El relato anterior dejó al lector en una orilla sin palabras. Pero el silencio no es el final del camino sino un umbral abierto, una invitación a cruzarlo y explorar. Porque, si la palabra tiene cáscara, pulpa y semilla, es una construcción de la naturaleza hecha para representar a otra cosa. Porque hay algo anterior a la palabra: la Realidad misma, eso que la palabra señala, sustituye, filtra y a veces confunde. De eso trata lo que sigue, de la representación: el lenguaje como sistema que se infiltra en la percepción y la condiciona, de la diferencia, casi siempre olvidada, entre lo que es y lo que decimos o creemos que es.
REPRESENTACIÓN.
Todo lenguaje es un sistema de representación en que algo es sustituido por otra cosa. ¿Cómo sé que la conocida canción popular “el patio de mi casa es particular” se corresponde a estas cuatro notas: mi-mi-fa-sol / sol-fa-mi-re / mi-mi-fa-sol /? Quizá yo sabría cantarlas, pues conozco la entonación de esa estrofa, pero, si no sé “leer” ni “escribir” música, no sabré “representar” la entonación sobre un papel.
Entre muchos otros “sistemas de representación” están los lenguajes hablados: bla-bla-bla, lo que “decimos” (sonidos que emite nuestro aparato fonador y que se refieren a “algo”); y luego los lenguajes escritos, que son representaciones del lenguaje hablado. Como el lenguaje hablado es la representación de algo distinto y anterior a las palabras que usamos, normalmente sin consciencia de la sustitución, el lenguaje escrito viene a ser la sustitución de una sustitución.
El lenguaje está “íntimamente infiltrado” en todas las realidades que experimentamos. Nuestro estado mental anterior al momento en que aprendimos a hablar es, para la mayor parte de las personas, prácticamente imposible de recuperar. ¿Cómo es la mente-consciencia que carece de lenguaje? ¿Es posible tal estado?
Imagina un balde de arena seca sobre la mesa de tu cocina; y ahora le echas encima un vaso de agua. El agua desaparece inmediatamente, ¿dónde está el agua? No la ves porque está “infiltrada” en la arena. Ahora la arena no es meramente arena, sino “arena mojada”. La arena ha cambiado por la presencia del agua que la infiltra. Así pasa con el lenguaje y la realidad: después que entramos en el sistema de representaciones que es el lenguaje, ya no experimentamos la “realidad seca”, no vemos la realidad pre-verbal sino nuestra representación de ella. Pero, ¿y antes del lenguaje? ¿Existe una cognición pre-verbal?
Ciertamente, tal tipo de cognición si existe; es posible observar capacidades cognitivas en bebés y en muchos animales que no hablan. Solo que, en los sapiens-sapiens adultos, el lenguaje se ha convertido en el gran modulador de todo lo que experimentamos y conocemos.
Según Kant, hay una realidad pre-cognitiva y pre-verbal, realidad desnuda o realidad en sí misma que se nos escapa inevitablemente; ella es el “noúmeno”, la cosa en sí. Según ese filósofo nunca podemos experimentarla directamente, solo llegamos al “fenómeno”, a la construcción fenoménica, ya filtrada por lo que somos, nuestros condicionantes. Según Sócrates en el mito de la caverna, la Realidad no podemos mirarla a la cara, pues se nos quemarían los ojos, así es que necesitamos “filtrarla”; una vez filtrada ella es solo una sombra, un signo o señal proyectado sobre la caverna de nuestras representaciones.
Si todo lenguaje es la representación de un fenómeno cognitivo arraigado, en última instancia, en un noúmeno inaccesible, y, puesto que la representación sustituye a la cosa, la pregunta decisiva es: ¿qué es ESO que queda sustituido? Resulta difícil imaginar esa realidad pre-verbal, estamos demasiado impregnados por la representación. Para responder esta cuestión necesitamos describir los filtros que se interponen entre esa Realidad hipotética y nosotros.
FILTROS Y MODELOS COGNITIVOS.
Desde que existimos estos primates-sapiens-sapiens que somos, (monos con capacidad de “saber”), para experimentar cualquier cosa o aspecto de la realidad, necesitamos filtrar esa información: filtrar esa luz, sonido o presión, vibración, del tipo que sea.
EL PRIMER FILTRO:
El primer filtro es nuestro propio cuerpo. El mundo exterior al cuerpo, lo presiona de alguna manera, lo estimula, afecta o deforma: un trueno sacude al cuerpo, la luz penetra los tejidos, el canto de un pájaro hace vibrar al tímpano y desencadena una serie de reacciones hacia las profundidades del cuerpo y cerebro; esa afectación termina convertida en sensación y percepción, para desencadenar luego una posible emoción, o una reflexión intelectiva.
Pero, hablar de un mundo exterior al cuerpo, introduce una cierta deformación cognitiva: implicamos que hay “un mundo exterior” y un “cuerpo separado de eso”, lo que nos lleva automáticamente hacia un dualismo de “cuerpo y mente”: un yo-interior, el conocedor, y un mundo-exterior, lo conocido.
No voy a incidir ahora en la discusión entre dualismo y monismo que ya ha sido hecha. Filosóficamente me he decantado por el monismo y prefiero creer que el mundo real es una Unidad en la que todo está conectado, “un solo cuerpo” que incluye al nuestro como inseparable de esa totalidad. Desde esta perspectiva, si la Realidad es el continuum de un solo cuerpo, en un “cuerpo continuo” el movimiento de cualquier parte afecta, en mayor o menor medida, al conjunto.
Así es que, en vez de hablar del cuerpo como un “filtro” entre adentro y afuera prefiero decir: El gran cuerpo de la Realidad resuena y vibra en cada uno de sus cuerpos menores, partes o aspectos.
Y así ocurre con mi cuerpo concreto: “el aspecto de la Realidad más inmediato a mi cognición, lo que soy, mi propio cuerpo, vibra continuamente afectado por el conjunto al que pertenece”.
EL SEGUNDO FILTRO:
Son las estructuras cognitivas que posibilitan y condicionan la percepción. En una época muy anterior a la neurología moderna, Kant describió una serie de filtros cognitivos a los que llamó “a priori”. A priori significa “antes de experimentar”. Consideró que estos filtros eran condiciones necesarias y previas a cualquier experiencia.
Antes de experimentar la fragancia de una flor, por ejemplo, la luz del atardecer, la dureza de un trozo de metal o las sensaciones internas de mi cuerpo en movimiento, hay un complejo proceso de filtrado inconsciente. Se activan complejas cadenas de causas y efectos neuro-sensoriales y/o neuro-motores. Nunca percibimos directamente aquello que creemos percibir; toda percepción, experiencia o cognición, es un producto elaborado a través de filtros por los que pasan nuestras entradas sensoriales, convirtiéndose luego en representaciones, imágenes y modelos cognitivos.
Kant llamó “intuiciones” a las “entradas o inputs sensoriales”, no en el sentido en que hoy entendemos intuición, como conocimiento pre-racional, sino en su sentido etimológico: del latín “intuito”, referido a las entradas sensoriales no elaboradas ni mediadas por la razón. Estos movimientos inconscientes de la sensorialidad activan estas complejas redes neuronales que decantan la información y la organizan según varios moldes. En una época previa al conocimiento neuronal, Kant se dio cuenta que existían condiciones pre-cognitivas” a las que llamó “a priori”.
Un a-priori fundamental es el “filtro-tiempo”; algo ocurrió antes, otra cosa después. El tiempo es subjetivo y relativo a la perspectiva del sujeto que experimenta esa secuencia de entradas. El filtro-tiempo las ordena en secuencias temporales. Con lo que resulta que el tiempo que nosotros experimentamos es “relativo” a nuestra perspectiva de observadores, y nunca un absoluto independiente de nosotros. Esta reflexión kantiana, aunque en un contexto muy diferente al de Einstein, se convierte en una primera reflexión sobre la relatividad de la percepción temporal.
Otro “a priori” es el “filtro-espacio”; algo está más lejos o más cerca de mi cuerpo, siendo mi cuerpo, para mi experiencia subjetiva, un “centro de referencia cognitiva”, un organizador del “espacio”. Mi experiencia del espacio, por lo tanto, también es relativa y está condicionada por este filtro a-priori. El espacio es una especie de marco en el que se colocan las entradas sensoriales correspondientes a los objetos, un molde que establece un mapa (más cerca o más lejos) de aquello percibido.
Otro filtro son las “Categorías”, los predicados que se pueden afirmar de cada objeto de experiencia (amigo-enemigo, tensión-relajación). Dado que las categorías son listas de atributos o propiedades asociados a nuestros juicios y percepciones, están relacionadas con los condicionantes corporales de la percepción, pero también con el otro gran filtro que es el lenguaje.
Y también están los “Conceptos” (línea recta o curva, mesa o jarrón). Son filtros instalados en las mismas estructuras neurales que posibilitan la percepción (por ejemplo, hay neuronas que solo se activan frente a líneas rectas), son filtros que en parte se consolidan por la razón y que están asociados al lenguaje, el gran filtro que organiza nuestras entradas sensoriales y sistematiza el pensamiento.
Para Kant estos filtros cognitivos eran condicionantes absolutos e insuperables de toda cognición. Hoy podemos entenderlos como correlatos de estructuras neuronales, filtros que se construyeron, posiblemente, a través del larguísimo proceso evolutivo de organismos y sistemas nerviosos, miles de generaciones que aprendían a sobrevivir.
Todos estos filtros organizan la información y la convierten en operativa, la procesan y reconstruyen, ya automatizada, como parte de nuestro MUNDO FENOMÉNICO. Este conjunto de fenómenos pre-filtrados que configuran nuestros modelos cognitivos crea así una especie de mapa o imagen cognitiva de la Realidad: esta es la representación que llamamos “la realidad fenoménica que percibo y pienso”.
Solo que: el fenómeno que percibo no es sino un modelo o imagen; es la representación de otra cosa. Y esa otra cosa, más allá de nuestro límite cognitivo, es la “Realidad en sí misma”, inaccesible a los sentidos y con fuertes reminiscencias del noúmeno kantiano.
Puesto que somos seres vivos, dotados de una cierta inteligencia y consciencia, y que necesitamos sobrevivir operando en el seno de esa Realidad con mayúscula, dado que no la conocemos directamente sino por sus efectos en nuestros filtros, debemos crearnos representaciones suyas, modelos operativos. Si nuestro modelo es aproximadamente correcto, funcionaremos sin grandes tropiezos. Si nuestro modelo, nuestra representación de la Realidad, es erróneo, podría costarnos la vida. Tanto a nivel individual como colectivo.
Este proceso de modelado perceptivo, es lo que hace nuestro organismo individual para sobrevivir y operar en la naturaleza: si escuchamos un ruido en la selva nos preguntamos ¿qué es eso? y/o imaginamos que es el viento o un predador. Y este mismo proceso se replica a nivel colectivo.
Para explorar y conocer la Realidad el método científico funciona exactamente así: hacemos observaciones “de algo” que no sabemos qué es, anotamos determinados fenómenos, tomamos imágenes, medimos las perturbaciones que se producen en nuestros “órganos tecnológicos”; telescopios, microscopios, aceleradores etc. En un segundo paso, enunciamos alguna hipótesis acerca de ese “algo”, suponemos que detrás de nuestros datos perceptivos hay una cierta realidad, y la imaginamos: creamos nuestro modelo o hipótesis de cómo creemos que “las cosas son”. En el tercer paso vendrá la comprobación experimental, pondremos a prueba nuestras ideas, y puede que obtengamos una validación de nuestra hipótesis, o puede que nuevos datos nos hagan descartarla.
Y EL TERCER FILTRO:
El tercer filtro es el lenguaje, las palabras, con el cual comenzamos aquel relato (El Árbol de la Palabra):
Nuestra primera representación de la realidad, (lo percibido) ya filtrada por el cuerpo y las estructuras cognitivas preverbales, es filtrada entonces por el lenguaje; con lo que todo lo que experimentamos luego es “arena mojada”.
Y estos conceptos ¿para qué sirven? Esto no sirve para nada, diría un pragmático utilitario. Estos conceptos no se comen y no sirven para ganarse la vida, a no ser que se sea un filósofo profesional. Somos ciudadanos del siglo XXI, lo que nos interesa es que haya agua y electricidad en nuestras casas, que ojalá el techo sea nuestro, que tengamos disponible un cierto dinero para consumir y disfrutar. (El dinero es otro complejo sistema de representación de una cosa por otra. Pero ahora no voy a preguntarme ¿qué representa el dinero? tema para otro lugar.)
¿Para qué sirve entender que la arena mojada no es lo mismo que la arena seca? ¿Para qué preguntarse por esa “Realidad con mayúscula” que trasciende a los filtros, que escapa a nuestras fórmulas lingüísticas o tecno-científicas? ¿Para qué sirve reflexionar sobre el lenguaje y la relación del mismo con la “realidad desnuda y previa al filtrado”? ¿Vale para algo la epistemología, la rama de la filosofía y la neurociencia que estudia el conocimiento, su naturaleza, fundamento y limitación?
Sí, sirve para algo: ¡Para que seamos más humanos! Y, ya que el conocimiento es un proceso progresivo, sirve ¡para que conozcamos mejor “eso” que nunca terminamos de conocer del todo!
“Ser más humano” significa “tener el entendimiento y el conocimiento más desarrollado”; solo que ese desarrollo cognitivo nos aboca a una interesante paradoja: si el desarrollo del conocimiento implica separar el agua de la arena, evaluar y comprender la diferencia entre “Realidad” y “sistema de representación”, la capacidad de mirarnos a nosotros mismos como entidades pre-verbales, (diferenciados de los sistemas de representación cultural con que nos vestimos luego), nos acerca a la percepción original del animal que somos: un mono absolutamente desnudo, pero capaz de representarse a sí mismo y su mundo.
Ese homo original, despojado de toda representación e historia, (pues la historia también es la representación de otra cosa, tal como la memoria es un sistema de representación de otras realidades), es inseparable de la naturaleza desnuda que le ha engendrado. Dicho directamente: Eccse Homo es la consciencia de la Naturaleza, el ojo con que ella se mira a sí misma.
Y esta es la gran paradoja del conocimiento: saber más nos hace menos, nos acerca a la humildad original de lo que somos, a la Naturaleza desnuda, generadora original de Vida, Consciencia, y Representación.
ORGANISMO, SISTEMA COGNITIVO Y RELATO:
Siendo lo que somos una construcción natural, un producto de la Naturaleza, (pues este es el modelo que he adoptado como más coherente y plausible), hemos evolucionado desde estructuras físico-químicas básicas hasta estos complejos organismos vivos, capaces de cognición, una cierta consciencia de existir y del mundo en que existimos.
Hemos organizado la Representación y el Lenguaje acerca de lo que es como Relato. Hemos modelado nuestras hipótesis y construido con ellas un Relato donde nuestras representaciones pretenden tener sentido.
Desarrollar relatos es práctico; junto con nuestros modelos cognitivos los relatos nos ayudaron a sobrevivir. Sin embargo, es especialmente útil conocerlos y comprender que solo son modelos de la Realidad y, por lo tanto, relativos y cuestionables. Cuestionarlos, mirar más allá del filtro, o al menos intentarlo, nos hace más humanos.
La Naturaleza y el fenómeno de la vida son indisociables. La Naturaleza ama la Vida, crea y alimenta al fenómeno natural de la Consciencia y la cognición; y esta nos ayuda a sobrevivir y evolucionar.
La Consciencia nos permite comprender lo que somos, darnos cuenta que existimos en un mundo de representaciones, pero que nosotros mismos somos más que una mera representación.
Está claro que tenemos una imagen o auto-representación; pero que también está el noúmeno de nosotros mismos, ese algo radical que nos hace ser lo que somos, un algo o alguien que trasciende la limitación de nuestros filtros cognitivos, algo que no es la auto-representación y que supera con creces nuestra imagen.
Pero hoy, como seres inmersos en al lenguaje y la representación, dentro del proceso evolutivo en que estamos implicados hemos entrado en una zona de curvas y crisis. Lo que creemos ser como individuos, y el relato colectivo de lo que somos como especie o sociedad, está hoy bajo una enorme presión lingüística y mediática. Distintos modelos se rozan o chocan frontalmente creando una enorme confusión en identidades y creencias.
LA PRESIÓN DEL RELATO:
La humanidad en bloque está inmersa en una terrible y peligrosa “guerra por el relato”. Y el relato triunfante no solo dominará las mentes y corazones de sus súbditos, no solo administrará sus instintos, sino que configurará las jerarquías de poder y riqueza. Pues el relato se convierte en el “mundo”, y el mundo mismo, en último término, es el “cuerpo social del relato dominante”.
Las sociedades formalmente libres y las sociedades autoritarias comparten hoy día el mismo algoritmo: la información sobre los gustos, tendencias, creencias y capacidades de los ciudadanos es un conocimiento cada vez más detallado, eficaz para la manipulación de los comportamientos individuales y determinación del rumbo colectivo.
Hace doscientos años, el relato de lo que éramos y de lo que ocurría solo existía en los periódicos, allí estaba la voz oficial de su “Tiempo”, la consciencia pública de la “Nación” etc. Después vinieron las radioemisoras y comenzó a diversificarse el relato, (aunque siguió concentrado en grupos de poder ideológico). Después fue la televisión, cara y dependiente de grupos económicos emparentados con el poder gobernante (o candidatos a serlo).
Y en el siglo XXI vino la eclosión de las redes con la IA y su extraordinaria capacidad para simular la realidad. Ella actúa como un amplificador del caos de relatos contrapuestos; la guerra por el relato convierte a los ciudadanos en presa de los mismos, guerra que no se queda solo en las palabras, sino que salta de cabeza a corazón alimentando variados tipos de violencia y fundamentando las guerras armadas, la terrible lacra que creíamos superada tras las matanzas del siglo XX.
Las guerras modernas siguen siendo antiguas en su naturaleza, están promovidas, justificadas y materializadas por ignorantes que creen que su “sistema de representación de la realidad” es la verdad absoluta. (Y la ignorancia es peligrosa, cercana de lo que C. M. Cipolla llamó “estupidez”). O peor que la estupidez: son conflictos brutales promovidas por la perversión inescrupulosa de quienes, aun sabiéndolo, actúan sin freno a su narcisismo egocéntrico.
Estos relatos contrapuestos desembocan en un escepticismo colectivo, en un relativismo de los valores, y en la ruptura de los antiguos “contratos sociales”. Esta crisis del siglo se puede leer como “corrupción”, cuestión asociada directamente a la “crisis de representación” en que estamos inmersos.
La “lucha entre relatos” y la “crisis de la verdad” se ha convertido así en el veneno de la descomposición social, el fracaso de la solidaridad entre diferentes, la ruptura de la comunicación. La ingenuidad crédula o acrítica de los siglos precedentes ha estallado en mil pedazos.
Corromper viene de romper. La corrupción es la degradación de algo que pierde su naturaleza y se convierte en otra cosa. La policía entró en la sede de un partido a destapar su corrupción; anteriormente la policía había entrado en el partido antagónico para lo mismo. Solo que la policía también está implicada en procesos de corrupción y existe la policía sesgada por un color u otro. Sabemos también que la justicia se compra y se vende; que existe la honestidad formal de los hipócritas, la honestidad cínica de los listos, la honestidad torpe de los estúpidos, la honestidad violenta de los fanáticos. ¿Y si viene alguien supuestamente puro a denunciar la corrupción de los demás? ¡Quizás no se ha mirado bien al espejo! Ya dijo el buen Jesús: “que tire la primera piedra el que esté libre de culpa”.
Nuestras corrompidas sociedades, se han convertido en un montón de piedras volando, cada una envuelta en el papel de un cierto relato. ¿Cómo quedarse al margen de esta estupidez colectiva a la que hemos llegado? No es posible. Cada ciudadano es un ladrillo del mundo que sostenemos entre todos, mundo que necesitamos para sobrevivir.
Como psicoterapeuta me dediqué a una forma de enseñanza que buscaba más y mejor consciencia, pues entendí que el mejor conocimiento de lo que somos alivia nuestras tensiones y contradicciones. Y ahora ¿qué puede hacer de positivo este ladrillo que soy?
RELATO, CONSCIENCIA Y EDUCACIÓN:
¿Cómo distinguir el valor y nivel de verdad de los distintos relatos? Esta cuestión clave nos lleva al problema de la “educación”. Una sociedad puede “fabricar” niños-soldado, empresarios egoístas movidos por el lucro o emprendedores inteligentes con consciencia social, trabajadores semi-esclavizados o ciudadanos amantes del conocimiento, del desarrollo de la consciencia y de la reflexión crítica. Puede potenciar la expansión de seres conscientes o puede castigar la consciencia con mecanismos de subordinación e imposición.
Los valores sociales se establecían clásicamente en la familia de origen; pero hoy la calidad de la escuela, los programas educacionales, los medios de comunicación y el relato de las redes, son aspectos fundamentales para este desarrollo. Y todos, individual y colectivamente, tenemos responsabilidad en esta cuestión.
¿Cómo llegar a consensos? La educación para el siglo XXI y los siguientes ha de estar centrada en el desarrollo de tres pilares. Uno: cultivo de una auto-consciencia reflexiva y crítica. Dos: maduración de un conocimiento científico de calidad, bien enraizado en la reflexión epistemológica. Tres: desarrollo para el diálogo, cultivo del escuchar, comprender, analizar y expresar con coherencia y capacidad autocrítica.
Cuestionar los distintos relatos, contrastarlos, debatirlos: esto es diálogo. Necesitamos aprender a desenmascarar manipulaciones, a generar mecanismos que la detecten, que vean más allá de los sofismas y trampas del lenguaje, que descubran qué es verdad y qué es falso, que comprendan que el lenguaje y las palabras, por más agudas que sean, nunca tocan al noúmeno de “lo que es”, que el concepto de “verdad” se refiere al lenguaje, no a la Realidad misma, que lo Real no es verdadero ni falso, que simplemente es; que, en cambio, lo que decimos sí es relativo, pues puede ser verdadero o falso.
La búsqueda por comprender el misterio de la “realidad” es interminable, cada generación y cada individuo avanza solo un pequeño paso. La capacidad de relativizar nuestro conocimiento, de comprender la distinción entre “Relato” y “Realidad” es fundamental para seguir avanzando.
Hace falta más sabiduría y menos ignorancia. Dicen que nunca existió tanto conocimiento como hoy; pero eso lo están aprovechando algunos dueños de la IA, atrapados en la lucha por imponer su relato. Los humanos, cada vez más, nos consideramos inteligentes solo por el hecho de usar máquinas inteligentes.
¿Cómo superar el relato y abrirnos a lo fundamental? En corto: hace falta más amor y mejor conocimiento. Pues el amor sin conocimiento es ciego; y el conocimiento sin amor es impotente.
Y el verdadero amor tampoco se puede encuadrar en palabras y relatos, pertenece a la naturaleza profunda de lo que somos; sugerirlo sí, pero apenas rozarlo con la representación, para dejarlo ser.
REALIDAD, REPRESENTACIÓN Y COGNICIÓN
P.Francisco Bontempi
Médico y Psicoterapeuta