LOS CONTRAPUNTOS DEL CUERPO I

Posted By pfbontempi on Ago 9, 2021 | 0 comments


El profesor de física nos mostraba la bola a punto de rodar en la parte alta del tobogán, ‘Todo es energía potencial en ese comienzo, decía, al final de la caída, esa energía se ha agotado transformada en energía cinética’. Cuando nacemos somos lo que somos sin saberlo, al final de la vida, si de verdad hemos vivido, conocemos lo que fuimos y sabemos lo que no hemos sido. Al principio somos la posibilidad inconsciente de un camino, al final somos la pura consciencia del mismo. ¿Podríamos decir, tal como en física, que ‘la vida y la consciencia no se crean ni destruyen, que solo se transforman’?

LOS CONTRAPUNTOS DEL CUERPO

MOVIMIENTO E INMOVILIDAD

Para explorar los contrapuntos del cuerpo necesitamos movernos. Podemos caminar durante esta reflexión, podemos bailar o girar en trance meditativo, como hacen los derviches giróvagos, (una forma de meditación sumamente efectiva), podemos tocar un instrumento musical, en fin, cualquier cosa menos quedarnos quietos. Podríamos incluso quedarnos sentados frente a este texto, experimentando el movimiento de los ojos y el oleaje de la respiración.

La naturaleza del cuerpo es movimiento. Para nuestros cuerpos es imposible la inmovilidad, el cuerpo vivo nunca está quieto, aunque no movamos un dedo. La vida que bulle en la sangre, en el ritmo respiratorio, en la intensidad del intercambio metabólico, es puro movimiento. Las ondas cerebrales son la muestra de un movimiento continuo en la red neuronal. Cuando las ondas se aplanan, cuando el movimiento se detiene, la vida simplemente se apaga y aparece el fenómeno de la muerte.

El movimiento es siempre relativo a algo. Me muevo porque me estoy alejando de casa; el avión se mueve en el cielo y está atravesando las nubes; un coche se acerca en sentido contrario por la autopista; cruzo una pierna sobre la otra; sacudo los brazos; camino entre los objetos de casa. El mundo es una red de cuerpos en movimiento entrecruzado. Intenta por un momento imaginar una realidad donde hubiera una sola cosa, compacta y homogénea, nada sino eso, y entonces no habría movimiento.

En el Uno Absoluto, si eso existiera, no habría movimiento alguno; quizás por esto los filósofos/teólogos antiguos llamaron a Dios ‘motor inmóvil’. Pero, ¿puede la inmovilidad generar movimiento? Si el movimiento implica a algo moviéndose en relación a otra cosa, para que el movimiento nazca han de haber por lo menos ‘dos’. En muchas culturas, los mitos del origen describen al uno original partiéndose en dos, o creando a algo que se diferencia del resto.

En su análisis de la PRIMITIVA MITOLOGÍA china, escribe Joseph Campbell en ‘Las Máscaras de Dios’: «Es evidente esta concepción de uno más allá de los nombres (y de las apariencias separadas de las cosas), uno que, al convertirse en dos, produjo los diez mil seres». Los mitos pre bíblicos y bíblicos también establecen una unidad original devenida en dualidad: ‘Cuando Dios, el Uno absoluto creó al Otro, fue entonces el Ángel de Luz, Lucifer, su oponente rebelde’, y a partir de allí la realidad fue dual; esta ruptura mitológica entre el Principio Original y el Ángel Rebelde se reproduce luego con la desobediencia humana y la pérdida de la unidad paradisíaca, Creador y Creación entran en conflicto y en más de un episodio se enfrentan crudamente, castigando el creador a su creación, con el diluvio, por ejemplo, o sus criaturas defenestrando de sí mismos al mismísimo creador y destruyendo sus símbolos.

EL GRAN MITO MODERNO es la teoría del Big Bang, una idea científica diseminada como fábula popular. Aquí el origen es una especie de cero absoluto que lo incluye todo, un algo indescriptible, más allá del horizonte de sucesos, inalcanzable para la ciencia y la consciencia; no anterior a la gran explosión creadora, pues allí no había tiempo, ni antes ni después; tampoco espacio, ni vacío ni lleno, pues si eso estuviera lleno lo estaría de un algo indescriptible; ¿y si nada fuera eso sino el puro vacío? ¡una nada muy rica sería! pues siendo todo lo que es, de un modo incomprensible implicaría al devenir de lo múltiple. ¡Big-Bang!: cuando ‘eso’, que ‘siendo virtualmente nada es ya la plenitud de todo’, la posibilidad original de lo que vendrá, estalla a una velocidad pasmosa. Explosión donde ‘eso’ que era ‘uno y todo’ se fragmenta en una multitud de partes y partículas lanzadas a un movimiento y expansión continuas, millones de partes y partículas en frenético movimiento: el larguísimo baile de las relaciones, las espirales y bucles abundantes de la Realidad.

Ambos mitos, antiguo y moderno, nos dejan finalmente ante el misterio original, origen sin origen que es todo lo que es, unidad sin forma que las incluye a todas, espacio no-espacio y tiempo no-tiempo, pero absolutamente incluyente, pues toda existencia posible ya existe, al menos como posibilidad, en ese punto no-punto inicial; inmovilidad tan compactada que se acerca, sin nunca alcanzarla, a la inexistencia, al cero más absoluto.

A partir de la inflexión original, con creación o estallido según quien lo relate, la inmovilidad del Todo-Uno, carente de otro en relación al que moverse, coexiste con el movimiento que ha estallado en su seno. Incontables movimientos de incontables cuerpos, desde partículas frenéticas e inimaginablemente pequeñas, hasta la enormidad más grande, moviéndose en las incontables escalas de la realidad, movimientos que, si se sumaran en la integración de todas las relaciones posibles, por más contradictorias que parecieran, seguirían dando siempre el mismo entero: la pura inmovilidad y constancia del Uno-Original.

La ecuación de los numerosos movimientos dará siempre el mismo resultado, pues el movimiento no ocurre fuera, ya que no hay nada fuera de eso que es todo lo que es, el movimiento estará en sus intestinos, (intestino etimológicamente se refiere al interior de algo), en el desplazamiento de cuerpos que cambian sus relaciones con los otros, mientras que la Totalidad conserva esa especie de inmovilidad que es su equilibrio e inclusiva armonía. La Totalidad seguirá siendo Una en sí misma, un Uno que no se mueve y que sin embargo bulle en movimiento interno. Así podemos decir que: la Unidad Absoluta no es auto contradictoria, aunque incluye todas las contradicciones posibles, frase con saboral antiquísimo Tao-Te-Ching.

Por el cuerpo experimentamos el movimiento, y siguiendo la pista del movimiento nos acercamos a la hipotética inmovilidad original y final. El humilde cuerpo nos da para plantearnos alfa y omega, aunque también nos vale, por supuesto, para una buena siesta.

RELACIÓN Y CAMBIO

El movimiento es CAMBIO, el cuerpo mismo está en un proceso de cambio continuo. Por más quietos que pretendamos estar, el cuerpo es un complejísimo y cambiante universo, la sangre no deja de circular, el intercambio de O2 y CO2 a nivel celular es permanente, hay una tensión y trabajo muscular necesarios para mantener una temperatura que sube y baja imperceptiblemente en torno al equilibrio homeostático, las redes neuroeléctricas no cesan en sus flujos energéticos, el cerebro no descansa, incluso cuando dormimos consume energía, los procesos digestivos son movimientos físicos y químicos interactuando con una multitud de especies bacterianas que viven sus existencias en el seno del universo cambiante que somos. ¡Y para qué decir si nos movemos y bailamos, si caminamos o nos sentamos a comer, si hacemos senderismo o practicamos el viejo arte del sexo! Todo esto es cambio.

Y el cambio es PROCESO Y RELACIÓN. La vida del cuerpo es relación. Vivimos estableciendo relaciones, nos acercamos a alguien o nos alejamos de alguien, nos integramos en un grupo y luego nos separamos, acercándonos a nuevas situaciones y relaciones. Nuestro cuerpo en continuo movimiento, tanto interno como externo, es una sucesión de procesos y transformaciones que ocurren en una complejísima red de relaciones.

Y nuestro Campo Cognitivo, inseparable de la realidad corporal, sostiene también una multitud de objetos mentales y estadosinternos en continua transformación: ahora sentimos frio, mañana calor, ahora un pensamiento y al instante otro. Fluimos, en una sucesión ininterrumpida de cambios, objetos mentales que se alinean y ordenan estableciendo esas relaciones que llamamos lógicas, o que desordenamos en el caótico carnaval de la fantasía y la ideación casual.

CAMBIO LINEAL Y CIRCULAR. Todo se mueve en torno a nosotros y dentro de nosotros. La rueda de las existencias orientales, el ciclo de las transmutaciones presente en el hinduismo y el budismo, representada muchas veces como la serpiente que engulle su propia cola, describe un movimiento circular en continua transformación, donde toda existencia ocurre dentro de esta cadena de causación circular sin fin. La idea de la evolución occidental y el concepto de proceso, intentando quizás escapar del determinismo de lo cíclico, también implica un devenir de secuencias en cambio, ya sea de especies, culturas e individuos, todos desenvolviéndose hacia un nuevo estadio o forma. Conviene sin embargo no olvidar los ciclos, pues la ilusión de un progreso lineal interminable nos acerca a esta obsesión consumista por lo nuevo, a la aceleración de la producción industrial y la destrucción ecológica, sin darnos cuenta que la evolución y los procesos de cambio no son lineales como un cohete a las estrellas, sino cíclicos, como el movimiento de la tierra en torno al sol, como la historia de las culturas y el devenir de nuestro propio cuerpo.

CAMBIO Y PERMANENCIA

Sin embargo, en medio de tanto movimiento cíclico o lineal, los seres humanos experimentamos una extraña noción/sensación de permanencia, como si algo permaneciera inmutable, a pesar de todas las sensaciones y sentimientos que nos sacuden las entrañas y modifican nuestras estructuras somáticas y perceptivas, algo que permanece igual y que siempre está ahí. En distintos tiempos y culturas a esta ‘permanencia’ se le ha dado diferentes explicaciones, y en torno a esas ideas se organizó el relato cultural de ‘lo que somos’.

Podríamos pensar, de modo ingenuo, que eso que permanece inmutable, el centro del ciclón que ha inspirado, tanto a psicodelias descabelladas como a las más profundas introspecciones, es el ESPÍRITU o ALMA, como se llamó a ‘ese lugar dónde se manifiesta la consciencia’, espacio que aquí hemos llamado Campo Cognitivo. Pero, como ya vimos, espíritu y alma están relacionadas etimológicamente con respiración, aliento o soplo, con ánima y animación, algo que no cesa de moverse. Así es que el espíritu o alma no es eso que está quieto y permanece inmutable, sino que es parte fundamental del movimiento, de la animación corporal. ¿Es entonces una ilusión la de ese ‘algo inmutable’, eje inmóvil, espacio inconmovible?

Para otros es la ‘NOCIÓN DEL YO’ la que permanece, la continuidad de un yo que no cambia, que siempre es el mismo; así se habló del ‘observador inmóvil en medio del vértigo cambiante’, y se le identificó con la consciencia. Pero, tal como vimos al reflexionar sobre el proceso evolutivo del yo, (Yo Primordial-Je-Moi y Yo superior) el yo tampoco se está quieto, es un proceso cambiante, algo que se modifica y que, eventualmente, aparece y/o desaparece, tal como la consciencia se manifiesta, se esfuma y/o cambia de intensidad.

¿Hay entonces en nosotros un algo en verdad inmóvil? ¿Esa noción/sensación de algo permanente que trasciende al movimiento, es, como piensan muchos neurocientíficos, UN ESPEJISMO que se crea en nuestro campo cognitivo? ¿un artefacto, un truco cognitivo para darle continuidad a un operador que, de no ser así, no podría actuar? Muchos describen a ese yo inmóvil como producto del juego de espejos que nuestra complejidad neuronal permite; y así afirman que: ‘el yo es un fantasma en la maquinaria, una construcción virtual que se modela en nuestras neuronas para crear un punto de referencia en los mapas que construimos mientras experimentamos la existencia’. Por lo tanto, una quimera que se desvanece, ya sea con la ‘muerte psicológica’ (que se alcanza mediante ciertos trances voluntariamente buscados), o con los grandes traumas inesperados, o con el agotamiento final del organismo individual en la ‘muerte biológica’.

¿Es esa la INMOVILIDAD QUE BUSCA EL MEDITADOR, cuando voluntariamente reduce la movilidad corporal, solo para darse cuenta que todo cambia, que nada permanece, salvo esa mutación continua de las percepciones, fenómenos que surgen y se desvanecen en esa vacuidad fundamental que busca experimentar y descifrar?

Para otros, ese testigo inmóvil o la insustancial permanencia de la vacuidad surge de UNA REALIDAD PROFUNDA, un fondo permanente, estable y continuo, al que considera sustrato fundamental de todo ser, llámese Esencia, Vacuidad o Dios. Si hay inmovilidad o ausencia de movimiento esa solo puede pertenecer al vacío más absoluto, o a la unidad más total e indivisible. Y esta última idea filosófica nos lleva a dos absolutos inmóviles, productos de dos grandes culturas: la Vacuidad budista, y el Dios Uno del monoteísmo; pues, tal como hemos visto, en la unidad consigo mismo de todo lo que es no cabe el movimiento, tal como en el vacío más absoluto no hay movimiento posible. ¿Es éste el origen y fundamento del testigo inmóvil, el fondo mismo de la Realidad poniéndose de manifiesto en el fondo del sujeto cognoscente? Esta es la hipótesis o creencia de muchos quienes simpatizan con estas tradiciones, el Uno original e inmóvil nos ha dejado su impronta.

Pero, para esa extraña sensación, busco una mirada que pueda conciliar el pensamiento científico con el pensamiento tradicional.

EL EFECTO GIRÓSCOPO

La pregunta insistente que hemos hecho es: Si en realidad todo está en movimiento y permanentemente cambiando ¿cómo es que existe en nosotros esta sensación de algo que permanece inmóvil? Una vida completa, y tantas otras que he compartido dedicadas a esta reflexión, me ha hecho comprender que la respuesta está en el ‘efecto giróscopo’. En aquellos inestables barcos de vela, dando cabezazos de estribor a babor, de proa a popa, o en cualquier ángulo intermedio de su mareo, los marinos necesitaban estabilizar de alguna manera la brújula con la que se orientaban, pues para marcar el norte la aguja magnética necesita una cierta estabilidad del líquido en el cual flota. Construyeron entonces el ingenioso aparato llamado giróscopo. Quizás se inspiraron en las hamacas donde descansaban. Una hamaca que lleva un peso en el centro oscila a un lado y otro colgando de dos extremos, es simplemente un arco oscilante en torno al eje que pasa por sus puntas. Aquellos antiguos marinos, agudos observadores de la naturaleza, imaginaron entonces una serie de anillos y círculos que giran unos dentro de otros, en torno a tres ejes diferentes. Este sistema dentro del barco, es como un pequeño barco dentro del otro barco: si el barco exterior cabecea en un determinado sentido, el giróscopo realiza un movimiento para compensar ese giro del barco, de modo que el corazón del giróscopo, donde está la brújula, se mantiene siempre estable.

Del mismo modo, si Cuerpo y Cerebro están permanentemente moviéndose, su Campo Cognitivo, para que en la práctica resulte ‘efectivamente cognitivo’, necesita estabilidad. Si la pizarra sobre la que escribimos no se estuviera quieta no podríamos hilar ni dos palabras. Esta estabilidad fundamental viene dada por el efecto giróscopo, donde múltiples cambios se compensan unos con otros para mantener esa estabilidad homeostática del conjunto. Esta necesidad de estabilidad para el funcionamiento mental es bastante evidente, por eso, cuando hace ya años, me comencé a preguntar por la naturaleza de la mente y llegué a comprender que era el campo de energía del organismo, el campo de la unidad cuerpo-cerebro, (‘campo cuántico del cerebro’, como ha postulado Roger Penrose, premio nobel de física 2020): vi que la estabilidad de ese campo era su requisito fundamental, y así lo llamé originalmente CECCSE, ‘Campo de Energía del Cuerpo-Cerebro Suficientemente Estable’.

Por este ‘efecto giróscopo’ nuestro organismo genera un Campo Cognitivo de alta estabilidad, tanta que a nosotros nos da la sensación de inmovilidad absoluta, de no cambio, de fondo inmutable y de permanencia del testigo; pues el sujeto cognoscente se sostiene sobre la estabilidad de su campo. De acuerdo con este modelo conceptual imagino al Yo como la aguja imantada en el corazón del giróscopo, brújula que permanentemente apunta al polo del norte magnético.

Cada uno de nosotros tiene un norte con el cual su Ego está ‘magnetizado’, valores, aspiraciones, obsesiones, programaciones y deseos personales nos arrastran con un fuerte peso inercial y determinan en qué sentido se mueve la embarcación de nuestra vida; pues no todas ‘estas brújulas que somos’ señalan el mismo norte. Factores biológicos y culturales diversos, además del posible efecto que nuestro fondo más esencial pueda ejercer, determinan ese norte existencial.

La estabilidad del medio orgánico es una necesidad vital, cada organismo debe mantenerla para conservar la vida. Esta idea la desarrolló uno de los padres de la medicina moderna, Claude Bernard, con su concepto de homeóstasis, mediante la cual el organismo, dotado de una serie de mecanismos de compensación, mantiene la constancia del medio interno. Por ejemplo, la temperatura exterior puede variar y hacer más calor o más frío, sin embargo, el interior del organismo de un mamífero se mantiene a la misma temperatura.

La constancia, estabilidad y permanencia, no son solo claves del medio interno que sostiene nuestra vida orgánica, también lo son del Campo Cognitivo, sustrato de la consciencia y del Yo que allí se manifiesta. La inestabilidad grave de este campo, causada por un desajuste de la matriz orgánico genética, o por complejos desarreglos emocionales durante la infancia, puede desembocar en los trastornos cognitivos, de identidad o de personalidad más típicos de la psiquiatría.

A partir del concepto de homeóstasis, el famoso neurólogo Antonio Damasio llegó recientemente a la conclusión que este fenómeno está en la base de las sensaciones internas, de los sentimientos y la consciencia misma. (Lo analiza en su libro ‘El Extraño Orden de las Cosas’).

CONCLUYENDO y de acuerdo con estas ideas, el estado de aparente inmovilidad que experimentamos en nuestra subjetividad, no sería realmente de vacío, ni divino en el sentido tradicional, sino el estado basal de nuestro Campo Cognitivo, estabilizado por sus mecanismos y desprovisto de cualquiera de los objetos mentales que habitualmente lo pueblan y anima

Inseparable de Cuerpo y Cerebro, nuestro Campo Cognitivo está asociado al fondo mismo de lo que somos, al sustrato fundamental de nuestro ser, donde Cuerpo, Cerebro, Campo Cognitivo y Medio Ambiente están conectados y estabilizados a través de los mecanismos homeostáticos, sin rotura de continuidad con la Unidad Original del ‘Uno sin dos’, la Realidad profunda que le ha engendrado y que empapa a todo lo que existe.  

CUERPO Y MUERTE

Volvamos entonces a esta realidad portentosa que es el cuerpo. Porque el yo quizás sea una ilusión virtual, o quizás sea un sujeto/objeto transcendente, pero el cuerpo en movimiento sí es una realidad difícilmente cuestionable.

Aunque tuviéramos una existencia tan fugaz como la de esos insectos llamados ‘efímeras’ (efemerópteros), o solo existiéramos durante la mínima fracción de un segundo, este fugaz instante que estás experimentando en este momento, es una portentosa realidad corporal; basta respirar a pleno pulmón para sentirlo. Existimos un instante y al instante siguiente dejamos de existir. O volvemos, si así quisiéramos imaginar, al ‘lugar’ donde pudiéramos haber estado antes de venir y emerger en la existencia. Mas, sea lo que sea que haya antes o después, la cuestión es que ahora, en este mínimo instante de existencia, por muy trastornada que esté nuestra consciencia, este espacio corporal, este aquí-ahora del cuerpo que somos no es una ilusión ni un sueño.

Como tampoco es una ilusión la de ese alguien-algo que se da cuenta de estarse dando cuenta de existir. Pues somos conscientes de los procesos de vida, cambio y muerte. Se creía que éramos el único animal consciente de la muerte, lo que se ha demostrado falso. Nosotros marcamos y veneramos el lugar de nuestros ancestros, y somos una especie constructora de tumbas y adoradora de recuerdos; pero los elefantes también reconocen los restos y el lugar de muerte de los suyos; solo hace falta memoria y una cierta consciencia. Sabemos que nuestra evolución corporal está abocada al enorme cambio de morir, y no es un castigo bíblico ni una monstruosidad culposa de la que avergonzarnos, es simplemente natural, tan natural como la consciencia que tenemos de los hechos naturales.

Todas las cosas que existen están en medio de un proceso de agregación y desagregación (con nosotros en medio de este catálogo). Los cuerpos celestes, dicen los astrofísicos, se forman por agregación gravitatoria de partículas de polvo, que luego de un tiempo de existencia se desintegran y estallan para volver a convertirse en polvo. No está muy lejos aquella sentencia bíblica de ‘polvo eres y en polvo te convertirás’. Al igual que aquellos objetos híper masivos, los agujeros negros o algo tan mínimo como un átomo, también nosotros, con millones de células, organizadas en tejidos, redes, órganos y sistemas, nos agregamos y desagregamos en el baile de la existencia. No parece una cuestión que merezca duda.

Morir entonces, desagregarse lo que se ha agregado, es otra realidad inobjetable de nuestra experiencia del cuerpo. Aunque consiguiera la ciencia alargar la vida hasta los 900 años de Matusalén, o más modestamente hasta los 300 años que proponen algunos biólogos, (hay mucha investigación al respeto: se cree que será posible reducir la oxidación y desgaste de los telómeros o extremos de los cromosomas), tendríamos tarde o temprano que cesar en el movimiento y experimentar la muerte.

Si movimiento, relación y cambio son características de la Vida, la Muerte nos parece una contradicción pues aparentemente las hace desaparecer; aparentemente aclaro, pues toda muerte implica el nacimiento de otra cosa, aunque sean gusanos de la putrefacción. (Lo que somos comenzó con entidades biológicas más elementales que un gusano). La muerte, inseparable de la realidad corporal, se convierte en aliada de la Vida cuando la vemos marcando los grandes cambios, desencadenando renovaciones, y siendo clave en la evolución y desarrollo de las especies. La muerte viene incluida de fábrica en el paquete de la existencia, ya dice el chiste que ‘la vida es una enfermedad mortal de transmisión sexual’.

Solo que la realidad de nuestro ‘micro-cuerpo’, está inmersa y totalmente implicada en la trama de movimiento, relación y cambio del ‘macro-cuerpo’, universo de universos que lo incluye todo. El refrán popular es sabio cuando afirma que: ‘todo lo que nace muere’. Por lógica, lo único que nunca ha nacido es el ‘Origen sin origen’, clave de la ‘unidad subyacente’ que abraza a todo lo que existe. Y esa ‘unidad del todo’ sigue siendo la misma, aunque muten sus formas en la rueda de cambios y transformaciones.  

LA ESENCIA ¿EN EL CUERPO O FUERA DEL CUERPO?

Movimiento, Relación, Cambio y Muerte, son cuatro aspectos inseparables de la realidad corporal. Frente a esta ‘nota’ corporal inestable, impermanente y cambiante, esta que salta de aquí para allá, que viene y que va en continuo movimiento, para finalmente detenerse, desagregarse y callar ¿dónde buscar y encontrar la Esencia? Pregunto esto no porque pretenda una respuesta, sino porque el trasfondo de esta serie de artículos y contrapuntos arranca, y allí espero terminar, en la cuestión esencial.

¿Deberíamos buscar la Esencia en las fuerzas que mantienen el dinamismo de nuestro organismo vivo? ¿O nuestra Esencia, tal como las fuerzas que nos configuran, es algo que trasciende y supera el límite corporal? ¿Buscarla entonces en lo que genera y sostiene la existencia del Universo? ¿En la red sutil que unifica a todo con su origen más remoto, al ‘Origen sin Origen’ finalmente? ¿¡Buscarla acaso en la trama cuántica que según algunos abraza a todo lo existente? ¿Buscarla en la ‘Realidad’ con mayúscula, desnuda de cualquier apariencia fenoménica? ¿Pero, qué es ‘esa’ Realidad? ¿Buscarla en lo más grande, en lo Inmenso, en el Todo? ¿Buscarla en la pequeñez de nuestro mínimo cuerpo? ¿Buscarla en la Unidad de un Campo Universal donde todas las fuerzas que actúan sobre lo existente son variantes de lo mismo? ¿En esa Unidad de la cual el campo gravitatorio es una potente expresión de su coherencia? ¿Buscarla en el proceso, en la secuencia del movimiento y su evolución?

¿O deberíamos buscar la Esencia y encontrarla en el vacío, en la Vacuidad Absoluta, en ese no-espacio, el más homogéneo de todos los estados, y por lo mismo, quizás, base y fundamento de toda existencia?

¿O encontrarla en la armonía de todo lo existente? ¿En el impulso creador que para el teísta es Dios? ¿O en la fuerza del amor que aglutina a las existencias separadas y las lleva a trascender sus límites?

¿Deberíamos buscarla en el Campo Cognitivo, ese campo donde experimentamos nuestro cuerpo y la consciencia de existir, simultáneamente con todos los aspectos del mundo que reconocemos, la vida con todos sus matices y la muerte? ¿En la unidad coherente y necesaria entre el Campo Cognitivo y el Campo que unifica a ‘Todo lo que existe’?

Porque, sea como sea, la portentosa realidad de nuestro cuerpo-cerebro-campo cognitivo, no solo es la de un complejísimo microuniverso que mantiene durante su existencia una unidad operativa, una homeostasis maravillosamente estable, una constancia acompañada de una cierta consciencia de esa unidad, sino que este micro universo está absoluta y totalmente unido, sin rotura de continuidad, al macro universo que nos ha engendrado. Como dijeron los hindúes en sus escrituras de hace milenios: ¡Athman y Brahmán son inseparables! O los antiguos egipcios a través de Hermes Trismegistus: “El alma individual es como una llama del gran fuego del Espíritu Universal”. O como postuló finalmente el cristianismo, que el Hijo del Hombre y el Padre Eterno son una y la misma realidad.

 ¿Acaso todas estas expresiones, ‘estado primordial’, ‘conjunto de fuerzas fundamentales’, ‘armonía unitaria de todo lo existente’, ‘dios’, ‘campo cognitivo’, apuntan a una misma Esencia? ¿Es en esa Unidad del Todo donde la parte que somos encuentra el reposo de su origen y sentido?

En todo caso, no debiéramos buscar la esencia en el ‘silencio de los muertos’, porque la muerte, la cesación de la existencia de un cuerpo particular, ocurre en medio de una música extensa y colectiva que continúa; tropel vibrante y sonoro donde una infinita cantidad de cuerpos se prolongan mutando, cambiando, naciendo y muriendo. Cuando un instrumento calla, la orquesta enorme, el coro de todas las existencias vivas y cambiantes, continúa desgranando sus ‘notas’, desenvolviendo sus contrapuntos y melodías. La Realidad inmensa no se detiene con la muerte individual, ni cesa en su fértil capacidad de engendrar nuevas existencias.

La Totalidad unitaria de la Realidad era antes y será después que cualquiera de sus partes. Cuando el cuerpo deja de moverse y comienza su fase de desagregación, no se rompe, ni por un mínimo instante, la Unidad del Campo de la Totalidad, dónde todas sus partes están incluidas en dinámico y cambiante equilibrio. La Unidad Esencial continúa, era antes y será después.

Y UNO DE FÍSICOS

Para terminar, un chiste de físicos, los ‘más científicos’ entre los científicos:  

“En un test de inteligencia se les preguntó a varios profesionales cómo calcular ‘con un barómetro’ la altura de un edificio.

El ingeniero industrial dijo: -Mido la presión atmosférica en la base, mido también en la azotea, establezco el gradiente y así calculo la altura.

El físico dijo: -Subo a la azotea, tiro el barómetro, mido el tiempo que se tarda en oír el crac y hago: [h=1/2x(t^2)]

El matemático se pronunció luego: -Establezco el barómetro como espacio algebraico de referencia. Cojo el barómetro, me descuelgo por el tejado y mido cuantos barómetros de altura tiene el edificio. Luego calculo sencillamente: (número de barómetros) x (medida del barómetro) = altura total.

Y el astrofísico contestó: -Queridos, vuestra sabiduría práctica es limitada. Busco al conserje y le digo: te regalo este bonito barómetro si me dices la altura del edificio.”

En nuestra búsqueda de conocimiento ¿al conserje de qué cofradía le hemos confiado nuestras preguntas y respuestas acerca de la Realidad?

Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

LOS CONTRAPUNTOS DEL CUERPO