LOCO DE DIOS, un relato

Posted By pfbontempi on Feb 2, 2026


LOCO DE DIOS// Vino un hombre extraño a mi consulta (mi consulta es una fonda en un recodo solitario del camino, fonda para caminantes cansados y almas perdidas). Tenía un sombrero-cucurucho de paja tejida con trozos de telas de colores, con varias fotografías insertadas en extraño mosaico. Llevaba una capa raída que, arrastrada por el suelo, tenía el color de todos los barros. 

—No te puedo pagar, —me dijo— no tengo dinero. 

–No eres el primero ni el único, —le dije–. Si quieres que te escuche ya te estoy escuchando. 

Y así habló:

“Me cuesta soportar la intensidad de este fuego

la intensidad sin medida que me está quemando 

la intensidad de estar vivo. 

Me cuesta soportar este fuego que yo mismo soy

porque al mismo tiempo no soy 

este fuego que me quema,

sino el aire encabritado de este incendio 

que tampoco soy,

sino el agua 

que me apaga 

y me escurre 

por las alcantarillas de la vida 

que tampoco soy.

Quizá esta semilla de la nada 

este vacío de todo 

y también de mí mismo. 

Nada.

Esta nada deshaciéndose en la nada 

la intensidad sin medida 

de estar vivo, 

que tampoco soy”. 

—¿Qué me dices? —le dije.

—¿Qué te pasa?

—Déjame hablar, tú solo escucha.

“Cuando se extinguió la especie de las diosas 

cuando la bondad del alma de las madres

desapareció del mundo,

los hombres fuimos hijos de un alfarero insoportable

ese que vivía solo en la charca del río

que modelaba muñecos de barro y les soplaba el destino

de su propio aliento:

¡Vive! les decía. 

¡Camina! les urgía

¡Te doy mi alma!

Pero el barro seguía siendo barro 

hasta convertirse en ejército de marionetas

eléctricas

todas ellas buscando su alma.

Como el Pinocho de Gepetto

convertido en multitud.

Como Yo Mismo

quemándome vivo 

buscando a dios

o buscándome a mí mismo, 

que es lo mismo. 

—Vas muy rápido, no te entiendo.

—Ni me importa. 

Si yo no entiendo este fuego que me quema

¿Por qué habría de creer que tú lo entiendes?

¿Qué padre loco nos condenó a este destino? 

¿No son acaso el hijo y el padre lo mismo? 

¿La misma carne

el mismo nombre

el mismo aliento

la misma locura de modelar el barro 

y soplar y soplar y soplar la esperanza 

de esa vida anhelada

la otra

la soñada?

Hijo del barro y el soplo

¿No es «el Hijo» un arquetipo 

de todos los que somos hijos

hermanos del hermano

de todos los hermanos

hijos de la compasión universal

del perdón sin condiciones

del amor sin medida

de la vida condenada a morir 

para seguir viviendo?

Puedo decir entonces, y digo

que soy el Hijo y el Padre

madera y soplo de mi Origen

y Hermano, 

el Hermano de todos los seres que han nacido

y nacerán. 

—Y también soy tu hermano, —me dijo—, y tu padre, y tu hijo. 

Yo estaba perplejo.

—¿Me reconoces? —preguntó, con el golpe de una patada. 

Me quedé en silencio. Claro que lo reconocía, pero … 

¿Cómo le digo a un loco que está loco sin ofender la cordura que también le mueve? Un loco es alguien fuera de lugar. En un teatro del absurdo habría estado perfecto. Incluso en el púlpito de una iglesia apocalíptica. ¿Pero aquí, en mi callejuela, en la puerta de mi fonda? Nuestras calles modernas están limpias, la policía recoge a locos, vagabundos y emigrantes. Nuestro pulcro mundo ya está bañado con suavizante y cordura mentolada. ¿Qué podía decirle? ¿Que el dios de su locura no existe? ¿Que en el bar de la esquina el hombre es bueno y le pondrá un café sin cobrar?

—¿Me reconoces? —insistió. 

—Te reconozco —le dije— sé que tienes un camino difícil. 

Me miró de arriba abajo y no supe si me despreciaba o compadecía. Si él era un loco para mí, ¿qué era yo para él? 

—Me voy, —dijo— y no volveré. Los caminos difíciles no son míos. Tú sabrás si los quieres para ti. —Y dándose media vuelta se marchó. 

Como de los arrepentidos es el reino de los cielos, cuando el hombre del cucurucho iba llegando a la esquina, sentí que perdía una presa magnífica, un ejemplar notable de “locura divina”, y salí a paso rápido tras él. Faltaba algo. En la locura, así como en la vida, siempre falta ese algo que al burro hace caminar tras la zanahoria inalcanzable.

—Espérate, —grité— me ha gustado conocerte, vuelve cuando quieras. 

Pero él no se volvió. Y perdí su espalda en la esquina.

P.Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

LOCO DE DIOS

PD: Se quejó el polluelo del “Ave del Paraíso” de haber volado del nido y caído en el barro y la hojarasca. –¿Cómo volar sin caerse? —preguntaba entre sollozos a su madre. —Está bien volar y caerse, —le decía aquella, consoladora— ¿Cómo aprenderías, si no, a sostenerte en el cielo, a flotar en la luz que nació con el arte de volar?

Recordé que a alguien consolé con esta anécdota del polluelo caído. Pero, soy lo suficientemente cuerdo como para saber que nunca habrá consuelo para el “loco de dios”. Ya te contaré si algún día vuelve por mi calle.