UNO DE ENERO, EN EL UMBRAL

Posted By pfbontempi on Ene 8, 2022 | 0 comments


ENTRE LA REALIDAD Y EL RELATO

Hoy es primero de enero. Debería escribir mi carta a los reyes magos. Ha sido la fiesta de las intenciones generosas, de los buenos propósitos, cuando el rio del año se desborda y cambia el calendario. He recibido y reenviado imágenes, textos, frases célebres, pequeños videos que circulan por los circuitos interminables de la biblioteca de Babel, viniendo desde no sé dónde, pero seguro con la esperanza de alguien, con mi esperanza, con la esperanza de mis seres queridos. Tantas imágenes, miles de palabras, miles de voces, emociones y deseos; casi parece posible, por un día, que el mundo sea bondadoso, o menos cruel, o un poco más humano. Hay tanta gente a la que amo. Me siento amado por tantos seres con quienes comparto este prodigio/normal de existir, muchos hombres y mujeres, viejos y jóvenes, niños y niñas. El mundo es ciertamente hermoso y ahora parecemos apreciarlo mejor. Hay tanta humana nobleza en estas fechas, tanto amor y generosidad en nuestros corazones. Hoy es primero de enero, hace unas horas eran los fuegos artificiales que estallaban a lo largo del planeta mientras este giraba sobre sí mismo en el espacio. La media noche se desplazaba sobre esa línea móvil de guirnaldas y palmeras multicolores que anunciaban algo, no de la tierra, que giraba impávida, sino del mundo humano conmovido por el paso del tiempo.

Sin embargo, hay algo que no se apaga en nuestros corazones, algo que sigue y que no es tiempo. La medianoche de hace unas horas ya es historia. ‘Amanece, que no es poco’, creo haber leído esa frase, era el título de una novela o algo así: historias.

Los seres humanos somos contadores de historias. Nuestras vidas reales las tejemos con el hilo de los cuentos que contamos y nos contaron. Es un amanecer donde todo está muy quieto. Los gallos cantaron por la mañana y el sol comenzó a alumbrar el campo para que el verde se hiciera intenso y brillaran como joyas las gotas del rocío. Sin embargo se ha cubierto rápido y el día se ha vuelto más bien gris y nublado. Decimos que algo es gris porque no destaca, es igual a todo y se ha perdido en medio de la multitud gris. Así amaneció este primero de enero, con esperanza de luz para rápidamente convertirse en el gris del ‘todo sigue igual’. Si no me dijese alguien que hoy es primero de enero no me lo creería. ¿Por qué hoy es primero de enero? ¿Por qué no es diez de enero o quince de noviembre? ¿Porque no es treinta de febrero?

Está todo tan quieto en esta mañana del primero de enero. Parece que el tiempo no existiera. Nada se mueve. La televisión no está encendida, la radio tampoco. No hay periódicos y el ordenador está apagado. Pero mi corazón está vivo. Lo siento galopando en mi pecho. Y el fuelle de la respiración sube y baja pausado y tranquilo. Parece que nada hubiera cambiado de ayer a hoy. Parece que el tiempo fuera una ilusión. Me lo han dicho, lo he pensado y a otros se los dije así. Y sin embargo ha pasado el tiempo y a cada vuelta de hoja todo ha sido un poco diferente.

Entre el niño que fui y el viejo que soy, hay más que una vida completa: hay muchísimas vidas. Cada ser que he amado es una vida que ha transformado la mía, que la ha roto y llenado de arrugas y grietas, como la tierra recién arada de la que brotan miles de dedos verdes, la naturaleza fértil en renovación continua, diciéndome que cada existencia es más que una vida, que cada uno es lo que ha amado, y que, si amamos miles de vidas, variadas y diferentes, así de extensos nos hacemos. Porque todo lo que amamos es lo que somos. Somos el paisaje que amamos. Somos cada uno de los seres a los que hemos podido sentir, reconocer y amar.

Frederick Perls, uno de los padres de la Gestalt, decía que los terapeutas somos barrenderos, recogemos basura, despejamos las calles y las vidas; y también que somos prostitutas, amamos y compartimos un momento de amor, vendemos lo que somos, damos nuestro ser y saber por el dinero con que sobrevivimos. Y son buenas ideas para quitarnos la autoimportancia, que, en este oficio, a veces se infla más de la cuenta. He tenido la fortuna de dedicarme a esto, a experimentar el saber del ser y el sabor del amor, de su crudeza y dolor, a cambio del dinero que me permitió construir una casa y educar a mis hijos. La riqueza de mi vida no está en el dinero que cobré sino en la humanidad de aquellos con quienes compartí la mía.

La vida se termina con el año. Y con el año nuevo parece que comenzara una vida nueva. Pero en realidad es la misma, variopinta, múltiple, inabarcable interminable: y sin embargo una. La vida es una y la misma en todo y en todos.

¿Por qué sé que hoy es primero de enero si su luz y sabor son los mismos de ayer?

Hoy es primero de enero, porque ayer mis amigos y amigas estaban poseídos por el frenesí del 31 de diciembre, porque en la televisión cantaban las uvas y había petardos y fuegos artificiales. Y eso, recuerdo, fue apenas hace unas horas, ayer, justo antes de este amanecer silencioso, un poco gris y sin mayor historia. Habrá que comer churros, las costumbres mandan. Somos seres de costumbres. Nuestro relato del tiempo se organiza sobre la tela de las costumbres. En medio de hábitos y movimientos, a veces tan automáticos, ni siquiera nos damos cuenta que vivimos, no una historia, sino nuestra única vida real. Pues, aunque lo confundamos, sigue siendo radicalmente diferente el relato de los días al evento mismo y directo de existir.

Vivir ‘en el tiempo’ es vivir ‘dentro de una historia’, y las historias en la mente del viejo se van disolviendo, hasta ya no saber qué día es hoy. -Doña Eutimia, buenos días, dice el buen médico levantando mucho la voz porque sabe que doña Eutimia está bastante sorda, -¿sabe qué día es hoy? Pero ella ya no vive en el tiempo del calendario y dirá por decir cualquier día de la semana. Es una pregunta trivial para apreciar el deterioro cerebral, porque los viejos van perdiendo la memoria y la noción del tiempo. Los relatos se han ido extraviando, mezclados, confundidos y disueltos entre sus células gastadas. En los viejos se pierde lo inmediato, como una charca que se va secando, dejando cada vez más a la vista el erial del fondo, quizás la lejana infancia, y más allá de ella, la pura sensación de ser.

Pero el relato y el tiempo no solo lo pierden los viejos, cuando vamos a coger una borrachera, o nos ponemos a meditar, comenzamos bastante conscientes del calendario, del relato de que ‘yo estoy aquí’, bebiendo una copa de más, o sentándome a meditar en un loto casi perfecto. Y luego ‘perdemos el hilo’, ¿qué te estaba diciendo? El hilo es la clave del relato, cuando se pierde ¿qué nos queda? ¿la realidad sin relato?, pero, ¿qué es ESO, la Realidad?

Somos seres culturales, es decir, vivimos con nuestro relato particular dentro del relato colectivo que llamamos cultura: el tiempo y las costumbres donde están dibujados nuestros días. Pero difícilmente nos damos cuenta de hasta qué punto somos seres culturales, hasta qué punto estamos impregnados por algo que no es exactamente la realidad sino nuestra versión de ella, nuestra versión del tiempo, del calendario que nos haya tocado. ‘Qué bueno eres’. ‘Qué mal te has portado’. Todo lo que escuchamos de niños nos modeló y convirtió en protagonistas de una historia, la historia de lo que somos. Y de repente el relato se está disolviendo, como los ecos de la fiesta y la borrachera de la noche vieja, como los dolores de la postura a la que compulsivamente se aferran el meditador y su esperanza, como la desmemoria del anciano. Se va disolviendo el relato. Y ¿qué queda al amanecer del primero de enero, cuando todas las voces, los brindis, el baile y las buenas intenciones, las esperanzas y deseos de salud, prosperidad y felicidad se han disuelto? ¿Qué queda de la fiesta que prometía romper el tiempo? ¿Qué queda cuando el relato se acaba? El relato, apoyado en la memoria y la consciencia del tiempo, buscaba atrapar y retener su fugacidad. La realidad implacable, aunque siempre fértil y generosa, ha roto todos los relatos y los seguirá rompiendo, como las raíces de esos árboles enormes, infiltradas entre las piedras de los templos del pasado, desmontando pacientemente sus historias.

Las nubes grises del amanecer se han abierto dejando claros de un azul limpísimo. ¡Qué rápido cambia todo! Los juegos de luces y sombras sobre el jardín se han vuelto rutilantes. La realidad es un diamante cuyo precio nadie puede alcanzar, con miles de facetas deslumbrantes, como los ojos de dios, como la mirada de un niño, como la luz sobre el rocío del jardín. Pronto se habrán evaporado los últimos vestigios de la noche. Hoy es primero de enero. Dicen que ‘el tiempo es una ilusión’, pero también dicen que ‘el tiempo no pasa en vano’. Y las dos cosas son ciertas. El tiempo, en su dimensión de relato cultural, es la ilusión a la que todos nos aferramos para marcar el paso de los días y las transacciones de nuestros negocios. Si no escribiéramos cuentos y cuentas, ¿qué sería de la humanidad?

Sin embargo, hay una dimensión que se escapa por las rendijas del relato. Y de repente el borracho comienza a cantar, con una voz y con una inspiración que sus amigos no pueden sino aplaudir, porque está inspirado y está contento, porque es la fiesta de la vida, del corazón que late, de las vísceras agradecidas de seguir existiendo. Y el meditador, de repente se encuentra en una dimensión donde ya no hay hilo que seguir, donde ya no hay verdades solemnes, ni las estruendosas mentiras del mundo, donde solo hay el silencio y la belleza sobria del amanecer, dimensión donde cien brazos se abren sobre la extensión infinita, donde un solo campo lo está abrazando todo. Un instante sin fronteras.

Uno de enero, en el umbral.

Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta