ELOGIO DEL ASESINO

Posted By pfbontempi on May 31, 2026


ELOGIO DEL ASESINO

El mundo está en guerra. Es sorprendente y horrible, sin embargo está ocurriendo: partido contra partido, cultura contra cultura, humano contra naturaleza, imperio contra imperio, unos contra otros. 

Todos estamos en algún lado y maldecir al enemigo no es cosa nueva. Desde la derrota del fascismo ha sido fácil maldecir al gran asesino: Hitler, el genocida. Tan fácil como es hoy, para medio mundo, maldecir a Netanyahu, el genocida. 

Pero no existe Netanyahu sin Hitler. Ni Hitler sin Netanyahu. El odio y el desprecio que hay entre ambos es el mismo con que ambos tratan a sus enemigos: como animales, degradando a familias y razas que no son la suya, creyéndose ambos que su ideología está por encima de cualquier ser humano. Son tan idénticos que vale entre ellos el refrán que dice: “polos iguales se repelen”.

Ambos se creen “el duro-bueno de la historia”, nacidos para salvar a su pueblo; comparten el mismo ardor guerrero y un carisma mesiánico para engrandecer a su país; irónico afán, pues el daño que ambos han hecho a sus pueblos es enorme. 

Esta correspondencia necesaria, de que no existe uno sin el otro, me recuerda la vieja idea que el “mal” y el “bien” se necesitan mutuamente para existir

Esta noción tan antigua oculta una extraña implicación: la de un parentesco profundo, tan inexorable y necesario como el de la madre y el hijo; no en el sentido de que la primera sea causa del segundo, sino en el sentido de la raíz común que les sostiene a ambos: pues la madre necesita al hijo para ser madre, y el hijo necesita a la madre para ser hijo. Ambos se sostienen en la necesidad del otro, con una identidad común y profunda entre ellos. 

He escuchado a muchos afirmar que de la guerra salen grandes beneficios, desarrollos tecnológicos e invenciones que han mejorado enormemente el destino humano. Sin mencionar el lucro millonario que consiguen muchos inversores en la lotería de la guerra. Estas bondades y bienes económicos, incluso medibles, van de la mano con el dolor, el sufrimiento, los destrozos y la muerte, consustanciales a la guerra.

El bien y el mal caminan juntos, como la vida y la muerte: eternas compañeras de viaje, coexisten en este sempiterno cara o cruz, bajo cuyo dominio, inevitable hasta ahora, se desenvuelve la condición humana.

Personajes tan psicopáticos como los ya mencionados, (Hitler y Netanyahu) además del mismísimo Súper-Trump, o el Gran-Putin son, para muchos, auténticos héroes nacionales; ellos han puesto, como una ofrenda a los pies de la historia, la locura del poder que han ganado, no por amor a la historia o a la Humanidad, sino para inscribir su propio nombre en ella. Son ellos quienes mejor encarnan este horrible parentesco entre el bien y el mal. 

Que Trump se haya dibujado a sí mismo como la reencarnación de Jesucristo, trayendo la curación al mundo con la paz de “los fuertes”, bajo la sombra de aviones bombarderos travestidos en palomas, no es solo un síntoma de locura (en todos los hospitales psiquiátricos existe el loco que se cree dios) sino una desgraciada manifestación de la condición humana. Porque ninguno de estos líderes está solo: son la expresión pública de muchísimos ciudadanos.


El drama humano parece servido. Una vez que la polarización se ha desatado, quedamos abocados al triunvirato de opciones que gobierna esta locura-cordura

Uno: Los que justifican, apoyan y acometen la empresa de la guerra. “Vamos a armarnos y si hay que disparar lo haremos: somos los fuertes”. Son empresas informáticas importantes, altamente eficaces en el control social (aunque somos sus usuarios civiles no las menciono, para no hacerles publicidad), la poderosa red industrial asociada a la guerra, las redes bancarias y los jugadores en Bolsa, apoyos fuertes de las actuales matanzas. Son informadores cuyo negocio es vender, y la violencia vende. Sus intereses van directamente de la mano con los actuales genocidas y demás líderes de los procesos de destrucción. Y esto ocurre del mismo modo en que poderosas industrias y capitales apoyaron el sueño del fascismo alemán: «un Reino de paz y prosperidad que duraría 1000 años». 

Dos: Los tibios, los hipócritas, los neutrales. Los mercaderes del actual parlamentarismo europeo, por ejemplo: callan o condenan tibiamente al genocidio sionista y al mismo tiempo hacen prósperos negocios con los genocidas; se rasgan las vestiduras por Rusia e invierten a plazo en su futura asociación, reúnen fortunas para financiar la mortandad de Ucrania y sobre las tumbas escriben “libertad”. Entre los tibios entran también los simples ciudadanos, los consumidores de la economía que financia las matanzas. Una importantísima parte de la masa ciudadana, ignorante y dócilmente manejada por los algoritmos de redes y medios, adopta la pasividad neutral de los indiferentes; o los impotentes, los del: “no se puede hacer nada”.

Tres: Los de un claro “no a la guerra”. Entre ellos, en extraña confluencia: el Papa católico, (coherente esta vez con el mensaje de Cristo), Pedro Sánchez, (primer ministro de la monarquía española), el Partido Comunista de China, y una mayoría de pueblos y líderes que en la ONU rechazan la espiral del actual belicismo.

Nuestras democracias occidentales, polarizadas en dos grandes partidos (o dos bloques de partidos) han caído en una especie de esquizofrenia. Convertidas en sociedades rotas, incapaces de cooperación interna, derivan hacia uno u otro bando geopolítico; se desgastan entre sí y denigran mutuamente, mientras invocan, sin decirlo, una fuerza autoritaria que venga a rescatarlas del naufragio. Vamos en barcos cuya tripulación ha enloquecido en dos mitades que luchan por hacerse con el timón; mientras tanto el barco, (del que depende nuestra sobrevida, la sociedad misma) va a la deriva. Se rompió la solidaridad, el respeto al otro, y no son solo los partidos, la masa ciudadana también se ha polarizado en individuos impedidos para ver el bien común. ¿Hacia cuál de las tres opciones derivamos? ¿Sí a la guerra? ¿No a la guerra? ¿La ambigua neutralidad de los tibios? Frente a la urgencia muchos dirán que no es el momento de decidir, pero esos ya han decidido: son los tibios.

Los malos necesitan de los buenos para ser lo que son. Los buenos necesitan de los malos para auto afirmarse en su bondad. Los malos dirán: “los buenos somos nosotros”. Los buenos dirán: “los malos son ellos”. Pero ¿quiénes son realmente los buenos y quiénes los malos? Da lo mismo, pues todos creemos estar en el lado correcto de la historia. 

¡Qué decidan los que saben! Entre los bandazos de este barco desnortado, algunos intentan frenar la locura, pero, con el clima actual, el pacifismo se denigra como entreguismo. Si no nos armamos vendrán ellos, los otros. Mejor atacamos primero. El ataque es la mejor defensa. ¡Defínete! me dice la historia, y no puedo abstenerme ante las tres opciones de mi propio análisis.  Recuerdo el mito hindú del Bhagavad-Gita, donde Arjuna se ve conminado a tomar partido en la guerra fratricida en que ha caído su pueblo. 

Si los seres humanos no superamos esta tendencia horrible a organizarnos en tribus, imperios y religiones que crecen sobre la matanza del vecino, nunca podremos evolucionar hacia lo que podríamos ser: UNA HUMANIDAD PLANETARIA. Mi no-a-la-guerra es radical. Me defino.

¿Qué va a contar la historia del siglo XXII? ¿Qué la estupidez de la guerra degradó al mundo? ¿Qué una Humanidad sin norte entregó su destino a las máquinas? ¿Qué fuimos castigados por el dios del apocalipsis? ¿Qué el pueblo de Israel fue borrado por los enemigos de su dios? ¿Qué otra raza dominó a la nuestra? ¿Qué el islam degeneró hasta convertirse en una horrible guerra civil? ¿Qué el imperio anglófono se corrompió en tecno-feudos autoritarios? ¿Qué el imperio del Sol Amarillo desapareció bajo la serpiente y el águila?

O, por el contrario, ¿qué en el siglo XXI nació el orden donde los diferentes convivieron con los similares?

P.Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

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