LOS TRAJES DEL TIEMPO

Posted By pfbontempi on Dic 30, 2024


Iba a coger el avión y mi amigo me comentó: “hoy vas de caballero inglés”, y lo acepté, efectivamente, me había vestido con ropa de invierno y en ese estilo. Y le agregué: pero debajo de este disfraz voy disfrazado del campesino de mi huerta; pero aún hay más, por debajo del campesino va un primate semi inteligente. Y más abajo aún… allí vive un ser proteiforme. ¿Y por debajo? La trama viva del universo, las venas de Dios.


¿Qué significa esto? Que todo momento en la evolución de un objeto o ser, parte animada o inanimada de la “realidad”, (sea esa realidad lo que sea), incluye algo así como su propia “estela”, una estela que le remonta, si es mirada con suficiente perspicacia, al origen más remoto de todo lo que existe. Tal ocurre con los anillos de un árbol: se remontan “hacia adentro”, hacia el origen de su crecimiento, siendo el anillo más externo el único “visible”. Podemos entonces decir que, saltando de anillo en anillo, su historia no es solo literatura sino las huellas objetivas y objetivables de su evolución. 


Todo ser, pequeño o inmenso, se remonta a su origen, y así como un árbol se multiplica en ramas grandes, ramillas y hojas… cada hoja, pasando de rama en rama, se remonta al tronco y desciende a su raíz ancestral.


Tiene sentido entonces, y no es descabellado decir, que todo ser humano es hijo de Dios, (si me atengo al concepto de que dios es el “origen sin origen”) y que esa presencia original es real y no imaginaria en la naturaleza (en la raíz) de todo ser.


Décimos que nuestra existencia ocurre “en el tiempo”, que somos seres temporales, que tenemos comienzo-duración-y final, y esto es cierto. Pero esta afirmación es una “verdad relativa” que nace de una visión limitada y centrada en el “yo individual”. Es cierto que la hoja del árbol nace de una yema en la rama, que crece realizando ciertas funciones, y que luego “muere”, se seca y desprende del árbol para convertirse en abono para sus raíces. Sin embargo, la existencia de la “hoja individual” es inseparable del total del árbol: ella “pre-existe” (a su nacimiento como hoja) en la naturaleza del árbol al que pertenece.


Cada una de nuestras existencias es una hoja del enorme árbol de la humanidad. Y por ello estamos conectados al origen mismo de la humanidad. Y la humanidad “se remonta” (a través de la evolución de las especies vivas) al origen de la vida. Y la vida, a su vez, está profundamente arraigada en el sustrato material energético del que ha nacido. Y ese sustrato, sea lo que sea su naturaleza última, se remonta al “origen sin origen”.


El tiempo es el proceso de los cambios. (Y probablemente no existe “como tal”, sino que es una creación de nuestras mentes, una abstracción que imagina los cambios sobre un lienzo que llamamos tiempo, lienzo que en realidad no existe). Si nada cambiara no habría tiempo, o el tiempo se habría detenido o contraído infinitamente. El tiempo es movimiento. Y el movimiento es inherente a la realidad. Todo se mueve, aunque esté aparentemente quieto. 

SIN EMBARGO, la continuidad no solemos percibirla. Nuestro aparato cognitivo está diseñado para percibir rupturas, cortes, separaciones: yo y no-yo, esto y lo otro, aquello y lo de más allá. Para poder operar en medio de los múltiples movimientos de la realidad en que estamos implicados, necesitamos construir un mapa mental de ellos, y para eso creamos la ilusión de un “yo” inmóvil, ajeno al proceso de los cambios y movimientos. Nuestro proceso cognitivo “inventa un “yo” identificado con esa permanencia.


Nuestro “estado de consciencia habitual” nos lleva a cometer un doble error: el de “un yo inmóvil” y el de un “momento inmóvil”. En ese proceso de cambio continuo, en medio del movimiento incesante de la realidad, imaginamos un instante del tiempo separado del resto y lo llamamos “ahora”, un ahora que ha eliminado de la consciencia su conexión con los otros ahora; aunque no dure ni una fracción de segundo antes de ser otra cosa. Sin embargo, a pesar de su fragilidad, separamos el instante presente de esa cadena fluida y siempre cambiante de los instantes, lo subrayamos, lo elevamos a la categoría de “permanente”, y lo identificamos con ese yo inmóvil que parece reinar sobre todos nuestros ahora. Es decir, convertimos ese instante en parte de nuestra historia, a la que separamos de todo lo ajeno, del resto.

Ocurre lo mismo con el paso de un año al siguiente. Imaginamos un calendario que agota el año con sus doce hojas y lo llenamos con los instantes de nuestra historia, cuando en realidad el movimiento continúa sin interrupción, y ciclo tras ciclo se ha entretejido con todo lo que ocurría a nuestro alrededor. 

En ese estado de “permanencia ilusoria de un yo que no cambia y un ahora que permanece” el cuerpo nos “parece” un objeto separado del resto: es lo que llamé en otro artículo “cuerpo aparente”.


Ese “cuerpo aparente” está identificado con una consciencia que le es propia y correspondiente: una “consciencia separada” que se experimenta a sí misma como una entidad también separada y separable, diferente a la “consciencia fluida”, correspondiente a su vez a lo que llamé “cuerpo fluido”.


A este tipo de “consciencia fluida” se llega cuando la consciencia se identifica con “el proceso del movimiento que trasciende y supera al yo”, cuando la consciencia se expande en los cambios del entorno, en continuidad con los cambios del complejísimo universo que es el cuerpo, y ya no identificada con el “objeto separado”, ese “cuerpo-objeto” que imaginamos inmóvil y bajo el dominio de la voluntad que llamamos “yo”. 

¿Somos gotas de un inmenso mar, como dice el místico, en continuidad espacial y temporal con esa naturaleza inmensa que transciende el tiempo (y los genera todos), que supera cualquier noción de espacio, (y los unifica a todos), que desborda a todas las dimensiones posibles (y las comprende a todas)?


Si somos una hoja, o un pequeño fruto del inmenso árbol de la realidad, entonces, comer el fruto del “Árbol de la Vida” que describía aquel antiguo mito, sería devorarnos y “digerirnos” a nosotros mismos para comprender que somos inseparables del árbol que nos ha engendrado, que la criatura es inseparable de la Totalidad del Ser.

En los primeros Upanishads, textos milenarios de la India, se afirma que Brahmán (el alma de la Totalidad) y Atman (el alma individual) comparten la misma naturaleza.


Aunque sería necesario revisar la compleja definición de “mente” que abordé en otro artículo, la noción hindú es similar a la afirmación de Hermes Trismegisto, el sabio egipcio: “La Mente (consciencia esencial) no está separada de la Esencia Divina sino unida en sí tal como la luz al sol. Por esto, la Mente en el hombre, de seguro es Dios”.

Esta noción de una unidad fundamental en que las Partes nunca están separadas del Todo, tiene equivalencia en Marco Aurelio, emperador romano y filósofo no cristiano que escribía: “Todas las cosas están ligadas entre sí con un nudo sagrado y no hay nada que no esté en relación. Todos los seres están coordinados entre sí, todos concurren a la armonía del mismo mundo; no hay sino un solo mundo que lo comprende todo, un solo Dios que está en todo, una sola materia, una sola ley; una razón común a todos los seres dotados de inteligencia”. 

A esto me han traído los trajes: que si me los quito todos llego a la desnudez de una esencia que me funde con todo lo existente, y que, si asumo el traje que la moda, la comodidad o la costumbre me atribuyen, identificado con esta parte mínima que me corresponde en el tablero, sigo igual, como dice Marco Aurelio, ligado y en un nudo sagrado con todo lo que existe.

Pero que quede claro, la respuesta a estas cuestiones y la claridad que pudiera surgir de ellas no está en este texto, ni en un libro de ciencia o de filosofía, clásica o moderna, sino en la “reflexión introspectiva” que cada uno pueda hacer, “meditación” o reflexión en la que el sujeto consciente contempla y se da cuenta de su propia “experiencia de ser”.


“Meditar en el proceso cognitivo”: es darnos cuenta de lo que somos, mientras desmontamos los mitos de lo que no somos”. 

¿Se termina un año y empieza otro?


Francisco Bontempi
Médico y Psicoterapeuta

LOS TRAJES DEL TIEMPO