APOLOGÍA DE LA VEJEZ(notas sobre el envejecimiento)

Posted By pfbontempi on Abr 27, 2026


DE LA VEJEZ // En nuestra cultura, desgraciadamente muy enferma de productividad y consumo, el mero concepto de envejecimiento, o la palabra “vejez”, despierta gran rechazo. 

En antiguas culturas, la ancianidad era una condición respetada y admirable; en ellas nadie se avergonzaría de ser viejo o anciana. Pero en nuestras sociedades modernas ser viejo huele a orines pasados, a carga para los demás, a incapacidad, a falta de sentido, inutilidad y absurdo. Nadie quiere ser viejo. Se huye de la vejez con cirugía plástica, con cosmética y pastillas de muchos colores, con gimnasio y disciplina.

Cuando se encuentran dos viejos que no se veían hace tiempo, se saludan con estruendosas exclamaciones: ¡qué bien estás! ¡te veo genial! ¡el tiempo no pasa por ti! Mas nadie dirá: ¡qué viejo te veo! aunque lo esté pensando; sería una ofensa.

Del mismo modo que un adulto maduro no querrá volver a sentirse adolescente (salvo que sufra el síndrome de Peter Pan), un adulto maduro, tampoco quiere sentirse viejo. Dicen que la madurez es la edad más productiva: se trabaja y se gana más dinero, se folla más (a no ser que sea un viejo dopado). ¡Que viva la adultez madura, es la mejor edad!

¡Y a detener el tiempo entonces! Los ricos, estadísticamente, viven más que los pobres, e invierten, por supuesto, su capital en onerosas investigaciones para alargar la vida. Se cree que, con la tecnología anti-age adecuada, llegaremos a vivir 150 años, que incluso será posible alargar la vida hasta el límite de 300 años. Casi como una tortuga. 

Solo que, inevitablemente, antes o después, todos enfrentaremos la decadencia del organismo y el final del mismo.

Hace unos años desarrollé una tabla que utilizo en mi trabajo, la llamé “reloj de las edades”. La dividí en cuatro grandes estaciones, las edades de la existencia a imitación de los ciclos naturales: “infancia-adolescencia” es Primavera; “juventud” es Verano; “madurez” el Otoño; y esa cuarta edad, a la que no quise llamar ancianidad, (por las connotaciones negativas que abundan) sino “edad de la sabiduría”: es el Invierno que mira hacia adentro. 

Y esa es la propuesta que quiero compartir con estas notas, pues sé que algunos viejos me leen, y la vejez es la edad del gran regalo, donde la riqueza de cada instante es, o silenciosamente única, o compartida con un amor más puro que nunca antes. 

La infancia abunda en inocencia y a los adolescentes suele sobrarles inconsciencia. La juventud, divino tesoro, con su intensidad desbocada, exaltada por el amor y las pasiones, no siempre nos permitió mirar y comprender el amplio paisaje de la existencia. Con la madurez nos vino una especie de sensatez, pero venía atada a numerosas obligaciones.

La edad de la sabiduría, puerta del invierno, tiene la belleza del otoño y una amplitud de horizontes introspectivos que ninguna edad anterior tuvo. Si tan solo pudiéramos amar la vejez, la propia, esa que se siente en el cuerpo y abre las ventanas del corazón cómo nunca antes se abrieron… veríamos y disfrutaríamos entonces del “sentido” y el “sabor” de la vida, ese que, como los buenos vinos, gana solera al envejecer. 

Que los viejos/as no nos quedemos atrapados en el marasmo de los achaques; son parte inevitable del camino, sino que, poniéndonos de pie sobre la aceptación de todo lo vivido, éxitos y fracasos, placeres y dolores, podamos mirar, ver y contemplar, el paisaje portentoso de la existencia. 

A veces quisiéramos compartirlo, contarles a los más jóvenes las claves de este portento, pero, quien no lo vive difícilmente lo comprende. No hay ojos mejores para desnudar el misterio de ese paisaje que los ojos de una anciana, de un viejo. Que el gozo de vivirlo no quede atado a la necesidad de explicarlo. Cómo la vivamos será un legado.

A mis amigos/as ancianos/as les diría: No os avergoncéis de vuestra debilidad, de vuestros achaques, pero no entréis en la complacencia quejumbrosa. Levantad la vista, despegaos del suelo. El Universo es inmenso, y no solo es vuestro sombrero, es el insondable misterio de vuestra consciencia, lo que sois, consciencia de vivir, tan fugaz como un instante … y tan sin medida: como la enormidad de lo vivido, como el océano sin fondo donde vinimos a nacer.

¡Qué viva la vejez! ¡Bienvenida! ¡Que a través de los achaques nos muestre el misterio libre y creativo de la Inmensidad!

P.Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

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