LOCO DE DIOS// Vino un hombre extraño a mi consulta (mi consulta es una fonda en un recodo solitario del camino, fonda para caminantes cansados y almas perdidas). Tenía un sombrero-cucurucho de paja tejida con trozos de telas de colores, con varias fotografías insertadas en extraño mosaico. Llevaba una capa raída que, arrastrada por el suelo, tenía el color de todos los barros.
—No te puedo pagar, —me dijo— no tengo dinero.
–No eres el primero ni el único, —le dije–. Si quieres que te escuche ya te estoy escuchando.
Y así habló:
“Me cuesta soportar la intensidad de este fuego
la intensidad sin medida que me está quemando
la intensidad de estar vivo.
Me cuesta soportar este fuego que yo mismo soy
porque al mismo tiempo no soy
este fuego que me quema,
sino el aire encabritado de este incendio
que tampoco soy,
sino el agua
que me apaga
y me escurre
por las alcantarillas de la vida
que tampoco soy.
Quizá esta semilla de la nada
este vacío de todo
y también de mí mismo.
Nada.
Esta nada deshaciéndose en la nada
la intensidad sin medida
de estar vivo,
que tampoco soy”.
—¿Qué me dices? —le dije.
—¿Qué te pasa?
—Déjame hablar, tú solo escucha.
“Cuando se extinguió la especie de las diosas
cuando la bondad del alma de las madres
desapareció del mundo,
los hombres fuimos hijos de un alfarero insoportable
ese que vivía solo en la charca del río
que modelaba muñecos de barro y les soplaba el destino
de su propio aliento:
¡Vive! les decía.
¡Camina! les urgía
¡Te doy mi alma!
Pero el barro seguía siendo barro
hasta convertirse en ejército de marionetas
eléctricas
todas ellas buscando su alma.
Como el Pinocho de Gepetto
convertido en multitud.
Como Yo Mismo
quemándome vivo
buscando a dios
o buscándome a mí mismo,
que es lo mismo.
—Vas muy rápido, no te entiendo.
—Ni me importa.
Si yo no entiendo este fuego que me quema
¿Por qué habría de creer que tú lo entiendes?
¿Qué padre loco nos condenó a este destino?
¿No son acaso el hijo y el padre lo mismo?
¿La misma carne
el mismo nombre
el mismo aliento
la misma locura de modelar el barro
y soplar y soplar y soplar la esperanza
de esa vida anhelada
la otra
la soñada?
Hijo del barro y el soplo
¿No es «el Hijo» un arquetipo
de todos los que somos hijos
hermanos del hermano
de todos los hermanos
hijos de la compasión universal
del perdón sin condiciones
del amor sin medida
de la vida condenada a morir
para seguir viviendo?
Puedo decir entonces, y digo
que soy el Hijo y el Padre
madera y soplo de mi Origen
y Hermano,
el Hermano de todos los seres que han nacido
y nacerán.
—Y también soy tu hermano, —me dijo—, y tu padre, y tu hijo.
Yo estaba perplejo.
—¿Me reconoces? —preguntó, con el golpe de una patada.
Me quedé en silencio. Claro que lo reconocía, pero …
¿Cómo le digo a un loco que está loco sin ofender la cordura que también le mueve? Un loco es alguien fuera de lugar. En un teatro del absurdo habría estado perfecto. Incluso en el púlpito de una iglesia apocalíptica. ¿Pero aquí, en mi callejuela, en la puerta de mi fonda? Nuestras calles modernas están limpias, la policía recoge a locos, vagabundos y emigrantes. Nuestro pulcro mundo ya está bañado con suavizante y cordura mentolada. ¿Qué podía decirle? ¿Que el dios de su locura no existe? ¿Que en el bar de la esquina el hombre es bueno y le pondrá un café sin cobrar?
—¿Me reconoces? —insistió.
—Te reconozco —le dije— sé que tienes un camino difícil.
Me miró de arriba abajo y no supe si me despreciaba o compadecía. Si él era un loco para mí, ¿qué era yo para él?
—Me voy, —dijo— y no volveré. Los caminos difíciles no son míos. Tú sabrás si los quieres para ti. —Y dándose media vuelta se marchó.
Como de los arrepentidos es el reino de los cielos, cuando el hombre del cucurucho iba llegando a la esquina, sentí que perdía una presa magnífica, un ejemplar notable de “locura divina”, y salí a paso rápido tras él. Faltaba algo. En la locura, así como en la vida, siempre falta ese algo que al burro hace caminar tras la zanahoria inalcanzable.
—Espérate, —grité— me ha gustado conocerte, vuelve cuando quieras.
Pero él no se volvió. Y perdí su espalda en la esquina.
P.Francisco Bontempi
Médico y Psicoterapeuta
LOCO DE DIOS
PD: Se quejó el polluelo del “Ave del Paraíso” de haber volado del nido y caído en el barro y la hojarasca. –¿Cómo volar sin caerse? —preguntaba entre sollozos a su madre. —Está bien volar y caerse, —le decía aquella, consoladora— ¿Cómo aprenderías, si no, a sostenerte en el cielo, a flotar en la luz que nació con el arte de volar?
Recordé que a alguien consolé con esta anécdota del polluelo caído. Pero, soy lo suficientemente cuerdo como para saber que nunca habrá consuelo para el “loco de dios”. Ya te contaré si algún día vuelve por mi calle.