EL SOLSTICIO DE VERANO: NOCHE DE SAN JUAN.

Posted By pfbontempi on Dic 26, 2017 | 3 comments


Noche de San Juan, un umbral virtual sobre el paisaje del tiempo, noche de tránsito y ritual, noche de magia, de brujas, salto que viene de lejos, fiesta pagana, pre-romana, de ancestros y primarios agricultores. Con toda seguridad un evento muy anterior al cristianismo de San Juan y las demás religiones. Fiesta de brujas, noche de solsticio, hogueras en el campo. Las primitivas raíces, las antiguas sacerdotisas de Mitra, las brujas. ¿Quién puede evitar saltar la hoguera del tiempo? El invierno tiene una velocidad. Otra el verano. Entre una y otra velocidad: un umbral. Velocidad de transformación y estado. Hay una velocidad ideal para desplazarnos por nuestra existencia. No siempre nos movemos a esta velocidad. Con frecuencia andamos frenados. Con frecuencia vamos maniatados y gobernados desde la cabeza, la torre del capitán. Con frecuencia, incapaces de evitarlo, seguimos una especie de plano mental que se nos impone condicionado y condicionante, la película psicológica que nuestro cine interior siempre está proyectando (con la voz en off que repite machacona: “este soy yo”). Película con guion y protagonista incluido. Toda una creación que al final llamaremos identidad o destino y cuyo guionista se nos disimula entre los pliegues del propio cerebro. Con demasiada frecuencia, más que ser nosotros mismos en el flujo de la vida, somos cáscara y desecho arrastrado por un río que nos es ajeno. La realidad es algo que esta “allí afuera”, pensamos. “Aquí dentro” soy otra cosa. Pero ¿hay otra cosa allí fuera distinta de lo que somos dentro? Si la hay se nos escapa. Ese flujo inaprensible de la realidad, flujo en el cual los instantes están hilados en una continuidad fluida, se escurre entre los dedos de nuestro despojo. Los sentidos más sofisticados son incapaces de aprehender “eso”. ¿Hay algo más allá de este instante sensorial? ¿O todo es esta suma de instantes congelados, cuentas del rosario-del-tiempo? ¿Son estos fotones encapsulados, unidades vivenciales de “mini-presente”, las “unidades básicas de mi mismo”? ¿Qué son estas cápsulas de tiempo y lenguaje, estos instantes encerrados en si mismos, y ensartados con los otros a través de un hilo extraño cuya naturaleza, más virtual que material, es distinta a la de las cuentas? ¿Qué son realmente las cuentas y qué es el hilo? ¿Puedo saberlo desde esta “cápsula-instante” tan ciega como las demás? ¿O para comprenderlo he de, al menos, intuir un estado de mayor fluidez?

En el “estado de no fluidez” los instantes se suman. Son gotas o cristales. Cada uno grita “yo soy ahora”, y todos dejan de ser al instante siguiente. En el estado de fluidez es imposible sumar instantes pues cada momento está integrado en un ahora mayor que los comprende, una unidad no sumatoria, un continuum sin resquicio. Casi todo lo que he llegado a comprender de psicología y filosofía me lo ha inspirado e ilustrado la física. La física describe que, para la materia real del universo, hay cuatro estados posibles. Uno, sólido, por ejemplo el hielo, dos, líquido, el agua fluida, tres, vapor o estado gaseoso, y finalmente cuatro, el plasma. (Un magma indiferenciado, estado en el cual los átomos han perdido su organización subatómica, su estructura de núcleos coronados de electrones). Voy a usar estas distinciones de la física como analogía para hilar nuestros cuatro “estados psico-orgánicos”. Tú y yo somos cuerpos sólidos, aunque agua en altísimo porcentaje, nuestra agua esta embebida en la gelatina de redes proteínicas, aunque exhalemos vapor y gas, somos un sólido. Sin embargo, es bien posible que “experimentemos” nuestra existencia en distintos estados.

Estos “estados de consciencia” son velocidades de nuestro ser, no estados del cuerpo físico, sino modos de funcionar, maneras de vibrar, actitudes existenciales. Estos estados dependen de lo fuertemente adscritos que estemos a una “forma psicológica y social” determinada. El estado más habitual es el que llamamos “normal”. (Esa manera normal de ser que cada uno tiene y con la que estamos identificados). Este es el trance consensual que definía Charles Tart, el producto de un consenso entre nosotros y todos los que nos conocen, y que así nos reconocen, ellos y nosotros, como “el mismo”, perfectamente habituados a lo que creemos ser y claramente reconocibles por el conjunto de hábitos caracteriales que llamamos “la manera de ser de fulanito”. En este estado tenemos una consistencia psicológica de la forma, una estabilidad de esta curiosa identidad que llamamos “el individuo que soy”. Este es el estado sólido que persiste así porque nos encontramos a una “cierta temperatura”.

Sin embargo, a veces nos “calentamos”, se eleva mucho nuestra temperatura, la velocidad interna es diferente y cambiamos de estado. A veces nuestro sólido se derrite, nuestro personaje se hace fluido, nuestro ego pierde su forma, y pasamos a un estado nuevo. El segundo estado. Enamorarse es algo así. En el “estado enamorado” nos hacemos fluidos, nuestro hielo, nuestro control frío y racional de lo que creemos ser se deshace, entramos en un trance distinto, la química cerebral es otra, subjetivamente nos experimentamos de otra manera. Estoy enamorado, dices, y vives como en una nube continua. Ya no estás en una suma de instantes. Todo lo que experimentas ocurre en este continuum. Y, de hecho, en ese estado, la percepción del tiempo es diferente. La percepción del tiempo es diferente según el estado de ánimo en el que nos encontremos. Dicen los versos que “el tiempo es largo para el que espera/ corto para el que teme/ lento para el que sufre/ rápido para el que goza/ pero, para el que ama/ el tiempo es la eternidad”. Esta dimensión del tiempo experimentado como eternidad esta descrita en una historia que viene, posiblemente, del medioevo: “Un hombre santo salió de su monasterio y fue a cierto lugar a orar. A través de la oración entró en un trance muy profundo donde, por primera vez en su existencia, contempló a Dios. En tal estado de beatitud y arrobamiento su visión le pareció durar un instante. Sobrecogido por tal experiencia se incorporó para volver al monasterio, y allí, sorprendido, se dio cuenta que aquellos habían envejecido mucho, algunos ya habían muerto, otros eran nuevos y ni le conocían, sin embargo, todos extrañados, miraban a alguien a quien habían dado por desaparecido hacía muchos años”. (Un milenio después algo parecido describió Einstein para un hipotético viajero que a la velocidad de la luz se sumergiera en el espacio y regresara a la tierra.) Cuando decimos que nuestra existencia es un instante en la eternidad, posiblemente, sin darnos cuenta, estamos hablando de estos distintos estados de fluidez de la “materia psicológica” que somos (materia consciente de ser). El personaje que habitualmente somos es como un trozo de hielo, un sólido con una forma estable. Cuando nos enamoramos el hielo se derrite y entramos al estado líquido. Este segundo nivel tiene distintos subniveles, según la temperatura. Hay agua muy fría, a tres grados sobre cero, y hay agua a punto de hervir, próxima a los cien grados. (También es posible estar enamorado a muy distinta temperatura).

El tercer estado, sin embargo, va más allá del mero enamorado, es posible ir más allá de este nivel. A veces, cuando la energía interior es muy alta, nos vemos impulsados al tercer estado. (Se describe a la temperatura como una medida de la energía interior de un sistema, y ésta depende de la velocidad a la que se mueven sus átomos. La temperatura de un trozo de hielo es baja, sus átomos se mueven menos, y a menos velocidad que los átomos de agua). En el estado de fluidez la energía interna es más alta y los átomos se mueven con mayor libertad. Nosotros, el sistema psico-orgánico que somos, a medida que nos vamos zafando de nuestro ego o personaje habitual también nos movemos con mucha mayor libertad, nuestro nivel de energía es más alto, nuestro estado es más fluido y en determinadas ocasiones llegamos al umbral de los cien grados. Para el agua este umbral es crítico: si la energía interna aumenta más allá, líquida hasta ese momento, cambiará de estado y será vapor, algo bastante diferente. A veces, enamorados y embebidos de amor, nos vemos impulsados más allá del umbral de los cien grados. Más allá de ese límite nos sucedo algo bien distinto. Nuestra frontera personal se deshace, desaparece la piel, se deshacen las paredes que contienen lo que somos, y nos encontramos siendo, más allá de nosotros mismos, experimentando la fusión completa con el ser amado. Y el ser amado también, al igual que nosotros, ya no es un cristal ni un ego congelado ni un agua enamorada. El soy es un “somos”. Y somos esta experiencia bastante inexplicable de ser “vapor de agua”. Allí experimentas “estar en ti mismo y estar en tu ser amado al mismo tiempo”. Allí sabes que sabes que experimentas eso, y al mismo tiempo sabes que tu ser amado sabe que sabe que experimenta eso. Un estado de confianza y certeza total. Un estado sin límites que se expande más y más. En este estado se ama sin límites, sin restricción alguna. Es una enorme fortuna experimentar esto. Enamorarse es un regalo. Algo que nos ocurre, no algo que nosotros buscamos o construimos. El tercer estado nos sobrepasa como un inmenso y afortunado regalo. No es algo que nosotros controlemos. En este estado la capacidad de control del ego ha terminado hace muchos grados. El control termina cuando las fronteras han caído y existe la mutua entrega. Mientras más amamos más nos alejamos de las formas rígidas e inflexibles. Sin embargo, en el estado de vapor aún se conserva la estructura interna de nuestros “átomos psicológicos”.

Más allá de este límite está el estado la disolución magmática. Cuando las condiciones de presión y de temperatura son extraordinariamente altas entonces los átomos mismos, aquello que nos constituye, se desestructura, las partículas pierden su esqueleto y entran en un estado de fluidez absoluta, ya no hay espacios atómicos organizados en función de un núcleo, ya no hay campos atómicos individuales porque ya no hay átomos sino un súper plasma. Experimentar un estado así para nosotros sería la muerte, la disolución de lo que somos, la pérdida de todo lo que hemos creído ser, la evaporación del ego en una exaltación maníaca o mística del ser. En este estado la única realidad es el amor. Y en el amor ser y no ser son al mismo tiempo. En el amor el fondo y la forma están fundidos en una gestalt total, no hay espacio ni tiempo, somos, en ese estado, lo que en física se llama una singularidad, una singularidad a la que nada le es ajeno, amor absoluto, sin exclusión alguna. Eso es lo que el viejo místico experimentó antes de volver de su viaje a través de la luz para descubrir que el tiempo había pasado para sus envejecidos compañeros a una velocidad rapidísima. El jardín ya está preñado de verano, aunque aún la temperatura no sube: es la Noche de San Juan. El 21 de Junio ocurre algo bastante especial. Solsticio de verano. El sol, descorriéndose por el horizonte de los últimos seis meses, desde el solsticio de invierno ha venido a dar en el otro extremo de su oscilación pendular. Ahora toca el día más largo del año. Y la mágica noche de San Juan, en las antípodas de Navidad, es la más corta. Está iluminada, además, por los fuegos rituales que hemos venido a encender. El fuego del sol está en su cenit. La progresiva acumulación de calor de la primavera eclosiona este día. Comienza el verano, el gran calor, la gran luz. Es época buena para enamorarse, para comer y festejar, para la cacería y la fruta, para vacaciones y aventuras, época buena para veranear, para disfrutar del calor, de la holganza del verano, sus interminables siestas, sus lúdicos y lúbricos interludios. Las gentes del valle donde vivo llevan meses amontonando trastos viejos, ramas y papeles, madera de desecho, muebles rotos, todo lo que el último invierno dejó inservible. Los restos del pasado están preparados para, en el umbral del solsticio, con las risas de las brujas de San Juan, convertirse en una hoguera intensa que ahuyente las tinieblas y descorche las promesas del verano. Noche para quemar el pasado, para romper las cadenas que aún atan a la vida a los fríos del último invierno. Noche para elevar mucho la temperatura. Noche para el nacimiento de una estación. Noche buena también para experimentar el trance y el tránsito de este antiguo rito de pasaje. La tradición dice que las brujas se elevan por encima del fuego y vuelan expansivas hacia lo alto. Ellas mismas se proclaman fuegos vivos de un Único Sol. La costumbre nos reúne en torno a las hogueras de San Juan. Esta noche el valle completo es un semillero de llamaradas dispersas en cada barrio, en cada finca, en cada patio de cada casa. Miles de pequeñas hogueras donde se está quemando el pasado. A la culminación de la noche los amigos, la familia, todos los que se han reunido a celebrar la hoguera saltan a través del fuego. En este salto ritual cambiamos de estado. Dejamos atrás el pasado, nos abrimos al amor, nos lanzamos al generoso y desbordante calor del verano, nos sumergimos en la luz deslumbrante del día más largo del año, nos bañamos y nos dejamos penetrar por esa longitud de onda del amarillo intenso, por la fuerza del astro rey. En este salto aceptamos la vida y nos hacemos parte de su inagotable generosidad. Así nos damos la bienvenida al verano, y una vez más, de umbral en umbral, a la invitación del amor.

Francisco Bontempi
Médico Psicoterapeuta
EL SOLSTICIO DE VERANO Y LA VELOCIDAD DEL CAMBIO.

3 Comments

  1. Precioso Paco. Gracias

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  2. Continúo (la ventana tiene un límite de caracteres) Tus discursos son….esclarecedores y futuristas,. casi como Nostradamus. Escribir en las ventanas a veces es imposible. Puede que haya un tema de informática no visto o solucionado. Ahora puedo escribir sin dificultad pero es azaroso. Conversa con tus técnicos al respecto…Acoto estas observaciones para que tus escritos no fallen en nada. Discúlpame si he sido grosero….porque te quiero. Firmado por el filósofo azul

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  3. Me gustó….aunque ya lo había leído hace años…

    Un Abrazo Paco !!!!

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