CRISÓSTOMO RENÁN
¿Cómo llegó Crisóstomo Renán a instalar su pequeño cuarto de superviviente en la décima planta del hospital cuando aquel hospital solo tenía seis? Esta es la cuestión que explica el misterio de la buena muerte a la que llegó. Porque la buena muerte existe y ojalá cada uno pudiera encontrar la suya.
Crisóstomo ingresó por Urgencias. La operación fue muy rápida, no había tiempo y era cosa de vida o muerte. El post operatorio fue en la tercera planta de cirugía abdominal. Lo suyo era un tumor del colon que se había adueñado de todo el vientre y trepado a los pulmones. Le quitaron la mayor parte y le dejaron una bolsa pegada al vientre por donde se vaciaba. Las buenas auxiliares le bañaban con paños sobre la cama cubierta con plásticos. Un enfermero le recortó los pelos largos y grasientos que cuando llegó le alcanzaban a la mitad de la espalda. También le hicieron una poda significativa de su barba rala. Y Crisóstomo se dejó hacer como si fuera un niño grande y manso.
Aunque Crisóstomo no estaba inconsciente, casi no hablaba; cuando lo hacía la enfermera debía agudizar mucho el oído, su voz muy baja y el acento cerrado del monte resultaba ininteligible. Parecía pasar gran parte del tiempo durmiendo. Pero no era así, Crisóstomo cavilaba, y mucho. Le daba vueltas a la vida de arriba abajo y ordenaba los trastos del sinsentido. Cuando le llevaban en camilla por los largos pasillos y ascensores del hospital, con un ojo entreabierto, calculaba los recovecos y las distancias. A Urgencias le trajeron consciente, vino en ambulancia desde el pequeño ambulatorio de primeros auxilios cercano a su pueblo. Y el cálculo de las distancias se le daba bien, sabía que estaba lejos de casa. Había heredado de su padre el nombre y un puñado de tierra en un risco, a unos doscientos metros por encima del arroyuelo de montaña en el pequeño valle de Monte Alto. Las tierras más yermas siempre se quedaron para los pobres, los marginados de todas las conquistas. Pero Crisóstomo estaba en paz con su pobreza. Su segundo nombre era Renán, por su abuelo. El viejo había vuelto de la guerra, de aquella escabechina terrible que dejó a las cosas igual o peor que antes, con una pierna menos y un ojo perdido, además de la esperanza convertida en miserable escepticismo. ‘Renán’ le apodaba un compañero culto que le tocó en la trinchera, por un sabio, le decía, de esos que no creen en nada y miran con ojos verdaderos. Muertos casi todos los que conoció, Renán fue el nombre de guerra que quiso conservar su abuelo, que luego transmitió a su hijo, y éste, en memoria del padre, a su nieto.
Mientras en su cama de hospital le pedían que empuñara y estirara la mano, para pincharle la penúltima vena, Crisóstomo Renán no dejaba de darle vueltas al problema de cómo volver a casa, a su lejano risco en la montaña, pues quería morir donde había vivido. Esa mañana amaneció con ganas de conseguirlo.
Aunque no tenía mucha hambre se comió hasta la última galleta y el pan de aspecto plástico, el tazón completo de leche con polvos de café, y los dos pequeños cubitos de empaquetado industrial con mermelada y mantequilla. Durante el día se zampó todo lo que le pusieron. Alguna broma le echaron a la que respondió entre dientes y una mueca socarrona. —Es que me voy a casa— parece que dijo.
Había trabajado muchos años como peón albañil, tendiendo hormigón en los techos de las viviendas del Barrio Nuevo. Allí ganó lo necesario para arreglar su pequeña casa y aterrazar un palmo de tierra para cultivar el risco. Qué buena era la vista y el aire de allá arriba. Con sus dos cabras creía tenerlo todo. De trepar peñascos le venía que la solución estaba en el techo. Su plan era intentarlo esa noche. Después de la última ronda de medicaciones, cuando pasó la enfermera de noche apagando las luces, la imaginación de Crisóstomo Renán ardía mientras aprontaba su aventura. Con mucha dificultad al comienzo, y con facilidad creciente luego, se sentó en la cama. Él no era ningún bobo y supo bien como desenchufar los sueros y hacerse un nudo con las mangueras. Se fue descalzo, que es como mejor camina el hombre. Recorrió silenciosamente el pasillo hasta el recodo de los ascensores, sabía exactamente dónde estaban. Pero no quiso alarmar ni hacer ruido y decidió no llamarlos. Comenzó a subir peldaño a peldaño por la escalera. Subió a la cuarta planta, luego a la quinta. Por momentos los peldaños parecían interminables. Llegó a la sexta y el hospital no acabó allí. Siguió subiendo. La séptima, la octava. Parecía una escalera de nunca acabar, la novena y finalmente la décima. No sé por qué se le ocurrió que eran diez plantas. El diez es un numero bien especial, es -uno- junto a un -cero-y el cero es la barriga vacía dónde todo cabe, y dónde sin embargo no hay nada. Al final del pasillo de la décima planta había una puerta estrecha, y al otro lado, una empinada escalerilla de caracol que subía a la azotea. Por allí subió Crisóstomo Renán y, agotado, se fue a sentar junto a la torreta del ascensor.
Era una noche despejada, de brisa suave y se veían las estrellas. En algún lugar estaba el risco en que se apoyaba su casa. Había allí, abandonados, algunos somieres viejos, unas latas de metal oxidado y unas planchas de uralita; tirados más allá, dos o tres percheros, de esos que se usan para colgar los sueros, despintados y roídos de óxido; y una mesilla de noche que había perdido la cubierta. Con estos trastos construyó su chabola, se protegía en esa forma de la serenada nocturna; por los amplios huecos, arriba y a los lados, disfrutaba de la noche pródiga y abierta. Se sentía en casa. Allí esperaría amanecer, apoyado en el risco del ascensor, mirando en la dirección por donde sale el sol.
Pero hacia el amanecer vinieron las ratas, eran negras y enormes. Se aparecían entre las láminas de hojalata y lo miraban con ganas de comida. Al principio Renán las dejó acercarse, estaba acostumbrado a los bichos del campo, son seres vivos y compañía. Hasta que las ratas comenzaron a oliscar sus pies desnudos y tobillos canijos. Se puso a gritar para espantarlas. Llegó la enfermera alucinada del desastre con que había revuelto la cama y tumbado los sueros. Pero Renán prefirió ignorarla. Las ratas se habían ido. Dos ángeles con alas muy blancas y voces dulces le calmaban el aliento jadeante, le tranquilizaban y acariciaban la frente sudorosa del esfuerzo. Eran partes de la noche estrellada, sus ángeles blancos, el cielo tan cerca, con solo estirar la mano se tocaba. Bendiciones que venían a su chabola del risco. Y así, dando tumbos entre cielo e infierno, fue pasando la noche de Crisóstomo Renán en la azotea de la décima planta. Lo despertó el primer rayo de sol, ese que estaba esperando. Se le clavó en la frente y estalló por dentro llenándolo de luz. Cogió una bocanada enorme de aire purísimo, de amanecer en la montaña. Al fin estaba en casa. Y expiró, con una sonrisa en los labios. Estaba en casa.
En el cambio de turno, a las siete de la mañana, la enfermera encontró su cadáver. Tenía una sonrisa congelada en la cara, y la cama de la tercera planta perfectamente ordenada.
P. Francisco Bontempi
CRISÓSTOMO RENÁN