EL ÁRBOL QUE HABLA, un cuento
Vino un hombre y me preguntó: —¿A qué dios veneras tú, oh planta que eyaculas cien mil semillas, para que germinen doscientas y de ellas solo una llegue a ser árbol adulto?
—Mi dios es la Vida —respondí— y no puede ser diferente al tuyo; pues incluso cuando vienes con tu hacha y me arrancas la vida para construir tu casa, todo lo que soy honra la vida y la incrementa. La Vida es más grande que una sola especie. Y muchísimo más grande que un individuo. Es verdad que produzco cien mil semillas para conseguir doscientos arbustos y un solo adulto fértil. Pero nada se pierde por el camino. Cada una de esas mínimas existencias enriquece al conjunto. Cada uno, en su medida y manera, está contribuyendo al crecimiento de la Vida. Toda existencia fertiliza al resto.
—En mi mundo no hay dios —dijo el hombre—. Yo soy la medida de todas las cosas.
Y entonces trajo una máquina enorme y comenzó a talar el bosque y arrasar la tierra para dejarla tan plana como un desierto de arena y metal.
Pero yo, el árbol que le habló, fui el último en morir. El hombre detuvo su enorme pala mecánica antes de arrancarme. —Eres un árbol hermoso —me dijo— no haré leña ni papel contigo, te arrancaré de raíz y te plantaré en el parque del barrio, para que jueguen mis hijos.
En medio de las casas de hormigón y asfalto ahora hay un árbol que, cuando le preguntas, habla.
Javier tenía cinco años y dibujó en su colegio al árbol solitario que había junto a los columpios. Se inventó los pajarillos que dibujó en sus ramas, pues el árbol del barrio no tenía pájaros ni abejas.
—Pero hay niños aún —le susurró al oído el árbol esa tarde— y cada niño es una semilla del Dios de la Vida que yo adoro.
P. Francisco Bontempi
EL ÁRBOL QUE HABLA