MIGRACIÓN Cuando la última nave apagó su motor nuclear y desplegó la enorme vela solar, la pequeña Joana Shi Quian se revolvió inquieta. Pronto sería hibernada y dormiría quién sabe hasta cuándo. Pertenecía a la cuarta clase de humanos, marcados para quedarse en tierra; si ella estaba allí era gracias a una lotería. Su madre se alegró por su suerte, morir para que viva la hija es una vieja ley. El noventa y nueve por ciento de la...
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