TRÍPTICO DE NAVIDAD, un cuento

Posted By pfbontempi on Dic 21, 2021 | 0 comments


Este ‘Tríptico de Navidad’ es explícitamente un cuento, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Los ‘hechos’ generan historias, nunca definitivas, historias que se multiplican, como los bulos, en innumerables versiones. Pero la realidad habita en una dimensión distinta a la del relato. Este es un cuento para reflexionar, una ficción, y de ninguna manera pretende describir una realidad absoluta, y mucho menos sustituir a la historia sagrada; simplemente un cuento para no ofender la fe de nadie, solo mostrar un ángulo más en el poliedro portentoso que llamamos humanidad. Ojalá nos ayudara a encontrar lo divino en lo natural, lo esencial en lo contingente, a comprender mejor este doble manantial de dolor y amor, que una y otra vez está brotando, desde el centro de todo corazón.

La navidad astronómica se articuló con los avatares de una familia poco típica que terminó, paradójicamente, convertida en modelo familiar. Entre sus múltiples variedades es posible que la familia ‘normal’ no exista, que quizá todas tengan un punto de disfuncionalidad, de función frágil y precaria, la de un algo, el amor, que continuamente va ajustándose por el camino, adaptándose a las circunstancias, que a veces tiembla y decae, para levantarse y fortalecerse una vez más.

TRÍPTICO DE NAVIDAD

Podemos entrever que la historia original no fue nada fácil, se tejió con los hilos de las tradiciones locales, las contradicciones e interpretaciones religiosas, los conflictos sociales y políticos, las ansias de paz y libertad, redención, superación y perdón, junto a la profunda necesidad de una esperanza trascendente, esperanza en que la Vida continúa y tiene sentido más allá de los dramas familiares y personales.

LA MADRE. En aquella época y sociedad los padres de la niña pactaban la boda con un buen candidato. Y así hicieron los padres de una hermosa niña llamada María, la prima de Isabel. Un poco antes de proceder a la boda, la niña ahora adolescente, se quedó embarazada de un padre desconocido, con inevitables y dramáticas consecuencias. Sus padres se sintieron culpables y fueron a disculparse con el novio, quien, defendiendo su honor, dio por roto el compromiso. La ruptura duró algunos días, mientras la familia de María se encerraba en un digno y soterrado dolor. En una sociedad patriarcal y castigadora, un horizonte de repudios y condenas parecía inminente. Las mujeres lapidadas abundaban. Pero el novio era de buen corazón y se arrepintió de haberla rechazado, decidió cobijar a la joven embarazada, completar la boda y darle un lugar social junto a él. Las cosas no parecían fáciles, anunciaban un destino siempre cuesta arriba, un camino que solo un amor muy grande y una tolerancia a toda prueba podrían andar. El embarazo prosiguió y la pareja partió en viaje de fin de año, época del solsticio de invierno, a cumplir con sus obligaciones cívicas. Y en ese viaje ocurrió el parto, en las afueras del pueblo, en una cuadra de animales junto a una casa rural. Sin embargo, mucho sufrimiento le faltaba a esa inocente María, pues aún tendría que ser testigo de la cruel tragedia que aguardaba a su hijo.

EL NIÑO. Nació inocente del destino de su madre, e inocente también del padre que le había dado el nombre. Inocente como la inocencia de quien no ha hecho nada para que las cosas sean como son. Inocente como la entrega a un guion cuyos hilos parecían dibujados desde el comienzo de los tiempos. El niño lloró cuando tuvo hambre y amó dulcemente cuando se sintió amado. Cuando llegó la pubertad, dejó de obedecer a su madre e invocó una ley más alta que las costumbres y supersticiones locales: la ley del Cielo, la ley Universal, la ley de la Vida, del Principio de todo lo existente, del Padre supremo y Origen sin origen. Más de algún mal rato pasaron sus padres saliendo a buscarle a horas no adecuadas. El niño tenía mucho carácter y parecía saber exactamente lo que quería. No tuvo una vida larga, no creía demasiado en las costumbres que confinaban en clases y guetos costumbristas a las gentes de su tiempo. Era lúcido y su rapidez provocaba admiración, pero también era atrevido y capaz de cuestionarlo todo. Era inteligente y comprendió que la violencia estaba condenada al fracaso, que siempre habría una violencia mayor. Y así eligió lanzarse a una revolución cultural pacífica, irse con los rebeldes, los marginados, los inadaptados, los que sufren hambre y sed de justicia. Cruzó a la otra orilla de su tiempo, al nuevo mundo, un mundo donde la verdad hace gentes libres, donde la ley es para servir al hombre y no al revés, donde la hipocresía es desenmascarada, donde todos los seres humanos son hermanos e iguales ante un creador que no juzga, que a todos perdona, pues casi nadie sabe lo que hace. El final ya lo conocemos. El sistema, del signo que sea, no tolera disidencias.

EL PADRE. Cuando murió su hijo adoptivo el viejo José ya había muerto. Durante años estuvo apoyando a su mujer y al hijo especial; intentó enseñar un oficio al joven rebelde, su aprendiz era hábil e inteligente, aprendía fácilmente, pero estaba claro que no pensaba seguir con el negocio familiar, se había obsesionado con la corrupción y la injusticia que veía en su entorno y buscaba en su Dios, con ahínco indomable, la fuerza para no rendirse. El padre le recomendó prudencia, no enfrentarse a los terribles y fácticos poderes, esos que, evidentes o disimulados, todos conocemos, a los que difícilmente se consigue conmover, y mucho menos derrocar. Lo bendijo, con esa mezcla de aceptación e impotencia de quien, sospechando su pequeñez, ha comprendido que nada puede hacer sino entregarse a una voluntad superior, la misma que gobierna los astros y el destino de las hormigas. En medio de los azares y sinsabores que la vida siempre trae, en un pueblo donde la religión y la fe en el dios de los ancestros determina el sentido de la existencia, no había otra esperanza para José. La tarea que el hombre había asumido era mitigar el sufrimiento de María y tranquilizarla respecto de su hijo, pues, si bien muchos lo admiraban, en no pocos despertaba grandes recelos. Sus hijos pequeños crecieron para continuar con el taller paterno, pero el mayor, el hijo especial de María, nada pudo hacer sino seguir con su destino, testigo de su tiempo, voz incomprendida y traicionada en un desierto de ciegos y sordos, esos que tienen ojos para ver y no ven, oídos para oír y no escuchan. Difícil horizonte, y sin embargo el único posible para alguien que ha tomado el camino del amor, la verdad y la consciencia. Perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen, fueron sus últimas palabras, y repetía las del viejo José, quien siempre había perdonado.

Y así resume este tríptico una historia de amor, perdón y generosidad: con la madre entregada a la fuerza del destino, el hijo dando la vida por un mundo más justo y verdadero, y el padre sosteniendo su familia con amor, entereza y compasión.

Navidad 2021

Francisco Bontempi

TRÍPTICO DE NAVIDAD