LOS CUATRO TIEMPOS DE CAÍN (y Abel), un relato. 

Posted By pfbontempi on Jun 22, 2025


LOS CUATRO TIEMPOS DE CAÍN (y Abel) 

Hay historias lineales: cayó un rayo en la montaña, se rompió un risco que rodó por la pendiente nevada, se convirtió en el arranque de un alud que se multiplicó montaña abajo; el alud engulló a un grupo de senderistas y a las casas en la cabecera del pueblo. Hasta aquí todo es lineal, parece gobernado por el principio de causalidad: una cosa lleva la otra. Hay historias lineales, pero también historias circulares y arborescentes. Las historias más antiguas de la humanidad no son lineales, son árboles ramificados, redes como bosques, estructuras complejas con información que reverbera entre sus nodos, que se afectan unos a otros en paralelo, que se condicionan mutuamente, incluso en la distancia. 

Los mitos pertenecen a este último tipo. El mito de la odiosa rivalidad entre dos hermanos opuestos es muy antiguo, está en la mitología egipcia, sumeria y también en la biblia que bebió de esas fuentes. Las historias y los mitos se alimentan de la realidad, (como el cine actual y las noticias sesgadas que reflejan la descomposición social), pero también sirven como enseñantes y corruptores, pues señalan a los nuevos ciudadanos que: “el mundo es así”.

¿Por qué dejé al ‘Abel’ del título escondido entre paréntesis? Para hacer honor a aquella vieja sentencia: “La historia la cuentan los vencedores”. El objetivo de las guerras siempre ha sido despojar a los perdedores de ‘sus armas y su relato’, convertirlos en súbditos y seguidores del relato vencedor.   

Desde siempre, pues es cuestión biológica, la lealtad entre los miembros de un clan ha sido necesaria: el grupo unido es más fuerte; de allí que la ‘autoridad fuerte’, incluso el autoritarismo y la dictadura, sean buscadas por los pueblos que se sienten amenazados (los fascismos estimulan ‘el miedo al diferente’ y levantan gobiernos autoritarios). Si la lealtad y la unión valen ‘hacia dentro del grupo’, entre grupos rivales el signo es la lucha, la competencia entre clanes, tribus, culturas y religiones diferentes. Y esto nos ha dejado una herencia plagada de fósiles torturados por la ‘crueldad normal’ de las guerras. Las leyes que proponen ‘no matar’ se suelen aplicar entre miembros del mismo clan, no así con los clanes rivales o enemigos, a quienes, históricamente, se les ha preferido muertos, incluso ‘devorados o bebida su sangre’. (Esta violencia entre hermanos convertidos en rivales es, posiblemente, tan antigua como una humanidad en la que existió incluso el ‘canibalismo’: se han encontrado huesos humanos con huellas raspadas con piedras cortantes para extraerles la carne.)

Mi padre me contó que aquellos que justificaron las matanzas de la Segunda Guerra Mundial, (despiadados fueron ambos lados), lo hicieron prometiendo que: “esta sería la última guerra, que luego se unirían los pueblos en una confraternidad de Naciones, respetuosas de los códigos humanos”. Sin embargo, hoy, en pleno siglo XXI, está muy claro que los tiempos míticos del viejo Caín siguen plenamente operativos. Aquí va su historia, en cuatro capítulos.

primer capítulo:  CAÍN Y ABEL EN TIERRA SANTA, ANTES DE AYER

La historia es simple, lo complicado son sus enrevesadas implicaciones. Dos hermanos, hijos de la misma madre y del mismo padre, (de la misma tierra y de la misma consciencia), intentan agradar al Dios que, según ellos, les ha dado origen a ambos. Hacen ofrendas y oraciones en sus respectivos altares. Dos hermanos rivalizando por el favor de lo alto, por el triunfo del destino. Esbozan lo que parece una pugna entre religiones rivales e intereses diferentes: dos altares para un mismo dios, síntesis suficiente del drama planetario. 

Un hermano parece ser más bondadoso y bueno, posiblemente el más pequeño: será la ‘víctima’ (el débil suele ser la víctima). El otro hermano, aparentemente más fuerte, dominante y agresivo, posiblemente el mayor, será el ‘victimario’.  Uno es campesino, ofrece sus cosechas en el altar; el otro es cazador o ganadero, ofrece un altar con carnes y animales de su propiedad. Parecen dos clases sociales dedicadas a distintos asuntos. Ambos buscan el favor de dios, el poder más alto y el Reino prometido. 

Al principio no se enfrentan, comparten el territorio común de su padre Adán. Cada uno ha construido su templo: una impresionante Cúpula dorada y una impresionante Muralla de piedra. Dos obras mastodónticas para alabar al mismo dios, al Único: Señor de los Ejércitos, Gobernante del pasado y el futuro, Señor de las estrellas. 

Caín y Abel hacen ofrendas a su dios, le rezan y se prosternan ante su altar. Pero las poblaciones crecen y la tierra se hace estrecha para dos templos tan grandes. El humo bendito de Abel se eleva al cielo con las bendiciones de la vida, sus hijos se reproducen fértiles y son más cada vez. El humo negro de Caín, en cambio, se extiende venenoso y rastrero por la tierra, va hacia el templo del vecino, busca habitar sus posesiones; es el hermano mayor y celoso, quiere quedarse con los juguetes del pequeño, protegido y favorito de los padres. 

El pequeño parece premiado sin esfuerzo, el amor que recibe es gratuito. Si ‘el relato’ es la voz de dios y su eco en el oído múltiple de la humanidad, Abel está ganando el relato: él es el ‘bueno’. En Caín, mientras tanto, se extienden la ira, la impotencia y la envidia; debe ‘pagar’, esforzarse, incluso luchar y matar como única solución. Comienzan los empujones mío-tuyo, comienzan los disparos al aire, los gruñidos amenazantes y la violencia. 

El último recurso de la impotencia, expresión también de envidia, es la violencia. Lo que no se puede conseguir por las buenas se consigue por las malas. Es lucha a muerte entre animales territoriales. Y comienza entonces la guerra por el juguete sagrado. “La Tierra Santa es mía”. “No, la Tierra Santa es nuestra”. “Dios me la dio primero a mí”. “No, primero estaba yo”. “Yo soy el favorito de dios y dios me la dio”. La locura sagrada está en marcha.

Abel intenta defenderse, clama a su dios, al mismo dios de Caín, desesperado. La violencia crece. Caín es muchísimo más fuerte, coge un palo y comienza a golpear al desgraciado Abel. Hay odio, desprecio, un resentimiento sobrecogedor. Machaca y aplasta sin piedad. “La tierra es mía”, grita un mono que se da golpes de puño en el pecho. “Yo soy el hijo favorito de dios. Dios me dio esta tierra a mí”, y golpea sin piedad sobre los despojos del miserable Abel.


Pero la historia no es tan simple, ninguna historia es tan simple como la de buenos y malos enfrentados. Abel tiene varios hijos, y uno de ellos se llama Abel-Caín. En su sangre corre la misma violencia de su tío, y tiene muy claro que su destino es la fuerza, que no hay otro camino para reinar sobre Tierra Santa. 

Y Abel-Caín, como una fiera herida, se enfrenta a Caín y muerde, y destroza, y apuñala, y golpea: “Aunque el precio sea la muerte, no tengo más camino que luchar”. 

“¿De qué dios hablas?” le enrostra su poderoso tío. “Eres un criminal, un terrorista, te aplastaré como a una rata”. La guerra Santa está servida, los herederos de Adán han enloquecido. En el altar de dios, del único dios, las víctimas inocentes se multiplican.

segundo capítulo: HERODES EL GRANDE

El legado de Caín ha triunfado, la Tierra Santa ya es suya. Abel-Caín ha sido aplastado, muerto y desmembrado. Abel y sus mujeres plañideras están confinados en pequeños guetos controlados, reservas para salvajes de clase inferior. Caín ahora tiene un nuevo nombre, se llama ‘Herodes el Grande’, ‘León el Magnífico’, el constructor del Nuevo Reino. Tirano implacable y cruel, no tiene escrúpulos ni otra medida que el triunfo absoluto. Está, además, incondicionalmente respaldado por el ‘Emperador del Mundo’, el poderoso ‘Cesar’; su gran aliado es el señor de los ejércitos más poderosos, el que recorre los mares sin rival, el que vigila las tierras, el que cubre desde el cielo todos los horizontes. 

Los dos arquetipos están claramente definidos, pero no se agotan en un solo capítulo: la historia se repetirá. Ciclo tras ciclo los veranos traen paisajes parecidos a los veranos anteriores; y los inviernos también acarrean lo suyo. Por supuesto, después de las penurias frías y oscuras del invierno, la primavera vuelve a brotar con esperanzas y nuevas alegrías; aunque nunca nuevas del todo, pues las alegrías de la vida son las mismas de las tantas anteriores. 

Pronto vendrán el ‘Nuevo César’ y el ‘Nuevo Herodes’: los forjadores de la ‘Nueva Alianza’. En el reino del Nuevo Herodes todos esperan al ‘Nuevo Mesías’; y el Nuevo César también espera al Rey de Reyes, sus oráculos y sacerdotes así se lo han dicho desde la cuna: “Que viene el Nuevo Reino, que le impondrá sello de oro a tu gran imperio, ya de por sí fuerte, pero no divino aún”. 

tercer capítulo: LOS CUATRO ARQUETIPOS DE TIERRA SANTA


Uno, César: representado por su embajador en Tierra Santa, Poncio ‘Blackstone’, el mediador que se lava una mano mientras con la otra vende armas y ajusticia. 

Dos, Herodes: representándose a sí mismo y al poder implacable de su ejército. 

Tres, Caifás: el terrorista asesino que lucha y se auto-justifica ‘por la libertad de su pueblo’. 

Y cuatro, Jesús: el profeta de la paz y el amor fraterno. 

La amenaza al reino de Herodes y César no es Caifás, la verdadera amenaza es Jesús. El espíritu de la paz, elevado a una consciencia superior, no lucha violentamente en contra del poder, “La espada no es el camino, Pedro”, lo ha dicho claro. Él no respeta ni teme al poder que mata; es el espíritu de la tolerancia: “Que tire la primera piedra, que dispare la primera arma, el que esté libre de culpa”, y tampoco lo hace porque asume la imperfección común y se sobrepone a la tendencia humana a juzgar. Asume una generosidad que invoca en todos. Jesús es la amenaza. Por eso, a la hora de decidir a quién librar de la crucifixión, ¿Jesús o Caifás?, Herodes y Cesar prefieren salvar a Caifás. “Caifás siempre será una rata, salvémoslo; pero Jesús puede levantar al pueblo, crucifiquémosle”. 

Y como los símbolos valen para quien sabe administrarlos, crucificado el profeta de la paz, Cesar cogió su emblema, ‘la cruz’, y la puso como bandera de sus ejércitos. Y así prosiguió gobernando, a sangre y fuego, como siempre lo había hecho, pero esta vez en nombre de la cruz, sangriento defensor de la llamada ‘verdad’.

Pero los relatos malgastados rebrotan con nueva piel: no mucho después, en las profundidades del desierto, surgió un profeta herido por la injusticia y la violencia de siempre. Se levantó en torno a él un ejército victorioso que extendió su lucha contra los sátrapas locales, para, una vez vencidos, terminar en guerra contra el ejército de la Cruz. Y lucharon uno contra otro cual dos bestias, Cesar contra Cesar, por ser dueñas y fieras gobernantas de la Tierra Santa. 

Y así, durante doscientos años, una cruzada tras otra, hasta el número de diez terribles matanzas, dieron triunfo alternativo al ejército cruzado o al ejército del profeta. Y cuando se cansaron de derramar sangre, la tierra Santa, arrasada por tanta guerra, fue un lugar miserable, de recuerdos, mitos y añoranzas. Y los herederos del profeta, desgarrados en varios reinos y satrapías feudales, se enrocaron en sus beneficios.


cuarto capítulo: LOS ‘SUSTITUTOS’ HOY


Y como los imperios grandes se rompen por su propio peso, así le ocurrió también al gran imperio de la Cruz. Partido primero entre oriente y occidente, a occidente se le sublevó luego una isla que algunos llamaron ‘pérfida albion’; se levantó allí un rey implacable que decidió que él representaba al poder de la Cruz mejor que el viejo Emperador. Y así el león viejo y el león joven se enfrentaron durante siglos de repetidas matanzas y ganancias, hasta convertirse, los herederos del joven, en regentes del mayor Imperio del Mundo, el colonizador de sus interminables colonias. Y ese fue el ‘Nuevo César’, que, aliado con el ‘Nuevo Herodes’, fundaron la ‘Nueva Tierra Santa’.  

El programa estaba claro: se cumplirían las antiguas profecías y todos vendrían a la Ciudad Santa, peregrinajes y procesiones para saludar al advenimiento del ‘Nuevo Mesías’. El trono de dios y la capital espiritual del mundo para el Rey de Reyes, señoreando sobre la tierra, sus pueblos, y la capital del capital.

Todo parece repetirse.

¿El Nuevo Herodes?: Ya está claro quién es: el ‘Premier del Genocidio Santo’ y su corte, los terribles señores de la guerra santa, los nuevos conquistadores. 

¿El Nuevo Caifás?: Los terroristas crueles, violentos y desesperados, incluso suicidas. 

¿El Nuevo César?: El Señor de la Cruz y el Monopoly, jefe de los nuevos cruzados, los renacidos, señor del ejército más potente, responsable y co-fundador de la Nueva Tierra Santa.

¿Y el nuevo Jesús?: Mientras huestes de creyentes lo esperan, algunos dicen que es aquel de allá, o aquel otro. Pero muchos otros solo esperan el triunfo en la última guerra, Armagedón la llaman, la definitiva. 

REFLEXIONES FUERA DEL CUENTO: El camino de la paz.

Así como la violencia parece ser contagiosa y venir como un fuego desde fuera, ¿de dónde viene la paz? Muchos buscan la paz en la religión; otros la buscan en el conocimiento intelectual, en el desarrollo de la inteligencia; otros se refugian en su pequeño núcleo familiar y allí la pretenden; otros se encierran en la soledad para salvarse del ‘infierno que son los otros’. 

El camino de la paz comienza por nosotros mismos. Y como no creo que callar sea el camino (pues quien calla otorga), ante la violencia que se ha desatado en nombre de dios, de la democracia, de la verdad, la moral y tantos valores prostituidos por un buen negocio, es un deber decirlo claro: “NO rotundo a la violencia”. 

Y si en el ‘no a la guerra’ me encuentro en la misma marcha con pecadores y ladrones, con judíos y palestinos, con rusos o ucranianos, americanos o chinos, republicanos o monárquicos, bien venidos todos. Porque la humanidad somos todos y la paz comienza en el propio corazón, con la aceptación del diferente.

P.Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

LOS CUATRO TIEMPOS DE CAÍN (y Abel)