NATURALEZA DEL CUERPO FLUIDO

Posted By pfbontempi on May 1, 2022 | 0 comments


NATURALEZA DEL CUERPO FLUIDO

LOS CONTRAPUNTOS DEL CUERPO   VI

El ‘cuerpo aparente’ no es sino un conjunto de sensaciones que, en un momento determinado, irrumpen en el Campo Cognitivo; están asociadas a la imagen corporal previa y a la afirmación de ‘este es mi cuerpo’. El ‘cuerpo aparente’ es miope, se ancla a la fugacidad del momento presente, ‘lo siento ahora y eso basta’, pero ignora el proceso continuo, la realidad trans-presente, del ‘cuerpo fluido’.

CUERPO FLUÍDO, CUERPO REAL O CUERPO TRANS-PRESENTE

Siendo el ‘cuerpo aparente’ un cuerpo ‘dibujado’ en nuestro campo cognitivo, es en realidad una cognición, un corte perceptivo en el larguísimo proceso del ‘cuerpo fluido’.

Los límites del ‘cuerpo aparente’ son evidentes: la piel. Pero ¿cuáles son los límites del ‘cuerpo fluido’? Si el ‘cuerpo fluido’ es mucho más que el instante presente ¿dónde comienza? Quizás estaríamos tentados de estirar el instante como un chicle y convertirlo en historia, en la piel de un tiempo alargado, y a decir, entonces, que el comienzo está en la gestación. Pero, ¿realmente comienza allí, en el huevo, esa realidad que he llamado trans-presente? ¿Es el presente alargado a través de las etapas de nuestro tiempo vital algo que podamos llamar ‘cuerpo’? ¿O eso es mera historia?

Nuestra consciencia transitoria y fugaz tiende a convertir nuestro pasado en historia. Pero ¿y si el ‘cuerpo fluido’ fuera una realidad mucho más real que una mera ‘historia’?

Recordemos que todo es movimiento y que la apariencia de los cuerpos depende de su velocidad de cambio.

Si cogemos una peonza marcada con un punto de color y la hacemos girar veremos un círculo, la peonza va tan rápido que el punto parece estar en todas partes al mismo tiempo. Si detengo la peonza solo hay un punto, si vuelve a girar aparece la línea circular, un ciclo compacto y completo, bastante diferente, en todo caso, a un simple punto. Las plantas también tienen apariencias que dependen de la ‘velocidad de cambio’: un pequeño arbusto parece un cuerpo estático, pero, si lo filmamos durante un tiempo suficiente y lo exponemos con cámara rápida veremos una criatura animada, similar a un animal que crece evitando obstáculos y moviéndose hacia sus alimentos naturales, agua y luz. La pequeña planta no es, entonces, un objeto ‘inmóvil como un vegetal’, sino ese cuerpo en movimiento que la cámara rápida nos desvela.

¿Cómo se vería nuestro cuerpo filmado con cámara rápida desde el momento de la concepción hasta el momento de la disolución en el polvo? Veríamos un ‘proceso de cambio y movimiento’, una interacción continua con el medio, recibiendo entradas por varias vías y emitiendo salidas hacia el mismo.

Necesitamos una velocidad diferente para hacernos conscientes del ‘cuerpo fluido’. A cámara rápida veríamos el continuum de nuestro cuerpo; a través de su alargada evolución veríamos un proceso en transformación continua, como un río, el mismo cuerpo desde su comienzo en la montaña hasta la desembocadura en el mar. Pero esa fluidez y conexión continua del cuerpo transtemporal no la percibimos. El cuerpo que sentimos es una experiencia en el instante presente: tocamos ‘nuestro brazo ahora’, es algo compacto, sólido, y decimos ‘este es mi cuerpo’ sin consciencia de estar tocando ‘la memoria de nuestro cuerpo’, el esquema corporal que hemos aprendido a reconocer como propio. 

¿Qué es esto, entonces, que he llamado ‘cuerpo fluido’? Es el proceso del movimiento corporal, tanto a través de las fases de su evolución, como en el dinamismo de su red de conexiones internas y externas.

Los límites de este cuerpo extenso y cambiante no están en la piel, su fluidez no está separado del resto de la Realidad, sino inseparablemente entrelazada, unida a ella por una superficie de intercambio que es mucho más que un saco o envoltura. Nuestra piel es más bien una frontera dinámica, similar a un fractal de Maldenbrot, (hay un excelente documental de Arthur C. Clark acerca de los fractales: “The Colours of Infinity); la piel es una porosa línea viva que no separa, sino que une lo de fuera y lo de dentro; un diseño que al mismo tiempo es interno y externo, una superficie con miles de raíces que son parte, tanto de lo exterior, como del cuerpo que llamamos propio. Nuestra piel, mirada al microscopio, es esponjosa, llena de prolongaciones hacia afuera e invadida por miles de canalículos del mundo exterior; lo mismo ocurre cuando esa superficie penetra por la boca y se convierte en la mucosa del tubo digestivo, lugar donde lo exterior está ‘dentro de nosotros’, pues nuestro cuerpo está arraigado en la naturaleza, en continuo intercambio con ella. Nuestro cuerpo no es algo ajeno al medio que nos sostiene y alimenta, es la naturaleza misma en la plenitud que llamamos humana.

Comprender la realidad de nuestro organismo como un proceso dinámico inseparable del Todo al que pertenece, conocer al ‘sujeto cognoscente’ que somos, inseparable de nuestro ‘cuerpo fluido’, es comprendernos a nosotros mismos, absoluta y totalmente bañados en la Inmensidad, en una Realidad evolutiva y natural, engendradora de sus transformaciones. Nuestro cuerpo, expandido en la red interminable de los cambios, es inseparable de la corriente inconmensurable de la Vida, a ella pertenece, en ella se desenvuelve, en ella es engendrado y en ella se disuelve. Es una unidad fluida donde no hay discontinuidad entre el cuerpo y la dimensión mayor a la que pertenece. Su condición es ser parte fluida de esta red del cambio, donde todo es transitorio y mudable.

Nuestro organismo es tan dependiente del ‘macro cuerpo del ecosistema’, como cualquiera de nuestras células lo es del organismo que somos, la colectividad celular que las engendra, alimenta y recicla al final de su existencia.

Al ‘cuerpo fluido’ lo podríamos también llamar ‘cuerpo extenso’, dado que es mucho más extenso que el ‘cuerpo aparente’. El ‘cuerpo fluido’ es la vida misma del cuerpo, es decir, su movimiento; es la sinfonía que abraza a todas sus notas, mucho más que cualquier acorde particular. Y esa sinfonía, como toda música, es movimiento.

Si nuestro cuerpo es un río cambiante, en continua evolución, ¿cuál es su comienzo real? ¿será el momento en que el afluente Madre se encontró con el afluente Padre? ¿o el comienzo real de nuestro cuerpo se remonta al origen mismo de la Vida?

Difícilmente podemos entendernos sin aceptar que somos un continuum inseparable de un larguísimo proceso evolutivo. Nuestra realidad corporal no solo está conectada con todo lo que nos rodea, sino conectada también con todo lo que nos antecede y, de alguna manera, con todo lo que vendrá después; pues es evidente que la Realidad y el mundo no acaban en el sueño de un ego personal, y mucho menos en la ilusión de un saco de piel impermeable.

CUERPO FLUIDO, HUMANIDAD Y NATURALEZA

Es imposible determinar los límites del ‘cuerpo fluido’. Habría que aplicarle, con un juego de analogías, la ‘indeterminación’ de la física cuántica, (según el principio de incertidumbre de Heisenberg no se puede determinar con precisión simultánea la posición y el momento lineal asociado al movimiento de una partícula), y así decir que, en el caso del ‘cuerpo fluido’, si lo anclamos al presente y lo inmovilizamos en el micro instante en que digo ‘este es mi cuerpo’ (el instante del ‘cuerpo aparente’) ya no puedo determinar el movimiento que le conecta con su origen; y que, si determino y fijo ese origen, pierdo la ‘precisión ilusoria del cuerpo aparente’, como si el cuerpo se diluyera en esa realidad trans-presente.

El ‘cuerpo fluido’ es un flujo continuo, un cuerpo-río donde ‘lo de antes’ no está separado con ‘lo de después’; es un cuerpo que no se agota en sus fronteras aparentes y que se prolonga, a través del Campo Cognitivo con el que está inseparablemente unido. El ‘cuerpo fluido’ existe en medio de una realidad que es tan fluida como él mismo, en continuidad ininterrumpida con el cuerpo colectivo que llamamos ‘Humanidad’.

En cierto sentido somos el cuerpo de la Humanidad. Se creía, hasta hace poco, que solo las llamadas ‘células totipotenciales’, las células madre, tenían la capacidad de convertirse en piel, músculo, en célula visceral o en un completo organismo. Hoy se ha visto que una modesta célula de piel también puede convertirse en célula totipotente, esa que incluye en sí misma al pleno potencial del cuerpo humano; un mendigo se puede convertir en rey si recibe los estímulos necesarios en el entorno adecuado: enseñanza. Así también, cada uno de nosotros llevamos a la humanidad completa en la nuestra, una humanidad fluida, en permanente evolución, una realidad mucho más profunda que sus formas exteriores, culturales, políticas o raciales.

Nuestro ‘cuerpo fluido’ pertenece a la naturaleza, al mundo real. Nuestro ‘cuerpo aparente’, en cambio, pertenece al juego de luces y sombras con que construimos modelos, el material ilusorio de la ‘imagen’ y el ‘relato personal’, eso que define a nuestro ego como un ente y a nuestro cuerpo como un objeto.

Hace falta que nuestras consciencias den un salto: desde el estado de consciencia ligada al ‘cuerpo aparente’, al estado de consciencia correspondiente al ‘cuerpo fluido’; allí dónde nuestra esencia es una y la misma, de comienzo a fin. Pues esa consciencia simultánea’, fundida en el ‘cuerpo fluido’, se encuentra allí en casa y en paz; allí es una con la esencia común que sostiene al enorme cuerpo colectivo que llamamos Humanidad.

A buena parte de nosotros ese estado nos parece una ilusión imposible, tan inalcanzable como la iluminación, el estado del cual hablaban los antiguos místicos.  Sin embargo, el viejo Buda lo describía como el estado natural de todos los seres, y así afirmaba que todos estamos naturalmente iluminados, solo que no nos damos cuenta. Otro místico, Jesús, hablaba de un reino al que todos estamos invitados de pleno derecho, pero al que muy pocos pueden ingresar. Vivimos en un estado de semiconsciencia, ignorando la continuidad cambiante de nuestro ‘cuerpo fluido’, atrapados en la ilusión cognitiva del ‘cuerpo aparente’, sometidos a los vaivenes e inercias que condicionan nuestra cognición corporal, identificados con el esquema corporal que nos caracteriza, distraídos en las divertidas o preocupantes sensaciones del mundo exterior, cuestiones mucho más absorbentes que la difícil cuestión de qué somos en realidad,o de si hay algo más allá de nuestra piel o de nuestro límite cognitivo.

UNA CRUZ DIFERENTE

Si bien hoy día la física nos enseña que el ‘espacio’ y el ‘tiempo’ son inseparables de la ‘masa’ y la ‘energía’, que la materia es inseparable del espacio y que el espacio mismo no tiene sentido sin materia, que tampoco existe el tiempo allí donde no hay movimiento, (tal como ocurriría en la extrema concentración de masa de un agujero negro), durante miles de años imaginábamos al ‘espacio y al tiempo’ como dimensiones de la realidad que existían per se. Y esto fue así hasta que Kant definió al espacio y al tiempo, no como aspectos de la realidad exterior, sino como ‘formas a priori de la sensibilidad’, es decir como ‘moldes neuronales’ a través de los cuales organizamos nuestras percepciones y modelos de la realidad; es decir, un ‘invento’, una proyección de nuestros cerebros.

Sin embargo, más allá de los modelos de la física moderna o de la tesis de Kant, todos usamos el reloj, medimos nuestra vida en años e imaginarnos el universo como un espacio en el que ocurren muchas cosas, entre ellas nuestra existencia.

Para ilustrar la realidad del ‘cuerpo fluido’ voy a situarlo didácticamente en el encuentro de dos ejes imaginarios, en el punto central de una cruz de espacio y tiempo:

Un eje horizontal, se expande en todas las direcciones del espacio: pues el cuerpo, como hemos dicho, está espacialmente conectado con todos los aspectos del medio ambiente al que pertenece. Nuestro cuerpo es ‘uno con la red espacial y gravitatoria de los cuerpos’, absolutamente inseparable de ella. Si intentas dejar de respirar se comprende esto fácilmente: la biología de nuestro cuerpo es inseparable de los procesos físicos, químicos y biológicos de la ecosfera que generó, a través de una larga evolución, una atmosfera rica en oxígeno y vida. Nuestro cuerpo, el espacio corporal fluido, es la trama vibrante de millones y millones de células y procesos metabólicos, sumergidas todas, a su vez, en esa red de relaciones cambiantes que llamamos ‘mundo’,  ‘naturaleza’, ‘universo’, de la que es inseparable, de la que depende, y a la que, en alguna escala, afecta.

Y a través del eje vertical, el cuerpo está profundamente arraigado en la secuencia de cambios y evolución que llamamos tiempo, y esa secuencia se remonta al mismísimo ‘origen sin origen de todo lo que es’, pues ese es el origen de lo que somos. En este doble eje podemos imaginar nuestro ‘cuerpo fluido’ como un árbol/río de energía, con nuestros pies/raíces asentados en nuestro más lejano pasado, aspectos olvidados e inconscientes que nuestro presente incluye. Y al otro extremo de los pies/raíces están esas ramas más altas, buscando la luz, nuestra cabeza en la cima, prolongándose hacia arriba en una proyección temporal que busca sentido, más camino y más evolución, es decir: vida que busca más VIDA. Pues este es el instinto fundamental que mueve a la vida: el instinto de Vida. Este es el eje de la evolución.

EL CUERPO MÍSTICO QUE LLAMAMOS ALMA/ESPÍRITU

Desde la antigüedad en muchas tradiciones místicas y religiosas se ha descrito al alma como un cuerpo sutil, una réplica etérea del ‘cuerpo aparente’; con su forma delimitada pero no material, un cuerpo perteneciente a una extraña dimensión divina, el cielo, o demoníaca, el infierno. Para muchas personas esta es su fe irreductible, para otros no pasa de ser un cuerpo imaginario proyectado a un espacio imaginario.

La intuición, (una forma de conocimiento), de que en nosotros hay algo más que el ‘cuerpo aparente’, está bastante extendida; convertida en fe religiosa o creencia privada, es profesada por más de media humanidad. Frente a este hecho he de plantearme dos posibilidades: o la creencia es cierta y esa media humanidad ha visto una verdad fundamental, o bien, eso es solo una ilusión devenida en creencia, ilusión producto de las peculiaridades neurocognitivas de nuestro organismo, mal interpretadas por los sujetos que la han experimentado.

¿Qué tipo de conexión existe entre ese cuerpo etéreo y sutil (el alma de los antiguos) con lo que he llamado ‘cuerpo aparente’? El ‘cuerpo aparente’ es lo que habitualmente llamamos ‘cuerpo material’, eso que se puede tocar y mover, la contraparte física y sensible de ese cuerpo puramente espiritual o alma.

Y con el ‘cuerpo fluido’ ¿qué paralelismos y diferencias hay entre éste y la ‘entidad’ que los antiguos imaginaron? El ‘cuerpo fluido’ es difícilmente perceptible, e igualmente ocurre con el alma espiritual; ambos ‘cuerpos’ eluden la percepción sensorial directa.

El ‘cuerpo fluido’ es trans-temporal, trasciende al mero instante presente. El alma también, el espacio en el cual se desenvuelve ha escapado a nuestra noción de tiempo material.

El ‘cuerpo fluido’ se remonta al origen de todo lo existente (en último término al ‘Origen sin origen); también el alma, soplo o infusión divina, se remonta a su origen en la Deidad creadora.

El alma es eterna, indestructible; el ‘cuerpo fluido’ es co-extenso con el cuerpo de la realidad, no termina con la muerte pues su disolución en la realidad prolonga su existencia en la de aquella.

Tantos paralelismos nos permitirían plantear: ¿Acaso fue nuestra intuición natural de esa realidad que es el ‘cuerpo fluido’ la que hizo surgir en nuestros campos cognitivos las imágenes de un alma o cuerpo espiritual? ¿Fueron esas imágenes intuitivas y las ideas subsecuentes las que derivaron en la creencia de un cuerpo espiritual que escapa a la tiranía irreductible de lo material?

Sin embargo, la noción de alma y el concepto que estoy describiendo de ‘cuerpo fluido’ tienen diferencias importantes:

-El ‘cuerpo fluido’ es natural, no algo sobrenatural; es parte de una realidad material, que solamente sería espiritual en la medida en que la naturaleza misma es una realidad con una dimensión espiritual, cognitiva y consciente.

-La idea del alma es ‘dualista’, es una idea que opone a materia y espíritu, que posterga la liberación del cuerpo espiritual para después de la muerte, que fantasea con una realización desencarnada, una plenitud ajena a la naturaleza; en resumen, una dimensión muy diferente a la natural.

-El ‘cuerpo fluido’, en cambio, es nuestro cuerpo natural, energético y material en su plenitud, es lo que es; es la naturaleza misma como proceso, dinamismo creador y evolución. No es una existencia virtual, sino que está profundamente engranado en la Realidad. El ‘cuerpo fluido’ es capaz de operar sobre la Realidad, apoyándose en la palanca del ‘cuerpo aparente’ en el instante presente.

Esta es una hipótesis que invita a la plenitud, a la realización espiritual-material en esta vida. Invita a amar la Vida, a desarrollar la consciencia entendida como una función fundamental de la Realidad. Mantiene que el Origen sin origen, (el Dios de los teístas), y la plenitud material y cognitiva del ser humano son para esta vida, que ese Origen está, y siempre ha estado, presente en todo lo que existe, y por supuesto en nosotros.

-La idea del alma, en cambio, invita a la postergación, a ignorar la posibilidad de plenitud en el presente, a proyectar su realización en el ‘más allá’, y a consentir, por lo mismo, las insatisfacciones de un alma frustrada con la realidad; o bien provoca la búsqueda de consuelos y mecanismos de evasión que no dignifican su posible plenitud. Con esa trampa psicológica del dualismo ha ocurrido que, postergando la plena realización a la que por naturaleza está llamado el ser humano, la idea de un alma ajena al cuerpo, ha traído consuelo a más de un desesperado, es cierto, pero en la práctica ha condenado al ser humano a una insatisfacción de por vida. Y seguirá siendo así a no ser que tomemos esa alma como parábola, una metáfora del ‘cuerpo fluido’, Realidad fluida que también está aquí, en el mínimo instante del ‘cuerpo presente’.

VERDAD Y PARÁBOLA

Hace mucho tiempo andaba la Verdad por las calles, en los pueblos, tratando de hablar con la gente. Pero la gente no la quería, la despreciaban solamente por las ropas que llevaba. La Verdad andaba con harapos, sin lujos, sin pretensiones, tan simple, pura y sencilla como suele ser la Verdad. Trataba de acercarse a la gente, de entrar en sus hogares, pero siempre fue despreciada y humillada, pues nadie la quería por su crudo aspecto.
Vagaba un día la Verdad llorando muy triste, cuando se encontró con alguien muy alegre, divertida, vestida con colores llamativos y elegantes; y toda la gente la saludaba. ¡Era la Parábola!
– Verdad, ¿por qué lloras? – preguntó
– La gente me desprecia y me humilla. ¡Nadie me quiere ni me acepta en sus casas!
– Claro, Verdad, te entiendo; lo que pasa es que tienes que vestirte como yo, con colores y elegante. Si lo haces ya verás el cambio – dijo Parábola.
Y Parábola le prestó uno de sus vestidos a Verdad. Desde ese día, como un milagro, la Verdad fue aceptada por la gente y era querida por todos.

(Aunque frecuentemente las parábolas son mal entendidas, o repetidas mecánicamente, como si ellas fueran la verdad; lo que evidentemente no es cierto, son solo sus ropas.)

Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

LA NATURALEZA DEL CUERPO FLUIDO