MIGRACIÓN, un relato

Posted By pfbontempi on Mar 16, 2026


MIGRACIÓN

Cuando la última nave apagó su motor nuclear y desplegó la enorme vela solar, la pequeña Joana Shi Quian se revolvió inquieta. Pronto sería hibernada y dormiría quién sabe hasta cuándo. Pertenecía a la cuarta clase de humanos, marcados para quedarse en tierra; si ella estaba allí era gracias a una lotería. Su madre se alegró por su suerte, morir para que viva la hija es una vieja ley. El noventa y nueve por ciento de la humanidad se quedaba en la Vieja Tierra, esperando el estertor de un planeta agónico. 

—¿Adónde iremos? —preguntó Joana a la tutora asignada por la lotería. 

—A la Nueva Tierra, —le había dicho— es el planeta perfecto, en el cuadrante C.15 del espacio profundo. Te dormirás pronto y cuando despiertes aún tendrás once años. 

Joana Shi Quian se tocó el corazón, allí donde el pecho púber comenzaba a despuntar. Era hija de una reproductora y seguro que en la Nueva Tierra sería una reproductora también. 

—Nunca mires atrás —le había dicho su madre— la vida siempre está delante. 

Una lágrima sutil humedeció sus ojos; se despedía de su madre y de un mundo que moría para siempre. Las pirámides antiguas, las arquitecturas novedosas, las viejas carreteras y los últimos puentes aéreos se perderían para siempre. Millones de vidas se abrazarían con un pasado convertido en nada. El planeta seco pronto desnudaría su alma de piedra: ni agua ni polvo, solo una lápida minúscula flotando en el espacio, sin inscripción ni epitafio. 

—¿Dónde está la Nueva Tierra, mamá? 

—No te preocupes, hija mía. La vida siempre está delante. 

El ordenador que controlaba la nave comenzó a atenuar las luces. Una amable Robie-43, indistinguible de un humano, se acercó para explicarle las etapas de la hibernación. “No te preocupes”, le dijo, “aquí estás segura; despertarás en la Nueva Tierra”. Pero Joana prefirió no saber más.

—Confía, —le había dicho su madre. —Estás en buenas manos; mi esperanza es tu esperanza. Somos el soplo de la vida, recuérdalo, perteneces al linaje de las reproductoras. 

—No conozco a nadie de los que va en el viaje, —dijo Joana con aprensión. 

—Vas segura, —reafirmó su madre— las máquinas nos cuidan, ellas gobiernan y trazan el camino, su destino es servirnos. No te preocupes por nada y déjate llevar. La Nueva Tierra te espera.

Y así se durmió Joana Shi Quian, pensando: “Pertenezco al linaje de las reproductoras. Somos el soplo de la vida. Lo dijo mi madre en la plataforma de embarque. Pronto la Tierra será una piedra sin agua, sin aire y sin arena. Confía en las máquinas, ellas controlan el camino, son justas e impecables. 

Sin embargo, aunque en su mundo el llanto no existía, Joana, niña aún, se sintió perdida entre las estrellas. Intentó controlarlo, pero igual sollozó. 

—Pronto será tu turno de hibernación, —avisó la Robie-43— la Nueva Tierra nos espera.

….

—Toda historia ocurre dentro de otra historia, —propuso el profesor lan Warrior— sin embargo, la mayoría vivimos en un mundo plano. El mundo que percibimos y pensamos, la realidad aparente en que nos movemos, es solo un relato. Cuando hemos olvidado que, como en las matrioskas, el mundo es un relato dentro de otro relato, y aquel dentro de otro aún mayor, nos estamos perdiendo la magia de la realidad. Miren su móvil, pero no ahora por favor, miren la televisión: series y películas mezcladas con el telediario: relato y más relato. ¡Y sin puerta de salida!

—¿Creen ustedes en la magia de la realidad?  —preguntó al grupito de quince alumnos, alguno pensando en coger el móvil, otro mascando chicle y disimulando un bostezo—. Pero en realidad no es magia —respondió, como un eco de sí mismo— son dimensiones dentro de dimensiones. Si no somos conscientes de eso … solo somos personajes planos atrapados en un mundo plano; una ilusión, por lo tanto, que se autoconsidera real. 


—Profesor —preguntó la chica de la segunda fila— ¿por qué nos leyó “Migración”? 

—Es un ejemplo de lo que estoy diciendo, —aclaró Warrior—. Si yo digo “la pelota es blanca” eso es un cuento plano. Es un objeto y punto, no tiene otra dimensión. Podría haber elegido un objeto más complejo, por ejemplo “el planeta tierra y todos los enredos de sus desgraciados y felices habitantes”; naturalmente, habría necesitado muchísimas hojas de papel. Pero, si no aparecen las dimensiones interiores, las que están en vuestra mente, seguirá siendo un objeto plano. 


—Usted dice que es un relato plano, pero a mí me impactó, —dijo la niña de las pecas—. Vi una niña como yo, más pequeña. Y lo perderá todo: su madre, sus amigas; su mundo y el planeta completo van a desaparecer pronto. Está indefensa frente a la nada, aunque se repite una y otra vez que debe tener esperanza. 

—Que te identifiques con el relato no significa que no sea plano, —afirmó Warrior.

—No le entiendo. Yo vi otra cosa, —dijo el chico del chicle—. El emigrante pierde algo, pero aún conserva la vida. Si la “Vieja Tierra” se muere la “Nueva Tierra” es su esperanza; es “la otra vida” de los antiguos creyentes. Con la muerte se pierde todo, salvo la esperanza de despertar en otro lugar. 

—De aquí nadie se lleva nada, se acabó y ya está —dijo el adolescente con la mejilla tatuada en la última fila. 

—Tienen razón: emigración y muerte, —reconoció conciliador el profesor— ustedes interpretan la historia, han cogido su idea, su estructura y la traducen a otra cosa. Me dicen que el cuento describe el destino humano frente a la inmensidad de la muerte. Que la muerte es el gran destierro, el desarraigo final. Fíjense: son ustedes quienes han construido en sus mentes una segunda historia. Toda interpretación es una traducción de algo a otra cosa.


—Yo no entiendo por qué es ejemplo de “mal cuento”, —dijo el adolescente gordito que se apoyaba contra la pared, al extremo de la primera fila.


—Es solo una pelota blanca, ¿entiendes? Le falta la multidimensionalidad de las muñecas rusas. Destapemos, quitémosle la tapa a la pelota blanca, ¿qué hay detrás? Nada. Solo la soledad frente a la muerte. No tiene magia y sin ella no hay vida. 


En la última fila, el estudiante del chicle no dijo nada, pero pensó, mientras bostezaba nuevamente, que el profesor Warrior era un mal profesor: ¡Esta clase es una pelota blanca! No entiendo sus chorradas. 

—Quiero una literatura que desnude el misterio, que lo exponga, no que lo resuelva, —insistía Warrior—. La multidimensionalidad nos convierte, de lectores externos, en parte íntima de un cuento no escrito. Y no es por identificación. La identificación es emocional y eso ayuda, pero no basta. Las emociones son contagiosas, el llanto se pega, la risa, el odio y la pasión son como los bostezos del hipopótamo: el personaje llora y ustedes lloran —aclaró mientras apuntaba una mirada inquisitiva al chico de la última fila.  

Y continuó: —El personaje se va a morir, yo me voy a morir también. Pero ambos relatos, “Migración”, mi propia historia y también la vuestra, son solo pelotas blancas. La pelota blanca siempre está allí afuera, es fácil. El mundo plano en que vivimos es un juego de mil pelotas blancas cruzándose en todas direcciones. Que vuestro cuento de hoy no sea solo un juego de palabras. 

—Estamos terminando, —dijo Warrior—. Quédense con esta idea: La mala literatura es algo “ante lo que estoy”. La buena literatura es algo “dentro de lo que estoy”. Por eso es necesario aprender a escribir y leer con el corazón. El corazón está dentro. Los ojos están fuera: son mirones, ladrones de lo que hay fuera. El corazón siempre está adentro.

Les toca escribir. El ejercicio final de hoy consistirá en convertir la pelota blanca de “Migración” en una creación con corazón. —Y terminó la clase afirmando: —Colorín colorado, el cuento de hoy está “casi” terminado.


Veinte minutos después, catorce de los quince alumnos entregaron su versión de “Migración”. El quinceavo, mascando chicle, entregó su hoja en blanco.

 
La niña de las pecas escribió: “En la Nueva Tierra no había clases de literatura y nadie hablaba de la multidimensionalidad. Los niños eran felices y jugaban con pelotas blancas a las que pateaban en la plaza convertida en griterío. Después de la comida en el comedor comunitario, bajo los grandes árboles, las madres, mal llamadas “reproductoras del Nuevo Mundo”, se sentaban a tejer, bordar y contar historias. En las veinte casas que rodeaban la plaza la televisión no existía. Tampoco había móviles: un pelotazo de la pelota blanca había roto el último hacía muchos años. En la plaza del Nuevo Mundo la cultura se llamaba “Pantalla Rota”. 

P. Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

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