ME DUELE

Posted By pfbontempi on Nov 20, 2022 | 0 comments


Me duele el siglo XXI, tan apuesto, tan ultramoderno, y tan estúpidamente antiguo, tan imperial, tan hipócrita, tan despiadado y egoísta. Me duele la soledad del ‘usuario terminal’, multiplicado hasta el 30% o más de la población actual, la alienación en el trabajo compulsivo, la ciega absorción de la consciencia en el plasma mediático y pseudo moderno. 

Me duele nuestra tierra vieja, tan hermosa y tan hollada por caballos de fuego, por emperadores borrachos de sí mismos, por secretarios fatuos y por idiotas impotentes ante su barbarie. Me duele la carne de cañón y los daños colaterales. Me duele Ucrania, engañada por su amante vaquero y violada luego por su padrastro impotente. Me duele Rusia, su rica inmensidad codiciada por todos los imperios, envuelta en desprecio.  Me duele la América indígena, saqueada una y otra vez, la América europea, explotadora y explotada, la América mestiza incapaz de reconocerse, la América de esclavos importados y de esclavistas sin más patria que el dinero. Me duele el feudalismo despiadado que gobierna al mundo y sus pistolas. Me duelen los fabricantes de armas que olvidaron su alma a la salida de la iglesia y la recuperaron a la entrada del banco. Me duelen las víctimas y el tormento eternamente insatisfecho de sus victimarios.

Me duele Japón castrado, debatiéndose entre la nostalgia y la impotencia, entre el miedo y las ínfulas pasadas. Me duele China, quemándose a sí misma en la hoguera de las vanidades, persiguiendo un premio que el águila real nunca le concederá. Me duele la India, atrapada en el foso de las clases sociales. Me duele mi pequeño país, condenado a limpiar los interminables agujeros de la pobreza y la corrupción. Me duele Israel, tan diferente e igual, atrincherado en murallas divinas cuando dios ya se marchó por todos los pisos de la torre de Babel. Me duele Palestina, aplastada una y otra vez y sin embargo renuente a morir. Me duele África negra, achatada por su propia oscuridad fecunda. Me duele la fragmentación despiadada del mundo musulmán, sus jirones de ciega brutalidad y su amor dolido.

Me duele nuestra Europa que pudo ser puente entre oriente y occidente y se convirtió en frontón. Me duele el mundo porque es el mundo de mis nietas, porque mis nietas son chinas; porque es el mundo de mis sobrinos, y mis sobrinos son americanos. Porque el mundo realmente es uno, como una es la inteligencia humana que inventa los dispositivos con que escribo, que crea las costumbres con día sagrado en Sábado, Domingo, Lunes o Jueves. Me duele el mundo porque mi mano izquierda es oriental y mi derecha occidental, porque mi corazón ama y cobija a todos los colores, porque mi cuerpo es el sustento de todas las naciones, y mi espíritu la inspiración de todas las religiones. Me duele la existencia porque soy individuo y egoísta y al mismo tiempo comunista que en la marcha del tiempo voy con todos.

Me duelen las mujeres abusadas y los hombres abusadores. Me duelen los niños que nacen cada cinco segundos a este mundo en llamas, las niñas maltratadas, los anestesiados por la telebasura, los que nacieron para sobrevivir sin desarrollo. Me duelen los terroristas atormentados por sus vísceras mortales. Me duelen los guardianes de las fronteras, los sembradores del odio, los medidores de las diferencias. Me duelen los pobres de la tierra, los herederos del desierto, los sobrevivientes de todas las catástrofes. Me duelen los usuarios de redes obsesivas, incapaces de discriminar las manipulaciones del gran hermano, la seriedad fingida del vendedor de noticias y la macabrada del joker. Me duelen los vegetales de invernadero, tan iguales y sosos, y el ganado encarcelado para engorda rápida, y la chatarra que satura el mundo, y el plástico que aplaude la llegada del próximo tsunami.

Me duele el diluvio viejo y el apocalipsis nuevo con sus jinetes demacrados. Me duele el juego de tronos y la corte de los tontos. Me duele mi propia impotencia, mi pequeñez insignificante. Me duele nuestro planeta herido. Me duele el mundo que estamos construyendo entre todos, de murallas desconfiadas, de rivalidades despiadadas, de distancias insalvables, de intransigencias obsesivas, de orgullos innegociables, de mezquindades mayúsculas. Me duele nuestra humanidad enferma y sin calmante para tanto dolor.

Me duele el mundo tuyo y mío, aunque en verdad no sea tuyo ni mío. Pues el mundo es de los hijos de los hijos de nuestros nietos; y ni siquiera de ellos: es la casa común que a todos cobija, el nido común que a todos sostiene. Porque el tronco y la raíz son lo mismo, aunque las ramas miren a la luz del norte y las raíces beban en los ríos sagrados del sur. Porque la luz es la misma y no hay dos aguas sino una. Porque hay solo un alma humana, hable la lengua que hable, adore el dios que adore o no adore a ninguno.

Me duele nuestra humanidad herida, porque adónde quiera que fui me tendió una mano, me ayudó a levantarme y me dio de comer. Me duele el gruñido de las fieras que castigan al amor con los argumentos hipócritas de la doble moral. Me duele el filo de los sables que en el nombre de algún honor parten a la humanidad en trozos. Me duele la ignorancia de los que no saben y me duele mucho la soberbia de los que creen saber. Me duelen las banderas ensangrentadas de la justicia, de la libertad, de la verdad, del único dios; o la del banco central y su cuenta de intereses. Me duelen los negocios rotos, la espalda del trabajador cansado y el dolor de la mujer recién parida al contemplar el mundo.

Me duele la sencillez de las flores, su hermosura alada, porque ellas no reconocen fronteras, porque ellas regalan la misma ternura en todos los jardines. Me duelen los señores imperiales de oriente y occidente, oligarcas que a todo lo que tocan convierten en oro; porque el oro que compran y venden no tiene el aroma de un jardín, ni la luz de las estrellas, ni el horizonte abierto del amor.

Me duele la pila de cadáveres sobre la que el último hombre estira su mano al infinito para pedir perdón: “Perdónanos la ignorancia que nos convirtió en animales asustados y peligrosos, incapaces de reconocer que el peligro no estaba afuera, en los otros, sino en la ceguera de nuestro propio corazón”.

¿A qué ancestro común, a qué raíz primigenia me puedo volver para decir: “perdona nuestros pasos perdidos en la inmensidad del universo, perdona nuestra guerra de hormigas con la sombra gigante de nosotros mismos”? Porque la humanidad no tiene dos corazones, es el mismo siempre. Y hoy me duele a mí.

En este crepúsculo de los dioses, amanecer de monstruos y gemidos, nacientes de las grietas de una tierra herida, me duele nuestra humanidad violada. Porque seguimos crucificando a la humanidad, mientras juramos por dios, por el diablo o por el presupuesto nacional que la estamos salvando.

Porque el amor que me duele es uno, se vista como se vista, se organice como se organice, hable la lengua que hable o récele a uno u otro ancestro.

Porque me duele el corazón del amor, y mi corazón llora en múltiples lenguas, y es el mismo dolor el que bombea la sangre de una y la misma humanidad. Porque el espejo que nos hizo uno se ha roto en mil pedazos, y sus astillas sangran en todos los rincones de un solo mundo. Y me duele.

Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

ME DUELE