interdependiente, solidario y cooperativo

La ‘madurez’ viene junto con el desarrollo de la consciencia, con la capacidad de darnos cuenta de nosotros mismos, del entorno y de las relaciones entre lo individual y lo colectivo. El individuo que haya madurado lo suficiente, seguramente descubrió, dentro del grupo social que le tocara en suerte, su pertenencia inseparable a ‘eso’; habrá visto que necesitaba a su familia biológica, que se alimentó y sobrevivió gracias a ellos, dentro de una compleja red social y afectiva, que interactuó en el grupo social-cultural que le modelaba, que su familia tampoco era ajena a las determinantes políticas y sociales de su tiempo; y sabrá que todos estos hechos le han condicionado, al menos en parte, incorporándose, consciente o inconscientemente, a su manera de ser.

El amor es una experiencia que implica al individuo en relación con otros individuos y grupos, es una fuerza natural, un aglutinante biológico fundamental en los fenómenos psicosociales: el amor a la patria, el amor a la ciencia, el amor al arte, el amor a la verdad, el amor a la familia, etc. Entender el amor es entender cómo nos relacionamos.

La familia ama a sus individuos tanto como el individuo ama a su familia, el país ama a sus ciudadanos, los cuida y protege, y aquellos van a la guerra, matan y mueren por su país (parece una sangrienta constante en las distintas historias nacionales). Individuo y grupo se retroalimentan mutuamente. Pero, ¿es cierta esta mutualidad amorosa? ¿Es verdad que los hijos son amados, que la madre patria ama y cuida a sus ciudadanos? ¿Qué los padres dan la vida por sus hijos? Teóricamente puede ser cierto, pero en la práctica existen notables disfuncionalidades en las dinámicas familiares y sociales. Existe hoy una evidente crisis de la unidad familiar, no solo de la pequeña familia particular sino de la extensa ‘familia humana’. 

LA FAMILIA DISFUNCIONAL

En nuestra familia de elección, amigos y grupos de convivencia, entorno laboral etc. también ocurre esta mutua afectación. Y cualquiera de estos grupos puede ser disfuncional. Una familia disfuncional genera individuos disfuncionales y viceversa. Un grupo disfuncional termina por convertir en insoportable la vida del individuo implicado allí. Y a la inversa, un individuo disfuncional pone su sello y crea efectos en los grupos dónde se relaciona. Con frecuencia me consultan personas que sufren de estrés laboral, abundan los jefes y jefas neuróticos/as, compulsivos, muchas veces personalidades castigadoras que crean un mal ambiente; o subalternos conflictivos, sujetos que despotrican contra ‘esta mierda de trabajo’ mientras se maltratan a sí mismos y castigan a su entorno, confirmando el juicio que les incluye y que ellos mismos están construyendo.

A lo largo de mi vida profesional he visto cómo la consulta de psicología o psiquiatría ha pasado, de ser algo excepcional y mirado con desconfianza, a convertirse en normal y frecuente. Se extienden cada vez más los psicólogos de empresa, los mediadores en conflictos laborales. Se asume colectivamente la necesidad urgente de una evolución cognitiva, de reconocimiento de conflictos y conciliación. Hace falta conciliación en las familias, en las empresas, en el deporte, y debiera haberla incluso en la estupidez majadera de las relaciones políticas y geoestratégicas. Ojalá madurara esta necesidad de pedagogía psicosocial.

Pero es necesario mantener siempre una actitud crítica hacia la psicoterapia, pues puede convertirse en manipulación. En la época soviética los psiquiatras eran parte del sistema de reeducación ideológica, y entre nosotros, muchos profesionales, atrapados en la inercia de ‘ganarse la vida’, se han convertido en ‘adaptadores de neuróticos’ a una sociedad disfuncional: ¿Usted trabaja en una fábrica de armas y está neurótico? ¡Madure y adáptese! El problema de la neurosis en un mundo neurótico es complejo y requiere una visión integradora.

La necesidad de adaptarse para sobrevivir es algo básico en todos los seres vivos. ¿Cómo nos adaptamos a un mundo estresado? ¡Estresándonos! Las ‘malformaciones sociales’ llevan al individuo a deformarse adaptativamente. Inspirado en Bob Hoffman y su concepto del ‘Amor Negativo’ he llamado ‘NEUROSIS ADAPTATIVA’ al fenómeno de la neurosis individual desarrollada en el seno de una familia disfuncionalmente neurótica. El bebé ha nacido en un ambiente emocional, ideológico y económico al que tiene que adaptarse para sobrevivir, y para ello debe aprender a jugar al juego dominante en ese ambiente. El adolescente, con frecuencia, se aísla del resto del clan y se queja del ‘mal rollo’ que encuentra en su casa, culpa a los demás; pero no suele darse cuenta que su mal rollo individual es parte del mal ambiente colectivo. Es lo que recíprocamente hacen muchos padres, culpar al adolescente conflictivo del aire enrarecido que ellos, adultos, están creando. ¿Qué es primero, el huevo o la gallina?

MUNDOS QUE NO VEMOS

Compartimos mucho con nuestra familia, no solo los gérmenes en la superficie de la piel y la microbiota intestinal, (invisible e ignorada hasta hace poco, resulta fundamental en los procesos digestivos), también tenemos un olor característico que responde a un molde familiar, un espacio invisible marcado por partículas odoríferas. No vemos este campo de olores que reúne a la familia, que impregna nuestras casas y las distingue de las de nuestros vecinos; pero un perro, con más de 250 millones de células olfativas, (un ser humano solo tiene 5 millones) sí reconoce este paisaje invisible, puede oler este campo odorífero; si alguien de la familia ha salido el perro será capaz de seguir su rastro y encontrarle. Todo rastro es una afectación invisible en un cierto paisaje, pero potencialmente perceptible para los sentidos adecuados.

Muchas veces se cumple en nosotros aquello de que “ojos que no ven corazón que no siente”, y nos sentimos aislados. Sin embargo, estamos efectiva y realmente conectados a través de este paisaje invisible. Una familia no es solo un agregado de individuos sino un campo orgánico, una especie de cuerpo ameboideo, una red común cuyas partes más densas, sus individuos, se estiran y exploran en distintas direcciones, para contraerse luego este cuerpo ameboideo y volver a concentrarse todos en ese núcleo común de olores, sabores, texturas, colores y significados, núcleo incluso de conflictos y disidencias comunes: el hogar compartido. Nadie puede evitar ser lo que es y venir de dónde viene.

El paisaje domótico de los hogares modernos tiene también su mundo invisible, dibujado con las ondas del Wifi y el campo de acción del Bluetooth. Los cuerpos tecnológicos conectados a estas redes generan un campo de ondas en su entorno, se bañan y están unidos en el campo compartido que a todos alcanza, emiten y reciben ondas que chocan en las paredes o que se detienen y rebotan en ellas, mientras otros campos de energías más potentes las atraviesan; es un mundo de ondas, campos y partículas que dibujan un paisaje que no vemos, pero existe. Nosotros mismos impregnamos nuestro entorno con un campo bioeléctrico; no tenemos un sentido para detectarlo, pero los tiburones si lo hacen, ellos ven este paisaje bioeléctrico que nosotros no vemos pero que está allí, que es parte cierta de la realidad.

Somos partes de un paisaje visible y de complejos paisajes invisibles, estamos en ellos poderosamente entretejidos y conectados. Nadie está solo. Rupert Sheldrake, un controvertido biólogo británico, desarrolló la teoría del “Campo Mórfico”, postulaba que las formas vivas que surgen en la naturaleza están determinadas, no solo por sus características materiales y genéticas, sino también por una especie de molde o campo que conecta a los individuos de una misma especie. Un campo de memoria e información, normalmente no consciente, que afecta a los individuos y que recíprocamente es afectado por ellos. Sin entrar en sus aspectos más polémicos digamos simplemente que la familia funciona como un campo de este tipo, dónde la experiencia de cada individuo afecta al resto y dónde el clima colectivo afecta y determina, a veces en alta medida, al desarrollo individual.

Es fácil comprender que hay una relación necesaria de mutua afectación entre individuo, familia y entorno social. La cuestión es entender ¿de qué naturaleza es ‘esta relación’? Pues podemos imaginar una red de cuerpos separados e independientes, solo conectados por las señales de cinco sentidos básicos; o podemos imaginar a los cuerpos reunidos en campos de algún tipo, como las ondas en un estanque, que reverberan y se afectan unas a las otras. Creo que este es un punto interesante en el cual suelen chocar las distintas creencias personales, punto que define nuestra creencia y pensamiento acerca de lo que es el ser humano. ¿Partícula u onda? ¿Cuerpo aparente o cuerpo fluido? Posiblemente funcionemos con estos dos modos, a veces uno, a veces el otro; y a veces la necesaria simultaneidad en que somos cuerpo y campo de energía al mismo tiempo.

Para entender cómo nos relacionamos debemos entender lo que somos. Y somos organismos individuales, sin duda, pero también somos organizaciones supra individuales, familiares y grupales. ¿Cómo se relacionan las piezas de una máquina? Quizás cuando un pistón sube el otro baja, en una coreografía repetitiva. Nosotros también nos relacionamos a través de coreografías emocionales y conductuales, repitiendo ciclos, marcando etapas, construyendo una especie de baile, de secuencias de movimiento corporal, uno levanta la voz y la otra calla, ambos se acercan y abrazan, coincidentes con secuencias afectivas, con series de pensamientos y distintos estados de consciencia. ¿Somos máquinas complejas con muchísimas variantes en operación, interactuando con otras complejidades parecidas a la nuestra? ¿Qué es una familia? ¿Una máquina con tres, cuatro o más pistones y cilindros? ¿O es un campo común, (para bien y para mal), en el que fluyen y se expresan las emociones (emociones=movimientos) que embargan a los distintos individuos y que generan entre ellos extrañas sincronías y disonancias?

Lo que me interesa enfatizar es que, por debajo de los desgarros aparentes con que las distintas subjetividades se hayan escindido e ‘independizado’, hay una unidad que no solo es funcional sino energética y biológica, tan material como las células de un mismo órgano (entidades individuales y colectivas al mismo tiempo), y tan espiritual como el Campo Cognitivo Común del que todas estas individualidades forman parte; que, aunque haya conflictos y comportamientos disonantes, estos ocurren en un campo común, disfuncional en este caso, que alimenta y condiciona estas disonancias.

Que crea lo que cada uno quiera creer, pero, ya sea como combustible de una máquina o como el campo común de complejas resonancias, fusiones y disonancias cognitivas, el AMOR es parte fundamental de lo que somos y la fuerza que da consistencia a nuestras familias. El amor, como energía biológica y cognitiva, no solo sostiene la unidad de este campo, sino que lo hace visible y consciente.

LA PRIMERA RUPTURA

Si la ruptura con los otros comienza en el nacimiento, en el parto se pueden prevenir muchas de sus consecuencias. Gracias a la fuerza vital, entrega y capacidad de amar de quien fue mi compañera, madre de nuestros hijos, he tenido la fortuna inmensa de atender sus nacimientos en casa con la técnica de Levoyer, el “parto psicoprofiláctico”, como lo llamó el obstetra francés que desarrolló esta manera de parir y nacer. Y bien valen aquí los dos verbos, pues ‘parir’ y ‘nacer’ constituyen un acto doble que realizan la madre que pare y el bebé que nace. En las vinculaciones y el amor hay siempre (por lo menos), dos consciencias implicadas.

Frederick Leboyer explorando formas de parto en sociedades más cercanas a la ‘experiencia del continuum’, describió un parto que suaviza el tránsito del bebé, desde el universo acuático e intrauterino, totalmente natural, al mundo terrestre y extrauterino, que, si bien es natural, está más sometido a la gravedad y gobernado por la cultura y el pensamiento. Fue un pionero cuyas ideas provocaron reticencias en los ‘técnicos del parto’, acostumbrados a sus prácticas automatizadas de ‘sacar, palmear, llorar, pesar e inscribir’. Afortunadamente el tiempo me ha permitido ver grandes cambios en muchas de estas prácticas médicas.

Leboyer me ayudó a comprender que la primera gran ruptura de la continuidad se produce en el trauma del parto. Desgraciadamente, nuestros partos humanos suelen incorporar una carga de violencia, (con frecuencia inconsciente), luces, gritos, presiones, ansiedades y miedos. Sobre la base de esta angustiosa ruptura grabada en el inconsciente, se desarrollan los conflictos posteriores característicos del YO visceral, el arquetípico YO-NO con que el niño, en torno a los tres años, completa su primera escisión.  

EL AMOR COMO CLAVE

Tras las rupturas del nacimiento y crecimiento, generalmente neuróticas y plagadas con todos los conflictos y contradicciones de individuos y familias, algunos se plantean la aventura de esta UNIFICACIÓN EN EL AMOR. Han ‘visto’ que su existencia real es inseparable del contexto sociofamiliar, y han descubierto que quieren desarrollar una existencia coherente con esta consciencia: buscan entonces la unificación de individuo y familia, la armonía con su grupo social más inmediato.

Y esto no siempre es fácil, conseguir este acercamiento de sus almas puede exigir un desmontaje, una deconstrucción de la compleja trama con que los seres entrecruzan sus manipulaciones, defendiéndose y delimitando cada uno su zona de confort y separación. Podríamos simplificar diciendo que esta unificación es cuestión de ‘amor’, y lo es; solo que no estoy hablando de un amor literario, compulsivo o ñoño, tampoco me refiero al cariño ni al amor romántico o pasional, sino a LA FUERZA QUE NOS UNE A LOS OTROS, fuerza que en parte es sentimiento, pero mucho más, una cuestión de profunda biología y consciencia natural. Porque en el amor ‘sentimos-pensamos-y-sabemos’ de sus existencias, que existimos simultáneamente en un NOSOTROS COMÚN.

Pero con frecuencia confundimos el amor. No es lo mismo el ‘amor-dependiente’, cuando la naturalidad del amor-fluido está amarrada al papel que un personaje debe cumplir con otro. Tampoco es lo mismo ‘desear el amor’ que ‘amar’. Y el ‘cariño del gesto automático’ no es lo mismo que la ‘percepción consciente del otro’. Tampoco es amor efectivo el ‘amor-culpa’, ‘la compulsión amatoria que surge de la culpa’. El sentimiento de culpa suele estar muy implicado en las historias de amor familiar, cuando un sujeto se siente ‘malo’, ‘marcado’, ‘impuro’, ‘conflictivo’, y siente entonces la culpa como un impulso que busca la bondad del grupo, pues quiere ser bueno y reafirmar allí su lugar. Pero el ‘amor-culpa’ es una modalidad del amor que siempre esconde un fondo de frustración, quizás pueda acercar a los individuos ‘corporal o socialmente’, pero no tiene la capacidad unificadora del amor esencial; están juntos, pero internamente se sienten separados. Conozco familias que se mantienen unidas bajo las cláusulas de la apariencia social, pero integradas por individuos aislados, cada uno encerrado en el caparazón de su ego, conviviendo en una trama de sutiles transacciones y compensaciones.

El amor que unifica de verdad es un amor visceral, primario y original, una fuerza que nace de la profunda consciencia del otro, amor que no es formal ni mera apariencia o juego social, sino auténtico, inocente y libre.

Estas tres unificaciones que hemos visto son básicas: la del sujeto consigo mismo y la integración psicosomática (en el post anterior), y hoy la unificación del sujeto con su entorno más inmediato. Difícil acceder a unificaciones superiores arrastrando estas escisiones y rupturas. (Continuará)

Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

LAS SIETE UNIFICACIONES –IV

UNIFICACIÓN Y ESCISIÓN INTRAFAMILIAR