¿QUÉ ES LO QUE PUEDO HACER? 3
Dos: —Hay tambores de guerra y el mundo se ha puesto violento. Muchos líderes hablan de amenazas a la libertad, de guerras inminentes y proponen: ¡Lucha y esfuerzo! Pero, ¿acaso quiero luchar por “esa libertad”?
Uno: —Mi respuesta es no. Dicen que se trata de mi libertad, de tu libertad. Pero yo no quiero luchar porque lucha implica esfuerzo y una cierta violencia que no quiero; prefiero una libertad que no nazca del esfuerzo, pues el esfuerzo me crea un apuro, un estrés, y ese sentimiento me quita libertad.
Dos: —Pareces cómodo y superficial. Nos hablan de amenazas serias. No tienes temperamento guerrero. Otros prefieren la adrenalina de la lucha y quizás sobrevivan mejor.
Uno: —Quizás tengas razón. Pero yo disfruto más de los sábados y domingos, cuando descanso, cuando hago lo que me gusta, cuando arreglo las plantas del jardín, cuando pinto, cuando comparto con mis seres queridos, cuando descanso, reflexiono y leo, cuando medito, cuando hago algo creativo, cuando canto o bailo con mis amigos.
Dos: —Estoy de acuerdo con eso. Pero hay temperamentos diferentes y eso, desde la antigüedad, se reflejó en las clases sociales. En la India tradicional había castas: los guerreros eran diferentes de comerciantes, intelectuales o trabajadores. Y los guerreros garantizaban la libertad de las otras clases. No todos tenemos el mismo perfil ni los mismos gustos.
Uno: —Puedo entender que un guerrero disfrute con la adrenalina del conflicto violento. Pero, la violencia pone en entredicho a la libertad. La cuestión que me interesa es ¿cómo nace y cómo se propaga la violencia?
Dos: — Importante cuestión, si alguien me amenaza me pongo violento. Es muy simple. Si me dejan en paz yo estaré en paz, y para eso necesito estar bien defendido. Prefiero que me dejen en paz. Yo también soy más feliz disfrutando del ocio creativo.
Uno: —El problema viene con ese bucle espiral: para que no te amenacen te pones a la defensiva, y eso es un gesto que amenaza al otro; ese también se defenderá y tú deberás incrementar tus defensas. Funciona entre individuos igual que entre naciones. Los rusos se defienden de la OTAN y luchan por Ucrania, la OTAN se defiende de los rusos y les amenaza gravemente. Los israelíes se defienden de los palestinos y los palestinos de los israelíes.
Dos: —No quiero pensar en esas guerras. No está en mi mano hacer nada.
Uno: —Creemos que no podemos hacer nada, sin embargo, estamos haciendo algo: por lo menos creemos en las redes que nos informan, o desconfiamos de ellas. La guerra de Vietnam solo terminó cuando suficientes personas se opusieron a ella. Y eran acusados de antipatriotas.
Dos: —Yo cumplo con mis obligaciones.
Uno: —No somos tan pasivos. La violencia es un virus que se infiltra fácilmente. Las obligaciones suelen implicar una carga de violencia. Hemos creado sociedades del sobresfuerzo, del trabajo compulsivo. Es un esfuerzo obligado porque hay que hacerlo y toca. Sociedades estresadas en las que el sujeto sufre (ansiedad o depresión), y se quema remando como un galeote en estos barcos enormes que hemos construido, galeras que miles y miles de remeros, obligados por la necesidad de sobrevivir, impulsan con sudor y lágrimas, y sangre también cuando la casta de los guerreros avisa que hay guerra: pues entonces toca remar más fuerte, defender la integridad de nuestro sistema, llámese patria, economía, amado líder o religión.
Dos: —¿Hacia dónde remamos?
Uno: —¿Hacia dónde? JaJaJá, ya lo has dicho: ¡toca defendernos! ¿Hacia la construcción de la súper fortaleza de piedra, ¿la gran pirámide? ¿Hacia un Estado Blindado? ¿Hacia la construcción de esa estrella de muerte que flote en el espacio, imbatible y segura, porque nadie podrá atacarla?
Dos. —La libertad depende de las armas y los muros; nunca es gratis.
Uno: —Esfuerzo y trabajo: al fin todos “libres” dentro de nuestra fortaleza colectiva, sin darnos cuenta que los remeros y esclavos del sistema hemos construido una cárcel para nosotros mismos.
Dos: —¿De qué sistema?
Uno: —Da igual de qué sistema. En el sistema chino, ruso, árabe o capitalista anglosajón se cuecen las mismas habas. He estado en ellos y conocido allí seres libres, pero también he visto a los esclavos de esos sistemas. Y no quiero ser esclavo de ningún sistema. Supongo que tú también has visto “esclavos” cerca tuyo, atrapados en sus circunstancias.
Dos: —Pero espérate, tienes que pertenecer a algún tipo de sociedad. ¿Quieres ser un anarquista?
Uno: —Lo que quiero es muy simple: sentirme bien. Y sé que para sentirme bien necesito estar en paz. Por lo tanto, prefiero, por principio, la paz a la guerra. Creo que es una elección popular. No niego la necesidad de una sociedad, pero cuestiono la que hemos montado sobre el atavismo de guerras santas y pretendidamente justas.
Dos: —¿Anarquista y pacifista? ¡Nos van a invadir! Tenemos enemigos por el sur, tenemos enemigos por el norte, tenemos adversarios por el este y el oeste. ¿Cómo puedes cruzarte de brazos?
Uno: —Supongo que es una ironía tuya: ese es el discurso nacionalista. Los ciudadanos estamos atrapados en identidades locales. Y cualquiera, con un poco de sentido común e inteligencia, puede darse cuenta que las identidades e historias nacionales están llenas de brutalidades. Yo soy un emigrante y no soy nada nacionalista, al menos intento no serlo. Creo que hay identidades mucho mayores que las naciones. Y creo que la libertad y la consciencia tienen que ver con la capacidad de trascender las identidades locales, los condicionantes que nos pudieran determinar.
Dos: —¿Qué puedo hacer?
Uno: —¡Nada!
Dos: —¡Ay! ¡Ay! ¿Nada?
Uno: —Nada: es un principio filosófico muy simple para la paz, un camino y una manera de vivir. Hacer nada: y en paz mirar todas las caras de esta compleja realidad. Esto no es inacción. Es un “hacer nada” muy profundo. Es fluir con lo que ya está hecho. Tiene que ver con la “aceptación perceptiva” de la realidad. El budismo bien entendido señala este camino. ¿Qué puedo hacer? Nada. No puedo hacer nada. Y por lo tanto no hago nada, me siento a no hacer nada. Esto es meditación. Me convierto en un árbol que simplemente “es” pero que “no hace nada”.
Dos: —En esa pasividad quizá no haya lucha, pero me resulta incluso despreciable. No me eleva, no me hace mejor.
Uno: —No se trata de ser mejor de lo que eres, sino que seas lo que en verdad eres. No puedo luchar por ser algo distinto a lo que soy; pues ya soy lo que soy. Luchando por ser libre enajeno aún más mi libertad, si es que la tengo. No puedo hacer nada, pero puedo respirar. Y entonces respiro. Respiro profundamente.
Dos: —Respiro. Puedo respirar. Lo entiendo.
Uno: —Y puedo existir, porque ya existo. Y si ya existo es que “puedo” existir. Y además puedo respirar. Y puedo no hacer nada, ni mover un dedo, porque estoy en paz y estoy tranquilo, respirando, y no estoy en guerra con nadie.
Dos: —¿Con nadie?
Uno: —No estoy en guerra con los judíos, no estoy en guerra con los palestinos, no estoy en guerra con los ucranianos, no estoy en guerra con los rusos, no estoy en guerra con los nacionalistas españoles, no estoy en guerra con los nacionalistas catalanes. No estoy en guerra con los extranjeros o los emigrantes. No estoy en guerra con los oriundos. No estoy en guerra con los americanos del Norte ni con los americanos del Sur. No estoy en guerra con los cristianos ni con los no cristianos, no estoy en guerra con los seguidores del islam, no estoy en guerra con los agnósticos ni con los ateos. No estoy en guerra con los ricos ni estoy en guerra con los pobres. No estoy en guerra con nadie. Estoy en paz. Y existo. Y estoy respirando, simplemente observo la violencia que se extiende.
Dos: —Vas muy rápido. ¿Cómo es posible que estés en paz en medio de un mundo que se está quemando? Seguro que tu paz es un fraude, una mentira. Además, solo Dios y los santos pueden estar en paz. Y tú no eres Dios ni estás iluminado.
Uno: —JaJaJá. Claro que no estoy iluminado. Ni siquiera sé bien qué es eso. Pero estoy en paz, respirando simplemente. Y existo, de verdad existo. No soy un ente virtual, ni la invención holográfica de ningún sistema informático. Soy un ser de carne y hueso. Y mis carnes y mis huesos están vivos. Y están en paz. Mis órganos están realizando su función en paz. Soy hijo de la naturaleza. Amo la naturaleza. Me encanta la naturaleza. Y no me gustan las guerras que destruyen la naturaleza, que destruyen las vidas de seres humanos de carne y hueso, tan reales como yo mismo. No hago nada, pero observo y tengo gustos. Y no me gustan las industrias que destruyen la naturaleza, no me gustan las “estrellas de la muerte”, las fortalezas blindadas y los dinosaurios acorazados: ya fueron superados por la evolución. La evolución me ha enseñado que la inteligencia y la consciencia son mejores que la coraza y las armas. Amo la vida. Y amo la naturaleza, pues ella sola, sin la intervención de nadie y nada, engendra vida. Porque ella misma, la naturaleza, es pura vida. Lo que toca ahora es un tiempo de paz. Basta de guerras y amenazas de guerras. Es época para la paz, un siglo para la fraternidad universal. Porque en realidad, somos todos hermanos, del Este y el Oeste, ricos y pobres. Podemos mezclar nuestros colores, blancos, negros, rojos, amarillos y engendrar todos los colores de la vida. Podemos respirar, unos y otros, y sentirnos en paz y libres.
Dos: —Bonito discurso, pero inútil tu buenismo pacifista. Todas las razas somos razas hermanas, es cierto, pero hay distintos sistemas políticos. Nosotros somos libres, pero “ellos” son otro sistema, son esclavos de tiranías y nos amenazan, nos quieren someter, controlar, quitarnos la libertad, obligarnos a trabajar para sus intereses.
Uno: —Ellos piensan exactamente lo mismo. Ven una amenaza en nosotros y se defienden. Luchar contra los “otros” no es la solución.
Dos: —Hay injusticias graves en el mundo. Hay esclavos y esclavizadores, sometidos y aprovechadores. El buenismo no sirve. Y además es un pensamiento peligroso. ¿Quieres que nos convirtamos en vegetales, en entes pasivos? ¿Que vengan los conejos a comerse las zanahorias? ¿Qué entren los zorros al gallinero de nuestra indefensión? ¿Que vengan los administradores de la pasividad a gobernar esta masa de borregos? ¿Una nueva tiranía? ¿Es esto lo que quieres? Es necesario luchar.
Uno: —No quiero ser un ente pasivo ni pertenecer a una masa de borregos administrada por los listos de turno, sean comunistas o capitalistas, los listos de aquí o los listos de allí. Quiero sentir lo que soy. Porque ya estoy sintiendo lo que soy. Soy un ser humano, hermano de todos los seres humanos, sin distinción de raza, ni de religión o género, ni de inclinación política. Y sé, porque así lo siento, que solo estando en paz me puedo sentir libre. Así es que no voy a ninguna guerra. ¿Voy a creerme justo y luchar contra otros que también se sienten justos?
Dos: —No has visto bien la historia: el pacifismo alimentó a los tiranos del pasado. Lo correcto es luchar contra quienes amenacen nuestra libertad, enfrentarnos a las injusticias que ellos cometen.
Uno: —Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Es preferible enfrentarnos a las injusticias que se cometen entre nosotros mismos, en nuestras casas, dentro de nuestras fronteras.
Dos: —Por el camino de la autocrítica nos debilitamos. Nos criticamos unos con otros mientras el enemigo de más allá viene a devorarnos. Enfrentemos primero las amenazas graves y externas, ya nos encargaremos luego de mejorarnos a nosotros mismos.
Uno: —No te puedo impedir, por supuesto, que vayas a matarte a la guerra que elijas, matando a otros que son iguales que tú. Si así lo quieres hacer … estás en tu derecho. Pero, si no eres tú, quizá tus descendientes comprendan algún día que la guerra y el armamentismo no eran el camino para un mundo mejor. No impediré que vayas a “tu guerra”, porque no puedo impedírtelo sin usar la violencia. Los que quieran ir a matarse y matar que lo hagan. Pero yo no voy a ir. Me quedo aquí diciendo alto y claro que el actual armamentismo es un error. Solo desde el aquí-ahora en paz se puede contribuir a un mundo mejor.
Dos: —El planteamiento pacifista no es opción cuando una sociedad entra en guerra. ¿No conoces la ley marcial? Te vamos a fusilar si no obedeces. Cuando la guerra estalle estarás obligado por ley a ir a la guerra. Y solo podrás escuchar las noticias de nuestro bando, pues no se le puede dar voz al enemigo.
Uno: —¿Ves? La guerra, la violencia nos lleva a una dictadura. Ya Platón, hace 2500 años, describió como se corrompe la democracia y renace la dictadura. Hace falta educación para la paz, consciencia de la paz y capacidad para percibir la violencia que a todos nos afecta.
Dos: —No se puede hablar de paz. Son tiempos críticos. Hace falta actuar.
Uno: —¿Actuar en qué sentido?
Dos: —Te lo dije, si estalla la guerra todos estaremos obligados.
Uno: —Mi libertad no me la vas a quitar ni siquiera matándome. He admirado mucho la locura mesiánica y bondadosa de Jesús de Nazaret, su filosofía es un buen ejemplo. Elijo estar en paz. No voy a ninguna guerra.
Dos: —Te vamos a matar.
Uno: —Pues me matarán en paz.
Dos: —¿Qué puedo hacer?
Uno: —Hacer lo que ya estamos haciendo: respirar. Comprender que no podemos hacer nada, sino ser lo que ya somos: seres que respiran en paz.
Dos: —Pero, de alguna manera y en alguna medida la violencia existe en todos.
Uno: —Por supuesto. Potencialmente me puedo transformar en un demonio violento. Pero elijo estar en paz. Este es el ejercicio que hago de mi libertad: respirar en paz. Y además es algo sencillo que cualquiera puede hacer. Imagino un mundo en paz, con todos los seres del mundo respirando en paz. Hace años un gurú de la India afirmaba que si un 10% de la población meditara en paz cambiaría el mundo. No hay otro camino para nuestra humanidad sino la paz. La guerra y los preparativos para la guerra, la creación de armamentos, son un camino estéril, un callejón sin salida.
Dos: —Pero ¿qué dices? Ignoras la realidad. Lo tuyo es un idealismo barato, impracticable. Los que viven en paz, los religiosos de convento y clausura, los pacíficos místicos musulmanes, los pacíficos hindúes, los pacíficos budistas, los pacíficos cristianos de las sectas pacíficas del cristianismo, los pacíficos judíos, todos ellos existen gracias a esos guerreros que les protegen. Sin sus protectores, ¿cómo podrían sobrevivir, orar y meditar? Son otros los que crean las armas que les defienden. ¿Me quieres decir que en tu pacífico mundo de paz no hay lugar para guerreros protectores? Necesito justificarles.
Uno: —Lo que he dicho es que la lucha es un callejón evolutivo sin salida. Tú puedes justificar la existencia del guerrero protector, alimentar la ilusión de que para estar en paz necesitas a alguien que luche por ti. Así ha sido tradicionalmente: un padre tenía dos hijos, el mayor se hacía guerrero para heredar sus títulos, el otro se iba a un convento a orar por la paz. Pero en realidad yo no necesito al que lucha para estar en paz. Mi paz no depende del guerrero. La paz es inherente a mi naturaleza.
Dos: —Pero espérate, no seas tan iluso. En la naturaleza hay una guerra permanente por sobrevivir. Las gacelas corren y huyen desesperadas. El león también ha de correr porque las tripas le están matando de hambre. En la naturaleza hay guerra, hay lucha por sobrevivir. Y sobrevive el más apto, el mejor.
Uno: —Es cierto, hay lucha por sobrevivir. Hay luchas entre individuos de dos especies. Hay luchas entre individuos de la misma especie. Hay guerra para ver quién es más fuerte, cual es el mejor sistema, quien tiene las mejores armas, es cierto; hay lucha por sobrevivir, pero eso ocurre en un nivel inferior de la realidad.
Dos: —¿Por qué lo llamas inferior? La lucha y contradicción entre principios existe, tanto abajo como arriba, tu buenismo no cambia esa realidad. No puedes quitar lo inferior sin que se caiga lo superior. ¿No es mejor aceptar que en todos los niveles hay guerra, lucha, y que es preferible tomar partido?
Uno: —¿Me propones el maniqueísmo de las religiones primitivas, filosofías arcaicas que se alimentaron de la lucha entre el bien y el mal? ¿Quieres verme sufrir por el conflicto entre la vida y la muerte, entre la salud y la enfermedad, entre el dolor y el placer, entre la guerra y la paz?
Dos: —Es un problema delicado. Me doy cuenta que somos partes de una realidad compleja y que existen facetas contradictorias, condenadas al cortocircuito automático.
Uno: —Si tomas partido por la paz quizás veas esos niveles superiores. Pues existen realidades superiores que engloban e integran las polarizaciones inferiores. Si nos quedamos dentro del conflicto nunca veremos ese nivel superior, viviremos empantanados en la guerra y el desgaste entre buenos y malos, justificando nuestra violencia.
Dos: —¿Me estás contagiando tu buenismo? No sé si tienes razón, solo sé que quiero entender. Estamos frente a disyuntivas muy reales y es necesario tomar partido.
Uno: —Pues no. No me interesa caer en esas viejas disyuntivas.
Dos: —Entonces, ¿cómo afrontar las contradicciones naturales? Pues evidentemente en la naturaleza hay lucha.
Uno: —A ver. Mi respuesta a esta cuestión implica cambiar de nivel. Hay un nivel en que la realidad está polarizada, allí se enfrentan los polos contradictorios, eso es cierto. Pero en un nivel superior hay una reconciliación de los polos enfrentados y solo hay cooperación y unidad. Por eso digo que para salir del atasco evolutivo que implica la violencia y la guerra, para evolucionar, es necesario ir a ese nivel superior de comunicación y apertura, de tolerancia y paz, de aceptación de las diferencias. Porque la fuerza de la especie humana no está en las armas, sino en la paz, en la unidad de nuestra especie.
Dos: —¿Propones un diálogo para la paz? Ya te he dicho: eso es puro “buenismo”. La guerra es el camino más corto hacia la paz. Entre nosotros hay corrupciones, delincuentes, gente mala. Y también terribles amenazas desde el exterior. Tu buenismo no sirve para conseguir un mundo mejor.
Uno: —El orden impuesto dura poco. ¿Quieres el orden y la paz que nacen de la violencia? Eso es dictadura. La paz de los imperios se consigue por la guerra. Pero esa no es una paz profunda. El camino más corto para la verdadera paz es “la paz ahora”, soltar las armas ahora. Es una realización personal, pero, si muchas personas están en paz detendrán las guerras.
Dos: —Eso es imposible, sería rendición, perder la guerra antes de haberla empezado.
Uno: —¿Cómo superar el nivel de las guerras? El sueño de muchos ha sido ese “único imperio”. En el siglo pasado los gobiernos engañaron a sus ciudadanos para que alimentaran, con su carne y miseria, el terror de la gran guerra, se les prometió que sería la última guerra. La unificación por la fuerza se ha probado y siempre terminó mal. Ir al nivel evolutivo superior pasa por una necesaria e inevitable aceptación de las diferencias. En una humanidad en paz la tolerancia es fundamental. La “unidad por la tolerancia entre diferentes” no es lo mismo que la “unidad impuesta por un imperio”. Los imperios y sus ejércitos han sido unificadores compulsivos, mediante guerra y violencia impositiva: los diferentes fueron anulados o eliminados.
Dos: —¿Es posible la paz sin la hegemonía de una fuerza unificadora?
Uno: —En psicoterapia aprendemos a buscar conciliaciones entre diferentes, a encontrar la esencia unificadora. La filosofía de Fritz Pearl, uno de los fundadores de la terapia Gestalt, afirmaba que: “yo hago lo mío, tú haces lo tuyo, y si por casualidad nos encontramos, estupendo, y si no nos encontramos estupendo también”. Sin tolerancia por las diferencias la humanidad se empobrece. Una selva llena de variedades es más rica que un campo homogéneo de monocultivo. Si todas nuestras células fueran iguales no seríamos humanos sino un gusano. Estamos hechos de diferencias. Con tolerancia por las diferencias, aceptando el lugar único de cada uno, con bondad hacia la vida de todos, la existencia se enriquece y multiplica. La tolerancia no es pasiva, con ella hay suficiente argumento para la paz. Puedo respirar en paz desde la aceptación por las diferencias.
Dos: —Eso quizás valga para el pequeño conflicto entre dos individuos. Pero no creo que valga para los enormes conflictos que nos amenazan, somos una especie fragmentada en “estados” y “sistemas” enfrentados.
Uno: — Y también rota en millones de “individuos separados”. Un cuerpo tiene billones de células. Una célula puede estar estresada y enferma de cáncer, enloquecida por sobrevivir y luchando con otras células del mismo cuerpo. La “totalidad del cuerpo” es un nivel superior. Tal como la “humanidad total” es un nivel muy superior al de cualquier estado o sistema político. La célula puede contribuir al bienestar del organismo, o puede contribuir a la violencia que lo destruya.
Dos: —No entiendo. ¿Qué puedo hacer?
Uno: —Respírate en paz, medita en paz, vive en paz y aprende a tolerar los innumerables caminos, actividades y opciones que tiene nuestra compleja y variada humanidad.
Dos: —Dime algo más práctico. ¿Qué puedo hacer?
Uno: —Nada, es la respuesta. No puedes hacer nada. Porque todo está hecho. Simplemente elije estar en paz con el pasado que ya está hecho, y proyecta esa paz en el futuro que aún está por hacer.
Dos: —No me vale. Hay mucha injusticia y violencia. Tengo que hacer algo.
Uno: —Haz lo que sea necesario para que tú no seas violento y tu entorno sea más justo y pacífico. Y no te engañes con quienes venden guerras envueltas en papel de navidad y carteles de paz. Observa el rostro atormentado de quienes quieren salvarnos mientras nos conducen al matadero: lo siento profundamente por ellos, pero su tormento se multiplica en el sufrimiento de muchos. Tenemos líderes peligrosos, no me lo invento yo, se lo dicen entre ellos. Lo siento por esos políticos de rostro grave que juegan con fuego, parecen tan serios y no saben lo que están haciendo; les he visto corriendo de un lado para otro, encendiendo fuegos que dicen apagar en nombre del imperio. Lo siento por el rostro amargado del actual director de la OTAN. Lo siento por el torturado Zelenski o por Putin, el castigado-castigador. Lo siento por el payaso camorrista de Boris Johnson, por el napoleónico Macron y el desgraciado Netanyahu. Lo siento por la estupidez del fuego salvador que nos amenaza a todos.
Dos: —¿No respetas a ningún líder?
Uno: —Si nos llevan a la guerra son ciegos. He visto el tormento de un infierno reflejado en sus rostros.
Dos: —Te entiendo. No puedo sembrar paz en mi entorno si yo no estoy en paz.
Uno: —Este es el dilema. Estar en paz: superar la contradicción entre buenos y malos, entre nosotros y los diferentes. Lo siento por lo que se creen buenos y luchan en contra del mal. Lo siento por lo que son atacados por los buenos y condenados por malos. Los siento por mí mismo cuando me creo lo que no soy y no paso de ser un personaje. Lo siento por todos aquellos que se queman ignorando la paz de una humanidad en paz. Pero no es mi cuestión salvar a los “buenos” y condenar a los “malos”. Respiro profundo y dejo a cada uno en su camino. Yo sigo en el mío. Respiro profundamente, porque puedo respirar profundamente.
Dos: —¿Sin hacer nada todo está hecho?
Uno: —Respirando en paz…
Francisco Bontempi
Médico y Psicoterapeuta
¿QUÉ ES LO QUE PUEDO HACER? 3