SINESIO Y NORBERTO, un cuento

Posted By pfbontempi on May 22, 2025


SINESIO Y NORBERTO

Sinesio y Norberto Del Muro fueron gemelos univitelinos, los seres más idénticos que existen. Vinieron en la misma bolsa y crecieron a partir de la misma célula. Sinesio nació primero. Dentro de la madre siempre hay uno que come un poco más, se hace un poco más grueso y, por su propio peso, ocupa la parte baja del útero para nacer primero. El segundo tiene una ventaja diferente: como el mayor ya ha abierto el canal del parto, que es la parte más dura, con un peso menor nace con menos batalla.  

Sinesio era más bien callado y Norberto fue hablador. Aparte de estas pequeñas diferencias, su nariz, sus dientes, sus ojos y toda su expresión eran iguales. Como Norberto recuperó rápidamente el peso que le faltaba, compartían la complicidad de despistar a todo el mundo, incluso a sus padres. Se puede decir que estaban unidos desde antes de nacer, abrazados y cómplices, no necesitaban hablar para saber exactamente lo que sentía y pensaba el otro. 


Aunque cada uno tuvo su propio dormitorio siempre prefirieron dormir juntos. Sentir al cuerpo del otro les hacía sentirse completos. Descubrieron juntos los juegos sexuales de la pubertad. Compartieron el colegio y más de una vez se presentó uno al examen que el otro no quiso abordar. Más de una vez compartieron la misma novia, sin que aquella supiera con cuál de los gemelos estaba. Eran más que hermanos, amigos y compañeros, sangre de la misma sangre, prácticamente el mismo ser en dos cuerpos idénticos. A la hora de elegir oficio Sinesio quiso ser arquitecto y Norberto prefirió estudiar bellas artes. Sin embargo, al terminar sus estudios trabajaron juntos compartiendo la profesión de diseñadores y el arte de la escultura, para el que estaban dotados. 

Sus padres murieron en un accidente de coche cuando ellos andaban en los treinta. Con la pequeña herencia arreglaron la vivienda y el estudio de diseño donde pasaron sus vidas. Aunque tuvieron varias relaciones importantes ninguno se casó. Eran felices, lo que se llama buena gente, y estando juntos nada les faltaba. Tenían una hermana diez años mayor que fue madre de varios hijos. Los gemelos eran tíos alegres y padrinos generosos. Compartieron también las enfermedades. Llegando a los 60 años, y con pocos días de diferencia, ambos fueron operados de vesícula. Eran buenos comedores y se ve que el hígado de ellos fabricaba cálculos. 

Y así llegaron a los setenta. Su hermana murió de un cáncer rápido y ellos comenzaron a pensar en la muerte. —¿Habrá otra vida? —se preguntaban. Veían en la tele esos programas que hablan de fenómenos extraños y eran aficionados a la literatura esotérica. —Si te mueres primero cuéntame cómo son las cosas por allá —se decían el uno al otro. —No me imagino la vida sin ti —respondía el gemelo. —Seguramente nos iremos al mismo tiempo. —Ojalá— respondía el otro— aunque en las enfermedades siempre se adelanta alguno. Y con buen humor, tomaron el compromiso de enviar noticias el que primero partiera. 

Eran excelentes cocineros, creativos e innovadores y se acercaban a los 80 años con varios kilos de repuesto acumulados en la barriga. Desde hacía mucho dormían en cuartos independientes, aunque, prostáticos ambos, se solían tropezar más de una vez durante la noche camino al urinario.

Una madrugada oscura, en medio de las ganas de orinar, Sinesio presintió una inquietud en su hermano. “Algo le pasa”. Más que sentirlo, lo imaginó entre sueños. Lo adivinó levantándose al baño y vaciando la orina frente a la taza; allí de pie lo sintió, como si fuera su carne, con un fuerte dolor en el pecho. Desde la cama (donde creía estar) Sinesio recibió el golpe del otro al caer sobre el suelo, fulminado por un infarto. Quiso gritar con angustia: “¡Hermano! ¿Qué te pasa?”. Quiso correr para ayudarlo a levantarse. Mas ni uno ni otro lograban moverse. Finalmente, ahogándose casi, consiguió murmurar: “¡Norberto!” llamando a su hermano. “¡No te mueras!” Pero era Sinesio el que se estaba muriendo, con un infarto masivo en el pecho y desplomado frente a la taza del váter. 


Diez minutos después se levantó Norberto para ir al baño. Sinesio había ido primero y estaba muerto sobre la losa fría. Norberto gritó, sacudiéndolo: “¡Hermano!”

Después del funeral le entró a Norberto la soledad más fría. Se acompañaba como podía; parlanchín que era siguió hablando con su hermano de todo lo que hacía, le pedía que le contara cosas del más allá, interminables preguntas que el hermano silencioso nunca respondía. A veces le parecía escuchar su voz dentro de la cabeza. Miraba en todas direcciones por si acaso estuviera allí. Pero el mundo sin Sinesio estaba vacío. 

Norberto murió de un infarto dos meses después. También fue una madrugada, rumbo al baño. Mientras sentía la terrible punzada en el pecho le parecía reconocer lo que su hermano ya había sentido. “¡Sinesio!” gritó. Y, si bien nunca llegó a saber lo que había al otro lado, esa noche, Norberto encontró a su hermano.

P. Francisco Bontempi

SINESIO Y NORBERTO