LA OLLA MEDIO VACÍA, un relato

Posted By pfbontempi on Nov 2, 2024



COSAS QUE PASAN

Si los perros tienen comida abundante dormirán la siesta en paz, si la comida escasea pelearán. Si hay sequía y la comida escasea los animales emigran en busca de mejores pastos. Los animales migrantes compiten por el territorio y la comida con los animales residentes. Junto con las presas van sus predadores. Los predadores compiten con otros predadores. Cuando el terreno se hace estrecho para una población crecida hay guerras y revueltas. El rey de los predadores es el animal humano, predador de sus congéneres, capaz de extinguir especies, convertir selvas en desiertos y sobrevivir como la última especie animal en el mundo de las máquinas. Pero esta especie lleva la selva antigua corriendo por su sangre, de modo que, en un mundo sin más animal que el animal humano, han renacido los mil roles de la selva original: hay entonces hombres-águila y hombres-conejo, mujeres-pantera y mujeres-gacela, hormigueros crecidos y hormigueros menguantes, monos territoriales enfrentados a monos territoriales, esclavos dando de comer a los amos con su propia sangre, leones en lucha por el dominio del ecosistema social, con sus bombas y sus números sin alma.


LA OLLA MEDIO VACÍA

Imagina una olla medio vacía, la única comida en un recinto confinado; en torno a ella una multitud de individuos hacinados intenta comer. Estar cerca de la olla y conseguir una cucharada de energía vital marca la diferencia entre la vida y la muerte. Algunos mueren y son eliminados del juego. Los que escapan por un tiempo buscan amarrar favores para su descendencia. ¿Cómo se transformó la lucha por sobrevivir en “sociedad”?


Al principio hubo peleas horribles entre los más agresivos, o los más desesperados abalanzándose sobre la olla. La agresividad, la inteligencia y el oportunismo son dones de la evolución para los que sobrevivieron; y como la naturaleza misma es la gran red de cooperación y coordinación entre todo lo que existe, el don de organizarse para actuar en grupo convirtió a los débiles en fuertes y fue el triunfo de quienes mejor se organizaron. Los primeros en comer hasta saciarse se quedaron junto a la olla convertidos en guardianes poderosos de los turnos siguientes. Estar cerca del poder acarrea beneficios: “Ahora comen mis favoritos, ahora tú y tú; y tú deja un poco para la última fila”. Los reyes originales eran fuertes líderes militares, y sus primeros ministros los sujetos con arte para repartir el pastel. ¿Y los pastores de almas? Ellos traían paz y paciencia a los hambrientos que esperaban su ración en la periferia. Reyes, militares, ministros, jueces y sacerdotes fueron la primera fila en torno a la olla, a veces cuidaban que la comida alcanzara para todos y actuaban como eficaces y justos organizadores; otras veces, sin embargo, olvidaban el bien de la comunidad y eran dominados por el egoísmo personal o los intereses estrechos de su grupo de colegas.


Pero, como el sistema solo funciona si la cadena de favores distribuye para todos, pues el hambre y la pobreza lo desestabilizan, ocurrió que nacieron las mafias de la segunda fila. Astutos observadores de los favorecidos y sus debilidades: “no se puede vaciar la olla, les dijeron, pues sería el caos y perderíais vuestro poder”; desarrollaron el arte de la previsión y el ahorro: se autoproclamaron intermediarios entre la primera fila y el resto. “Ahorra para mañana, -decían a los que acababan de coger su ración-, no te lo comas todo hoy”; y así, con el ahorro de los hambrientos, crearon la nueva olla de la segunda fila y se convirtieron en administradores del tesoro, y trataron con los reyes de igual a igual. Se consideraron a sí mismos “creadores de riqueza”, “administradores del crédito”, “organizadores de la empresa colectiva”, y sus banquetes fueron pantagruélicos, sus fiestas decoradas con modas espectaculares, viajaron incluso al espacio para experimentar orgasmos interestelares, construyeron murallas, materiales o virtuales, para separarse de las clases inferiores y se definieron a sí mismos como “superiores”. Solían despreciar a los que no alcanzaban a ninguna olla: “Son tontos y gandules, no trabajan lo suficiente ni tienen nuestra iniciativa, —proclamaban— viva nuestra libertad, nosotros damos de comer al resto; hagan cola, por favor, respeten su turno”. El viejo refrán dice que “al que reparte le toca la mejor parte”, y así la segunda fila, aliada con la primera, tomó el control económico y administrativo sobre las filas inferiores.


Si las dos primeras filas habían aprendido a coordinarse, respetar sus papeles y comer en paz, los desfavorecidos de la diosa fortuna pujaban por llegar a la olla sin mucho éxito. Hasta que aprendieron también a coordinarse y nacieron las mafias de las filas inferiores: “Debemos luchar por nuestros derechos, somos la mayoría, pero estamos divididos, unámonos contra la primera y segunda fila”. Y como a veces las revoluciones triunfan, la mafia de los rebeldes se convirtió en experta organizadora y hábil gobernanta del descontento y el hambre: “Hagan bien la cola, por favor, controlen su comportamiento, hay para todos, pero racionado, nosotros sabemos repartir mejor”. Entre ellos algunos eran austeros y solo cogían su ración, pero otros se hinchaban mientras disimulaban su hartazgo con discursos morales. Se convirtieron en la poderosa tercera fila: los organizadores y representantes de la muchedumbre apiñada en torno a la olla. 

Pero el tiempo revuelve las cosas y, después de varias revoluciones y violentos episodios, las tres primeras filas llegaron a un acuerdo salomónico y acordaron alternarse el privilegio: “Este año vosotros comeréis primero, el próximo año nos toca a nosotros”. Pero el acuerdo era inestable, a veces duraba algo más, otras veces algo menos, pues la olla estaba siempre medio vacía y los estómagos de la abundante periferia gruñían siempre con necesidad, creando presión sobre las tres primeras filas.


Así las cosas, en este curioso catálogo nos falta una clase rara de hambrientos: los que dieron la espalda a la olla y aceptaron su destino de “hambrientos y sedientos de justicia”: “Nuestro reino no es de este mundo, -dijeron-, somos los más pobres, sin más riqueza que el amor. El amor nos convierte de animales egoístas y competitivos en la especie consciente y solidaria que habitará el futuro. Nuestro mayor tesoro es la capacidad de organizarnos y compartir”. ¿Fueron ellos la pequeña multitud que pudo saciarse con dos peces y cinco panes? 


Un relato de Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

LA OLLA MEDIO VACÍA