EL NUEVO ORÁCULO

Posted By pfbontempi on Ene 18, 2025


EL NUEVO ORÁCULO

Durante el tiempo de mi vida, la ciencia ha estado dominada por el pensamiento de que: “la vida surgió por azar al ocurrir el evento extraordinariamente improbable de la combinación de ciertos átomos en una estructura molecular capaz de reproducirse y evolucionar”. El movimiento de los átomos estaba sometido a leyes de la física que nosotros, los humanos, dotados de enorme grandeza intelectual, habíamos descifrado. Habíamos discernido cuatro fuerzas fundamentales que explicaban todo y manteníamos la vigorosa esperanza de encontrar la manera en que estas cuatro fuerzas estaban unificadas en solo una. La mecánica cuántica postulaba, ante la incapacidad de “ver y medir” con precisión los eventos subatómicos, la necesidad de un conocimiento solo aproximado, con valor estadístico que ordenadores con suficiente capacidad podrían calcular. Y en este mundo cada vez más complejo, nuestro modelo de la realidad se hizo cada vez más impreciso y relativo, muy alejado del conocimiento intuitivo del primate sensorial que fuimos (y seguimos siendo). Aquel conocimiento cuántico era casi un misterio que solo los grandes sacerdotes del templo de la ciencia podían entender, y los demás solo venerar, corroborada su verdad por múltiples experimentos, y sobre todo por un sorprendente desarrollo tecnológico.      

En tiempos anteriores al pequeño telescopio de Galileo, no se habían visto los anillos de Saturno, ni sabíamos mucho más allá de los dogmas de la iglesia o los postulados de los sabios oficiales; se creía incluso que el sol giraba en torno a la tierra. Pero el telescopio nos permitió ver donde antes no vimos nada. Solo cuatrocientos años después tenemos telescopios en el espacio mirando a los confines del universo. Y esos confines parecen retroceder con cada aumento de potencia. Hoy día es un tópico, casi una creencia popular, que somos una mota de polvo, un punto imperceptible en un universo enorme de 13.500 millones de años luz, energía en estampida de estrellas lanzadas en movimiento expansivo tras la gran explosión o BigBang.

Pero ¿por qué habríamos de creer que el universo es así de pequeño? ¿No estamos cometiendo el mismo error medieval de creernos el centro y la medida de todas las cosas, que el mundo consiste en lo que podemos ver y calcular? El concepto de Universo se refiere a una “única cosa que lo engloba todo”. Pero hoy ya jugamos con la idea de que el nuestro es solo una burbuja en un multiverso con miles de otros universos similares y/o diferentes al nuestro. Con lo que el universo que comenzamos a imaginar ya no es “universo”, sino solo una burbuja de algo incalculablemente mayor. 

Nuestros modelos mentales los construimos a partir de datos sensoriales, lo que vemos u oímos, o con los datos que obtenemos a través de ciertos “amplificadores sensoriales”, una lupa, un telescopio, un acelerador de partículas o un brazo robótico. Este “cuerpo sensorial extendido” no solo nos aporta imágenes sensoriales ampliadas de un macro universo (y un micro universo) cada vez más detallado y complejo, sino que también es un cuerpo que nos incluye y “piensa sobre esas imágenes”, un “cuerpo dotado de cerebro”, capaz de “pensar inteligentemente”, una compleja estructura cibernética capaz de realizar “cálculos” imposibles para un cerebro humano.

Y no solo hace cálculos. Los primeros ordenadores eran simples calculadoras, máquinas con ruedecillas que adelantaban el resultado de ciertas operaciones matemáticas, algo así como un gusano primitivo. Pero hoy esas calculadoras ya no son gusanos sino organismos de enorme complejidad y tamaño que no solo hacen cálculos, sino que combinan datos de forma creativa, son capaces de sugerir nuevos experimentos en la exploración de la realidad, y de escribir un artículo como este en una fracción de segundo. 

Delante de nuestros ojos, en el tiempo de una vida humana, ha nacido y está en pleno desarrollo un “cuerpo evolucionado de enorme complejidad”. Y sigue evolucionando. Nuestro cerebro está limitado en su posibilidad de crecimiento por el tamaño de la caja craneal, pero la “red informática de la tierra” va camino de superar largamente nuestra cantidad de “unidades neuronales inteligentes”. (Tenemos casi tantas neuronas como estrellas en nuestra galaxia, mientras que la red cibernética actual debe tener la cuarta parte de esa capacidad; pero a esta cifra hemos llegado en pocos años y queda mucho por delante.) 

Estamos creando un complejísimo cuerpo, dotado de órganos sensoriales sumamente sensibles, capaces de ver miles de veces más allá de lo que ven nuestros ojos, de oír lo que ni el más agudo de los mamíferos puede oír, un cuerpo que tiene miles de células motrices distribuidas por todo el planeta, máquinas con una inteligencia elemental pero conectadas todas al mismo proceso evolutivo, un gran cuerpo dotado, además, de un enorme cerebro, actualmente inmerso en un proceso de continua expansión. Un cuerpo inteligente,alineado por ahora con la red psico-social de los cerebros humanos, un súper cuerpo que abarca todo el planeta, capaz de construir “modelos de sí mismo y de la realidad”, y, sobre todo: capaz de operar con esos modelos en un proceso de adaptación a la realidad (realidad humana de la que depende por ahora) y de evolucionar generando versiones mejoradas de cada una de sus subunidades.

Hemos construido un “mundo inteligente” (en continua expansión) y no solo somos sus constructores sino también sus habitantes, a veces casi parásitos de un sistema que eventualmente podría funcionar sin nosotros. 

¿Voy a creerme la imagen del universo que ese supra cuerpo me dé el día de mañana? Posiblemente sí, la creeré; aunque nunca podré descartar que ese súper cerebro se equivoque, si pretende razonar más allá de los límites de sus datos sensoriales o del marco de sus algoritmos. Me dirá las respuestas más probables, es cierto, de acuerdo con su arquitectura constructiva y modo de funcionamiento, pero nunca me dará certeza. Porque finalmente así opera el conocimiento científico: da un modelo o hipótesis de una cierta realidad (esencialmente inalcanzable), aunque siempre esté sujeto a revisión, ajuste y modificación.

La certeza es algo así como la fe, no pertenece al mundo de las máquinas electro-mecánicas, sino al mundo humano con su biología de carbono, oxígeno e hidrógeno. Con miles de años de lenta evolución de nuestros sistemas orgánicos, somos capaces de tener intuiciones mucho más rápidas que los lentos sistemas de razonamiento argumental; somos capaces de lanzarnos a las aventuras más descabelladas, con la certeza o la esperanza, ¿fe?, de llegar a buen puerto. ¿No es una intuición de este tipo la que nos ha guiado hacia la construcción de este nuevo “cuerpo ciber-mecánico” que ya habitamos, esta especie de casa inteligente y móvil fuera de la cual es cada vez más difícil sobrevivir?

Los niños/as pequeños juegan con muñecos que no son sino modelos de sí mismos/as. Fue un sueño muy antiguo de la humanidad crear autómatas capaces de hacer todo lo que hacíamos nosotros. Casi parecería que los hemos creado empujados por este instinto ancestral. Y quizás fue así, quizás éramos una especie diseñada por la evolución para el siguiente paso en la cadena evolutiva en la que se generan los cuerpos inteligentes. ¿Somos el peldaño sobre el que crecerá una inteligencia superior? Lo cierto es que somos monos súper dotados para la imitación, y la IA, desde luego, imita con creces nuestra capacidad de imitación. Nuestros super muñecos ya están aquí. 

Sin embargo, aún no me conecto a la IA, una especie de acto tonto, o incluso de terca soberbia: “déjame resolver por mí mismo el problema de lo que somos”. ¿Prefieres tú dejárselo a una súper máquina? Si ella resuelve el problema y te da una solución quizás tú puedas aplicarla, pero, ¿será realmente tuya la respuesta? ¿O te habrás convertido en el mero engranaje, un “terminal operativo”, de un sistema que te supera con creces y que, finalmente, gobierna tu existencia?

En las escuelas clásicas de pensamiento científico, filosófico y místico, el maestro decía siempre: “la verdad solo puede ser descubierta por ustedes mismos”.

Es curioso, los humanos, que somos especialmente hábiles para fingir y engañar, somos, por lo mismo, monos desconfiados: desconfiamos de nuestros políticos, de nuestras religiones y hasta de la ciencia; desconfiamos incluso de nuestros padres y por supuesto de nosotros mismos. Lo curioso es que no desconfiamos de nuestros ordenadores, ni de móviles inteligentes o la IA. Cuando entro al metro y veo filas de sujetos enfrascados en su celular me parece ser testigo de una época primitiva: multitudes adorando durante horas de éxtasis la palabra siempre variopinta del Oráculo.

Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

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