LOS LADOS DE LA ORILLA // Me puse a pescar en la orilla de mí mismo. El río estaba amable hacia adentro y hacia fuera era tierra. ¿Qué pescaré esta noche, peces del alma o bichos de la tierra?
En mi mundo de animal rivereño siempre estoy bajo dos soles: el sol del mundo y el sol de mi alma. Si miro hacia el mundo: el sol de mi alma proyecta mi sombra sobre ese paisaje. Si miro mi alma: el sol del mundo proyecta sus sombras y la mía sobre el río.
Solo conozco desde la orilla. Recuerdo que hace muchos años escribí: “animal de orilla soy”, pero no recuerdo cómo continuaban esos versos. Están escritos en los “Cantos de San Borondón”, sería cosa de buscarlos; pero no quiero ir tan lejos. A veces abandono la orilla y me sumerjo en el río, absolutamente delicioso. Ya no hay sombras, ni mías ni del mundo. Solo experimento el gozo de convertirme en el fluido intangible que me constituye.
Otras veces me alejo de la orilla, hacia fuera, camino entre los árboles y, más allá del bosque, me introduzco en las callejuelas contrastadas de luces y sombras. Y con el embrujo del mundo me olvido de mí mismo. A veces me tropiezo con la sombra de mi alma y, aunque estoy lejos del río, recuerdo que: “nada se te ha perdido en este mundo, vuelve a casa”.
Hoy me encontré con dos viejas amigas: Alegría y Belleza. La Alegría vino como un ángel sonriente, entró en mí con sus ojos grandes e inquisitivos preguntándome ¿cómo estás? cuando ella ya veía mi melancolía. La Belleza me miraba serena, muy quieta, y entraba en mí sin moverse. Me alegré y sentí bendecido por su doble presencia.
Pero ellas se fueron y el mundo de esta noche se ha vuelto violento. La temperatura ha subido varios grados en distintos lugares. Las llamaradas de la guerra estallan en fronteras. La calentura se incrementa y hasta el “no a la guerra” huele a violencia. Los del “sí a la guerra”, esos que la justifican con un manual de historia a su medida, parecen fríos y documentados; pero sus almas huelen a muerte. Yo mismo, que busco paz, me estoy quemando. Soy pacífico y evito los conflictos todo cuánto puedo, pero me estoy quemando.
Las redes arden con idiotas y papanatas, generales aparentemente ordenados y meticulosos, presidentes dramáticos o simples comediantes de taberna de whisky caro: el mundo está de puta pena.
“Paren este tren que yo me bajo” le escuché gritar a alguien. Pero los policías del orden azul, o del orden rojo, vigilan los pasillos de este tren procurando que nadie salte por las ventanas. “De aquí nadie se baja”, es la orden. “La patria nos necesita a todos” grita otro desde la puerta de un aseo apestoso. El mundo se está calentando demasiado. Todas las guerras comienzan siempre en el alma de la gente. Y cuando el fuego anidó allí … ya nadie pudo detener la inercia.
No me gusta la violencia cristiana que ordena disparar sobre la turba hambrienta de pan y justicia. No me gusta la violencia musulmana que dispara desde la impotencia de sus velos rasgados. No me gusta la violencia judía que dispara con el odio de un dios brutal y castigador. No me gusta la violencia de los ateos cínicos o pragmáticos que ordenan disparar porque “el problema son los otros”. No me gusta la violencia de los otros, porque es la misma violencia de nosotros. De esta quema nadie se queda al margen. Y el que pretenda estarlo es un hipócrita o un inconsciente.
Nunca salió nada bueno de ninguna guerra. Salvo la alegría de que ella terminara, salvo el agradecimiento de la paz, desgraciadamente fugaz entre dos guerras.
Estoy cansado de luchar, porque no son molinos de viento mis fantasmas, sino un mundo enloquecido camino al precipicio.
Digo que “no a la guerra”, pero no es lícito que lo diga, pues ya estoy en ella y he cogido bando. Recuerdo un chiste de Gila, el gran cómico de la guerra civil española, decía: “Encontraron a un tipo que hoy disparaba desde la trinchera republicana y mañana disparaba desde las trincheras del caudillo. Alguien se dio cuenta de eso y preguntó ¿por qué has venido a esta guerra? y él respondió: a matar españoles.
Desgraciadamente, las actuales guerras de la humanidad también son “guerras civiles”. La humanidad es una, las religiones o los sistemas políticos son como la ropa, bajo ella todos somos iguales. Las armas militares de hoy matan a niños y mujeres, más que a milicianos y soldados, destruyen escuelas, hospitales, calles y edificios habitacionales, fábricas, depósitos de energía, y también, a veces, algún armamento. “Hay que atacar la moral del enemigo”, programan sus estrategas, “Hay que destruir su alma, su religión pagana”. Pero en una guerra civil no hay consuelo para nadie, ni vencedores ni vencidos. Todos somos los perdedores de una humanidad rota y fracasada. ¿Qué nos salvemos los buenos para reconstruir un mundo puro? Pero, ¿Acaso los buenos somos nosotros? ¿Qué no conocemos nuestra historia sagrada y sangrienta?
¿Dónde están los bomberos que apaguen este incendio? Yo vomito mi dolor y mi violencia de madrugada.
El fuego ha entrado en mis palabras. Mi discurso está ardiendo. ¿Dónde refrescar esta calentura belicosa? No puedo seguir mirando la sombra de mi alma en un mundo que se quema. Debo volver a la mansedumbre de la orilla. Debo entrar en el rio silencioso de mí mismo.
“Cobarde” me gritan desde mi espalda los autoritarios. “Traidor, ¿por qué nos abandonas?” aúllan los más débiles.
Debo entonces decir que este mundo no es mi asunto, que sus guerras no son mis guerras, que mi alma no tiene color ni partido; y mucho menos arma.
Qué curioso, nunca me di cuenta antes que “arma” y “alma” son casi la misma palabra, solo que una es áspera y la otra suave. Prefiero la suavidad de mi alma a la aspereza armada e impositiva de este mundo. “Mi reino no es de este mundo”: elijo quedarme con el lema del buen Jesús. Arrojo la espada.
Que se repita la historia entonces. Qué el sumo sacerdote del odio, Caifás, proclamado señor de la verdad divina, haga su trabajo de proclamar condenas. Qué Pilatos, embajador del imperio, se lave las manos como siempre, después de haber dispuesto que nadie escape a la matanza de sus legiones. Que Herodes-Netanyahu beba en su cáliz maldito la sangre de los justos. Y que allá en su estúpido trono, Nerón-Trump siga tocando su flauta de oro, flautista de Hamelin y embrujador de ratas.
Me marcho de este circo de locos. Me voy de aquí. Me lanzo al río de mi alma. Amaneceré mañana en un pueblo pobre de Montaña, esos que ponen al viento sus banderas de oración, donde sus gentes buenas caminan con el corazón abierto, la sonrisa en los labios y la pobreza en las manos vacías de todo; y, sin embargo, llenas de plenitud.
Los que contaron el “cuento del reino” me dijeron que era de “otro mundo”; pero no me explicaron que “mundo” era un estado mental, que la realidad es la “Realidad”, pero que el “mundo” es la construcción psicosocial y política que creamos con nuestra mente, valores y acciones. No me dijeron que ese reino está en la tierra y que la puerta está en cada uno; que es un reino cuyos ciudadanos han comprendido la Unidad fundamental de la Realidad, que todos somos partes de una misma red; que, por lo mismo, han descartado la violencia, pues la violencia solo engendra más violencia. Ellos son los que multiplican los panes y los peces, los que comparten la pobreza con alegría, los que beben en los ojos un néctar que nace del corazón. Son los hijos de nuestra común humanidad, los que trascienden razas, religiones y costumbres; los que, “en realidad” asumen un origen común, seamos creyentes o no creyentes.
En ese reino quiero romper mi desvelo. ¿Y dónde está su puerta? “Lánzate al río de tu alma y déjate llevar por la corriente que te ha engendrado”, que el desprendimiento te lleve, cada vez más pleno/a, hacia una plenitud que no es tuya, porque es de todos. ¿O voy a creer que mi verdad es más verdadera que la tuya? ¿Qué mi reino es mejor que el tuyo?
Vuelvo a la orilla del rio. Abandono el mundo a su destino. Me entrego a la fluidez de lo Real.
P. Francisco Bontempi
Médico y Psicoterapeuta
LOS LADOS DE LA ORILLA