AVERSIÓN, AFICIÓN E ILUMINACIÓN // La naturaleza es benigna con la condición humana, nos permite a todos auto engañarnos, suponer que nuestra existencia personal es eterna, que el planeta no se está calentando, que el consumo alcanza para todos, que los nuestros dicen la verdad y los otros mienten, que la belicosidad del primate sapiens terminará en paz global, en fin, tantas ilusiones para hacernos más llevadera nuestra corta, casi fugaz existencia.
Benigna es la naturaleza, como lo es con la gacela que ha dejado de sentir dolor y, muy quieta, ya no sufre, con los ojos redondos y la garganta aprisionada entre las mandíbulas del león.
La naturaleza, entonces, permite el auto engaño, lo conoce y promueve; pero ella también, siendo la fuente de todo lo que existe, es la gran impulsora del “instinto gnósico”, el impulso de conocer. Nacemos dotados con este instinto de “explorar la realidad”, la necesidad de conocerla para sobrevivir en ella; y este instinto básico está especialmente desarrollado en nuestra curiosa especie. ¿Conocer la Realidad tal como es? ¿O engañarnos con ella, reinventándola a nuestra conveniencia?
Los seres humanos somos máquinas biológicas muy simples: nos empeñamos tras los frutos del placer de los sentidos, y sufrimos, o al menos gastamos nuestra energía, intentando evitar el dolor. Así nos ha programado la madre naturaleza, con este chip elemental: aversión-afición.
Dominados por este principio tan simple los seres humanos hemos construido nuestras sociedades como poderosas máquinas colectivas, dotadas, para bien y para mal, de una potente y automática inercia.
Para que el placer fuera máximo fue necesario “concentrarlo”, así nacieron los nichos sociales y la desgracia aparejada qué trajeron: a más placer en algunos, más dolor en otros. Nació la esclavitud, por ejemplo, la servidumbre, la explotación de unos por otros, la injusticia, y las leyes que dictaron los que podían dictarlas para justificar y normalizar la generalización de la injusticia: la concentración de lo mucho en pocos y lo poco en muchos. La polarización es cosa antigua.
De esta “Selva-Civilizada”, llamada “Maya” por la civilización hindú, “Samsara” por la tradición budista, “Mundo de sombras” por Platón, simplemente “Ilusión” y modernamente “Matrix”, pseudo-realidad percibida y totalmente dominada por el mecanismo del placer-dolor es muy difícil salir. De hecho, como dice el evangelio, son muchos los llamados y muy pocos los que “entienden” el mensaje.
Dos tipos de seres humanos han buscado y encontrado una cierta liberación a esta condición tan mecánica. Uno es el “hombre de conocimiento”, el sabio, y otro el “hombre de desprendimiento”, el santo o místico. En último extremo, ambas condiciones, conocimiento y desprendimiento, confluyen. Así, por el desprendimiento (del ego y las ilusiones) el místico llega a un cierto conocimiento de la realidad; y por el conocimiento (de las cosas como son) el sabio desarrolla un camino propenso al desprendimiento.
Un tercer tipo de realización es «el artista»; los artistas tienden a ser sabios, (Miguel Ángel), o santos místicos (Gaudí, S.Teresa), o ambas cosas.
Paradójicamente, el desprendimiento o superación del placer conduce a un placer aún mayor: la liberación que produce el conocimiento, el gozo de comprender. La liberación de la ignorancia por el conocimiento-desprendimiento, manjar para pocos, es la forma más plena de vida a la que pueda acceder el ser humano.
Quien ha dejado de perseguir el placer ha dejado al mismo tiempo de evitar el dolor. Ese alcanza la ecuanimidad. La ecuanimidad es el arte de un delicado equilibrio: el de experimentar, en plena consciencia y aceptación, la condición humana tal como en realidad es, crudamente desnuda y mortal, desprovista de toda pretensión.
Liberarse de la tensión de las polaridades opuestas (placer-dolor, bueno-malo, dios-diablo, amigo-enemigo, aversión-afición) acerca al ser humano a la “Unidad”, al “Inclusivo Absoluto”, al “Origen sin Origen”, al “Principio y Final” de todo lo que existe, a “Eso” llamado tradicionalmente “Dios”, “Alá”, “Jahvé”, “Krishna”, “Tao”, “Absoluto”, simplemente: el “Indescriptible de mil nombres”.
Así es posible decir, y se ha dicho largamente, que la sabiduría del desprendimiento es un camino difícil, pero el más corto para acercarse a Dios (para el teísta), a la Unidad Absoluta de la que somos parte (para el ateo).
¿Puede cualquier ser humano acceder a la experiencia de la Unidad que trasciende su Yo personal?
La respuesta a esta pregunta es absolutamente personal, con independencia de que se sea filósofo, santo, hombre simple, o incluso ignorante.
La razón me dice, sin embargo, que esa posibilidad existe “naturalmente” para todos los seres cognitivamente capacitados.
La posibilidad de experimentar la Unidad entre lo que somos y la Red generatriz y condicionante a la que pertenecemos existe y es alta: la ecuación que debemos resolver esta implícita en lo que ya somos, la estructura biológica, cognitiva y material que nos constituye (a los seres reales y cognitivamente dotados que somos), está necesariamente impregnada por las condiciones del Origen Primero de todo lo que existe, (sea Eso lo que sea), pues ese origen primario (origen también de cualquier origen secundario que pudiera existir) es Eso que le trasciende y qué, en primer y último término, le da existencia y, por lo mismo, sentido a su final.
Y esta esperanza en la Unidad Trascendente de todos los seres, no solo como Unidad Material, ya que esta existe y es simplemente así, (todos somos partes de un solo cuerpo, el Universo Natural), es además la esperanza en una iluminación cognitiva (la comprensión lucida y consciente de la Unidad Mayor que nos incluye).
Y esta es una esperanza que me reconforta y acerca a la filosofía del budismo y de muchos otros “movimientos espirituales”, con su doble idea: una, el desarrollo de la consciencia es individual, así como las prácticas para agudizarla, y dos, esa búsqueda es activa y se implica en la “liberación” y “plena realización” de todos los seres: pues el camino es individual y colectivo al mismo tiempo.
Pero ojo, la esperanza que evoco no es en algo abstracto o metafísico, hablo de una Esperanza en la Realidad (Realidad que es “material” y “cognitiva” pues nosotros mismos somos “materia consciente”). No creo que, para esta evolución, ninguna academia, secta o religión tenga el monopolio de la sabiduría ancestral, y ninguna ciencia moderna el conocimiento que satisfaga las preguntas fundamentales del ser humano.
La esperanza que me alimenta emerge y está presente, de forma natural, en todos los seres humanos y en todas las tradiciones culturales. Y sobre todo presente en el “libro de la Naturaleza”, siempre abierta para quien quiera leerla; pues soy parte de ella, vivo en ella, me alimento de ella y moriré para ella.
P.Francisco Bontempi
Médico y Psicoterapeuta
AVERSIÓN, AFICIÓN E ILUMINACIÓN