EL ‘MUNDO’ NO ES UN CUENTO, PERO CASI

Posted By pfbontempi on Ago 29, 2022


“En nuestra naturaleza existe una libertad más poderosa que la mayor de las Fuerzas Armadas, ella nace de nuestra capacidad de conocimiento y amor”.  Giacomo Zancatto (comentando el triunfo de Mandela sobre el apartheid.)

“Estar en paz consigo mismo es el medio más seguro de estarlo con los demás” Fray Luis de León. Si nuestras naciones están enfermas de injusticia y no hay paz social en su seno ¿cómo van a estar en paz con las demás?

“La injusticia del mundo solo nos parece insoportable cuando nos afecta a nosotros mismos” Iréne Némirosvsky.

¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

Soy ciudadano europeo y he creído vivir en un continente en paz. Pero esto no era cierto, nuestros soldados y armamentos pululaban por muchos lugares, nuestros bombardeos no han cesado: África, Libia, Irak, Yugoslavia son actuaciones recientes; para las indirectas y menos recientes hay que mirar nuestras exportaciones de armas y revisar nuestra historia colonizadora. Cuando en Ucrania hoy se enfrenta el armamento ruso y el armamento americano (del cual Europa es subsidiaria), nuestro continente está más amenazado por sí mismo que por un enemigo exterior.  

¿Qué le pasa a nuestra humanidad? El mundo se ha convertido en una portentosa jaula de grillos, un frenético mercado donde se venden viajes al espacio para oligarcas mientras la mayoría nos intoxicamos bajo una nube de bulos y consumismo, con la violencia que eso trae y las depresiones que acarrea. Le escuché decir a un hombre de unos cincuenta años con quien coincidí en el supermercado: ‘No me hables del telediario que me pongo violento’. Su razonamiento atribuía su violencia al estímulo externo, sin darse cuenta que era un producto suyo: violencia medioambiental y violencia intrínseca se confundían en su consciencia individual.

Como parece ser un tiempo de conflictos me he decidido a empezar esta serie de reflexiones, buscando ordenar mis ideas y entender ¿qué está pasando? Aunque ya no hay rincón que escape al ‘juego de tronos’ que se adueña de nuestra humanidad, vivo en un pueblo pequeño y pacífico, y yo mismo no estoy en guerra sino con la inconsciencia individual y colectiva, nuestro peor enemigo.

Algunos opinan que Ucrania es el horror desencadenado por un psicópata, un megalomaníaco ambicioso que quiere ser Zar, otros que es por la ambición expansiva de la OTAN. Cada bloque cuenta el cuento que explica las maldades del contrario. Sigue siendo cierto que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

La guerra es un fenómeno biológico antes que ideológico: un hormiguero ataca a otro para hacerse con sus recursos, dos clanes de chimpancés combaten por lo mismo. Un líder carismático o psicopático no explica que un pueblo vaya a la guerra, hacen falta ciertas condiciones objetivas: escasez de comida (el hambre estimula la agresividad en animales), injusticia y pobreza (el resentimiento de los que no tienen + la ambición e inseguridad de los que tienen = dos polos de una bomba), tensiones socio-económicas entre clases y grupos, polarización de las emociones, perdida del centro y del equilibrio anímico y social, hacinamiento poblacional (en ratas de laboratorio el hacinamiento incrementa la agresividad, hasta el punto del canibalismo), hace falta que el territorio se encoja y la testosterona, hormona muy territorial, se exalte, hace falta adrenalina abundante en los medios de comunicación, que ‘el gatillo del líder’ sea la llama que despierta al polvorín y moviliza ‘la carne de cañón de los muchos’.

Y hace falta una inercia proclive a la guerra, pueblos con historias de batallas admirables, con mitologías heroicas, con mucha sangre vertida en su pasado y exaltada en el presente. El líder es un reflejo de su pueblo, y el pueblo está empapado de una inercia ancestral. Lo individual y lo colectivo están estrechamente entrelazados, en la psicología de los pueblos la psicología individual se expande y multiplica como inconsciencia colectiva, y, si la primera es peligrosa, la segunda puede desencadenar una guerra.

Muchos medios ya están dando por hecho una nueva guerra fría: ‘nosotros’ y ‘ellos’. Solo que en las dos mitades del mundo está ocurriendo aproximadamente lo mismo: aquí y allá hay masas de individuos insignificantes y cúpulas controladoras y mejor informadas. Aquí y allá se demoniza al contrario. La guerra por ‘tener más’ nos ha lanzado a todos, pobres y millonarios, en una frenética carrera hacia un final híper caliente. Lo mejor de la era industrial-atómica-informática ha culminado en este mega polvorín dónde estamos sentados, un intrincado nudo de serpientes, un negocio gigantesco y una forma de pensar, aunque disfrazada de argumentos ideológicos y maquillada de buenos y malos.

Me cuesta no estar indignado con lo que está ocurriendo, y conmigo mismo, pues, como ese hombre del supermercado, también pierdo la paciencia y la esperanza en nuestra especie. No puede haber otro camino que la PAZ, pero, en medio de este incendio que se extiende, ¿podemos mantenernos ecuánimes? ¿qué posibilidades de acción tenemos los insignificantes ciudadanos? Hace falta conocimiento y consciencia. La consciencia de nuestra naturaleza biológica y psicológica puede ayudar, y el conocimiento de historia podría aclarar las cosas. Solo que un hecho puede convertirse en ‘muchas historias diferentes’ y, muchas veces, ni los historiadores profesionales se ponen de acuerdo.

No soy historiador ni geo-estratega, pero sí un hombre de cultura general y me resisto al plato pre-cocinado que el telediario me sirve cada día, o peor aún, a la ensalada pre-filtrada de google. La guerra actual no comenzó con la invasión de Putin, gravísimo evento, es cierto, pero insertado en un escenario mucho más complejo. En este escenario-mundo estamos todos implicados, los que toman partido y los que se lavan las manos, y no es posible bajarse de este barco.  La actual polarización exalta o deprime los ánimos individuales, se agudizan las contradicciones internas de las sociedades y el mundo se parte en dos mitades. En Ucrania, convertida en campo de batalla, todo hombre que pueda combatir está obligado a hacerlo, a riesgo de ser condenado por traidor: la democracia ya sucumbió allí. La híper reacción asociada a la polarización es como un fuego que se extiende, desde el foco en llamas, hacia una periferia cada vez más amplia. 

Uno de las mayores dificultades de la ‘infección por coronavirus grave’ es que desencadena una reacción exagerada del sistema inmunitario. Esa sobre reacción es la parte más grave de la enfermedad: sus células entran en un frenesí acelerado, ven enemigos en todas partes y, queriendo salvar al cuerpo del ‘enemigo externo’, terminan por hacer más daño que bien, inflaman y destruyen a las estructuras del propio organismo. La intolerancia al diferente es dañina y anti-evolutiva. En vez de tender puentes entre diferentes maneras de pensar, culturas y sistemas sociales, estamos polarizando la realidad, ofendiendo y agrediendo al que no se pliega al dominio de ‘nuestra verdad’.

‘HUMANIDAD-MUNDO’ Y RELATO

El mundo que padecemos/disfrutamos es un relato, no sólo una colección de objetos, como un tanque o una escuela, sino un relato que provee a las cosas de significado y función. Este complejo relato que tejemos entre todos es un espeso capullo o pupa, en su seno está ocurriendo la metamorfosis de la que saldrá, o el hombre nuevo de las antiguas mitologías, o un monstruo de último modelo; o ambos. Todos somos ciudadanos de una historia inercial, donde un argumento lleva al siguiente, si no entendemos esta inercia no podemos modificar su trayectoria.

Dentro de este relato colectivo ocurre la historia de nuestra familia y el guión personal que cada uno construye para sí mismo. Yo vine de Chile, América del sur, con una historia de viajes de ida y vuelta. En el siglo XX nuestros abuelos emigraron de Italia y Alemania huyendo de las violencias del viejo mundo. Otros intentaron escapar hacia allá de la dictadura franquista. Parecía posible un mundo a salvo de la locura colectiva que se adueñaba de Europa. Algunos ‘emprendieron’ e hicieron la fortuna que prometían ‘las américas’; otros conectaron con la tradición de Bartolomé de las Casas y quisieron soñar con un futuro mundo de justicia; unos y otros asentaban sus pies en el barro de inequidades históricas, complejísimas inercias sociales que cíclicamente estallaban en asonadas y dictaduras. Quizás porque ya había bastante violencia con eso, América del sur no entró en las grandes guerras del siglo XX.

Otros primos de nuestros abuelos se hicieron norteamericanos y angloparlantes, se empaparon de un mundo que compaginaba laboriosamente triunfo y fracaso, riqueza, cristianismo y esclavitud en una amalgama poderosa y expansiva. Inflamados, posiblemente, del espíritu imperial que les forjó Gran Bretaña, ellos sí participaron activamente en las continuas guerras europeas.

Todas nuestras historias nacionales y relatos familiares quedan contenidas en este gran cuento que llamamos mundo y los historiadores serios ‘historia’: ‘Humanidad-Mundo’, más bien, mezcla de carne, objetos y relato. Mientras no salimos de nuestra tribu no hemos visto otra historia sino la aprendida. Hoy ya sabemos que hay diferencias entre la versión de España contada por un catalán o un castellano, que la de Inglaterra contada por un irlandés no es la misma, y que aún más diferente es la historia de china contada por un chino o un norteamericano. ¿Existe la ‘historia verdadera’?

Cuando en psicoterapia los sujetos cuentan su historia, rápidamente se descubre un entramado de memorias subjetivas, modificadas por el paso del tiempo, a veces eventos fantaseados que nunca ocurrieron realmente, bloqueos de otras memorias más conflictivas y lesivas para la auto importancia, represiones e idealizaciones de unos u otros eventos:  este es el relato personal. Aceptar las contradicciones de la subjetividad junto a la búsqueda de una objetividad más madura es uno de los caminos para el crecimiento de la consciencia.

Tal como analicé para el ego individual, (describiendo un ego primordial adjunto a la naturaleza, un ego visceral/emocional o Je, un ego relato o Moi, y finalmente la posibilidad evolutiva de un Yo superior que trasciende a las etapas previas del ego), creo que en la entidad colectiva que llamamos ‘Humanidad-Mundo’ ocurre algo similar. Hay una realidad biológica primaria, un entramado de emociones colectivas luego, un relato o historia posterior y, eventualmente, una noción superior y trascendente de humanidad, el lugar dónde todas las historias encuentran nido, dónde podría realizarse la ‘Gran Humanidad’ con que muchas generaciones soñaron.

Cada nación parece tener, no solo una mezcla genética peculiar, sino un carácter propio, una manera de ser y comportarse en relación a las otras naciones, y de tratar a los individuos y grupos que la constituyen. Creo también que, previo al ego-relato de las distintas naciones e imperios, existe una realidad biológica natural que hace que el conjunto funcione como un gran organismo, un todo coherente donde se articulan las fuerzas de la naturaleza. Ese conglomerado orgánico es el que adquiere ‘consistencia psicosocial’ a través del relato colectivo que nuestras consciencias individuales construyen.

Todos los dramas personales, familiares, nacionales e imperiales que nos hacen humanos, no ocurren porque seamos malos, sino por tendencias biológicas naturales.

Para el origen de la vida la hipótesis biológica describe un mundo rico en hidrogeno, oxígeno, carbono, mares de H2O y moléculas orgánicas básicas que se organizan como pequeños seres unicelulares, los protozoos. Cada célula individual lucha por sobrevivir, alimentarse y reproducirse. Con el tiempo varios de ellos se agrupan para defenderse mejor, aparecen entonces los metazoos, organismos complejos, quizás como mini gusanos. Algunos de estos metazoos descubren que ‘comerse’ a otros metazoos les ayuda a sobrevivir y a crecer más, entonces nacen los predadores y sus presas. Y así llegamos a nosotros, que devoramos de todo y ‘robamos’ la energía de plantas y animales de todo tipo para sobrevivir y reproducirnos: hasta ser los ocho mil millones que somos.

Los primates humanos nos agrupamos ‘naturalmente’ en clanes familiares, organismos colectivos constituidos por varios individuos que se alimentan del territorio donde comparten, recogen, cultivan, cazan, sobreviven y se reproducen. Varios clanes se agrupan y organizan en tribus mayores y comienza la historia: pues hay tribus que se convierten en predadoras y otras en presas. Las tribus predadoras conquistan y colonizan a las tribus menos eficaces, o menos agresivas, toman su territorio, engullen sus recursos, absorben su energía, eliminan a ciertos individuos e incorporan a otros, frecuentemente como poder delegado o clase inferior. Estas sociedades complejas, auténticos ‘cuerpos colectivos’, van engordando mientras se diversifican sus relaciones internas. A medidas que unos luchan y se engullen con otros, se forman conglomerados mayores, reinos y estados, finalmente los grandes imperios, potentes organizaciones capaces de engullir a potencias menores, de imponer su orden, su economía, su religión, su historia, su lengua, y la noción misma de lo que es su ‘Humanidad-Relato’.

Organizados en la compleja masa actual donde conviven imperios y naciones estados y tribus, familias e individuos, somos en este siglo unos 8 mil millones. Sin embargo, esta masa aún es pequeña. Nuestro cuerpo individual, para mí un buen modelo de posible humanidad, es una inmensa multitud de células individuales: ¡100 billones de células! (es decir ¡cien millones de millones de células!), y no son una masa informe sino armónicamente organizada en función del orden superior que somos. (Para jugar con algunos números: nuestra ‘pequeña’ Vía Láctea tiene ‘solo’ unos cien mil millones de estrellas). ¿Te imaginas una Humanidad con tantos individuos como células hay en nuestro cuerpo? Para ser tantos tendríamos que multiplicarnos por 1000, ¡ser mil veces más de los que somos ahora! Solo que, en una caja desordenada caben menos cosas que en una caja ordenada, para ser tantos tendríamos que ser aún más disciplinados que los chinos actuales, haría falta mucho amor, consciencia, disciplina y orden. ¿Existirán especies así de inteligentes en el universo? Al parecer, nuestro mundo es aún demasiado joven, caliente y desordenado, a muchos se les hace estrecho y de difícil convivencia. 

INERCIA Y RELATO

Estamos en una crisis evolutiva de la ‘Humanidad-Relato’, más profunda que el choque de hemisferios. Las cosas no ocurren por casualidad sino por conjuntos de factores condicionantes, donde una cosa lleva a la otra. Muchos hemos desarrollado consciencia de la gravísima crisis ecológica: ya no es un escenario de ficción el de nuestro país con más de 45ºC e incendios múltiples. Sin embargo, la impotencia de Greta Thumberg, la adolescente rebelde ante la ‘eco estupidez’, ha quedado patente: las protestas de individuos y pequeños grupos, las palabras e intenciones de algunos políticos e instituciones, quedan en nada, se convierten en burbujas vacías mientras la inercia del sistema militar-industrial y el calentamiento global continúan. Cambiar las cosas implica cambiar nuestra manera de vivir, orientar nuestras vidas con otros valores, producir y consumir de otra forma, lo que significa una economía diferente. Generar un mundo nuevo es elaborar un nuevo relato. Nuestras vidas individuales están sometidas al principio de inercia, y por inercia solemos ser reacios al cambio. Más difícil aún es cambiar la trayectoria inercial del ‘mundo’, este enorme Titanic con sus pasajeros haciendo ‘vida normal’ cuando el barco va camino al hundimiento.  

En este escenario planetario, siguiendo el guion inercial del relato-mundo, está ocurriendo una brutal recolocación de la política internacional. Los individuos somos las piezas pequeñas de un enorme rompecabezas, nos desplazamos de aquí para allá, mientras despiadados movimientos colectivos reajustan el tablero. Los ciudadanos ya no ignoramos que existen ‘secretos oficiales’ en nuestro estado y, por supuesto, gravísimos secretos de geopolítica en el manejo de las grandes potencias. Y sabemos que la prensa no tiene acceso a esos secretos que condicionan, e incluso determinan, las decisiones de nuestros dirigentes.

Navalny en Rusia, Snowden y Julián Assange en la Alianza Occidental, en China Sophia Huang, son la prueba incuestionable de cómo los ciudadanos somos gobernados con información incompleta y sesgada, mediante controles extrajudiciales, o pseudo-judiciales, abortada por presiones económicas o simplemente suprimida mediante violencia directa sobre los informadores. El sistema es intocable y se defiende inercialmente. Los servicios de inteligencia y los sistemas de vigilancia, sistemas que controlan el comportamiento de las poblaciones, pero que ellos mismos no son controlados, son parte fundamental de los estados e imperios modernos, tan inevitables como el aire que respiramos.

Los ciudadanos normales carecemos de suficiente información y debate en relación a lo que está pasando. Sin información no podemos ejercer una sana capacidad de decisión, ni para el voto ni para la acción social, con lo que la democracia misma queda desvirtuada. En un mar de bulos y algoritmos manipuladores, el ciudadano medio ha quedado impotente y reducido a la insignificancia.

Esta oscura descripción del mundo, a un porcentaje no menor de jóvenes les lleva al pasotismo, profundamente escépticos y amargamente resignados a la inutilidad de su acción: “A vivir que son dos días; la máquina del mundo es demasiado grande y yo soy demasiado pequeño; esto no lo arregla ni dios”. A los menos favorecidos les lleva a caer en la violencia de la impotencia, o en la miseria auto destructiva. A otros les lleva a desconectarse del mundo y a encerrarse en los muros del ego individual, (el ‘ego como mecanismo de defensa’), o en el micro mundo del ego familiar: “Yo estoy bien, mi familia está bien, para el resto no puedo hacer nada, me lavo las manos”; sin embargo, el que esté cayendo un rayito de sol sobre nuestra cabeza individual, o calentando con fortuna las risas familiares, no quita los espesos nubarrones que se están acumulando sobre el paisaje global. Nadie queda al margen.

RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL

Por esto no puedo rehuir mi responsabilidad individual, en primer lugar, conmigo mismo, con mi familia luego, y también con aquellos con quienes he compartido mi existencia; con la humanidad finalmente, a la que pertenezco por destino y condición.

Todo ser humano se encuentra en el centro de cuatro círculos de responsabilidad: el de menor radio soy yo mismo, pues evidentemente mis acciones afectan lo que soy; el segundo círculo, un poco más amplio, es mi entorno familiar, condicionado también por mi presencia; y aún más allá, el círculo de todos aquellos con quienes me he implicado, amigos y conocidos; finalmente el cuarto círculo, el más extenso, incluye mi tribu, mi país, la humanidad de la que soy una célula. Estos cuatro círculos, incluso el más grande, son afectados, tanto por mis decisiones, egoístas o solidarias, como por mi pasividad o falta de compromiso.

Y esto es así, todos somos corresponsables de lo que está pasando, a no ser que imaginemos una humanidad de individuos irresponsables, encerrados en cubículos aislados, sujetos alienados dentro de un egoísmo hermético, neutralizados e incapacitados para actuar sobre su entorno social. ¿Es esta la sociedad que intentamos construir, una dónde el individuo resulta irrelevante, salvo como consumidor?

Como médico, mis maestros me enseñaron que la salud es el estado de bienestar físico, emocional, mental y también ‘social’. Es muy difícil, por lo tanto, la existencia de una ‘salud egoísta’. ¿Cómo puedo estar yo sano si soy parte de un mundo enfermo? Me enseñaron también que una enfermedad se diagnostica por sus signos y síntomas, y que una medicina eficaz exige el conocimiento de lo que hay ‘detrás’ de esas señales. ¿Qué hay detrás de las alarmantes señales observables en nuestra herida humanidad?

Como médico, entonces, tengo una responsabilidad que va más allá de mi salud personal, o del bienestar limitado de mis familiares y amigos; pues en último término, mi vida y la de ellos, nuestra salud, calidad de vida y felicidad, dependen del conjunto de la humanidad. En este barco no hay nadie que no esté implicado. No puedo rehuirlo. Esta idea significa para mí, y creo que, para todos, una responsabilidad política; por más desagradable que la desprestigiada política nos resulte. Tenemos la responsabilidad, e incluso la exigencia, de entender qué está pasando, hacia dónde marcha nuestro gran rebaño. Pero, ¿cómo discernir tan compleja cuestión?

Me podría refugiar en la ignorancia y decir que el mundo es demasiado complejo para entenderlo, y abstenerme entonces de tomar cualquier decisión, ni ahorrar energía o consumo, ni cambiar mis rutinas, ni participar en actividades por la paz.

O podría refugiarme en el clan de los fanáticos, los que ya creen saber todo lo necesario para sus rotundas actuaciones, que el blanco es blanco y el negro es negro.

O podría intentar la más difícil de todas las posturas, la de un Sócrates, empecinado en su búsqueda de conocimiento mientras ejerce la mayéutica del “solo sé que nada sé”.

Debo entonces sobreponerme al comprensible sentimiento de impotencia, natural, dada mi pequeñísima individualidad. Debo intentar comprender qué está ocurriendo en nuestra HUMANIDAD-MUNDO, y, aún a riesgo de equivocarme, actuar con mi mejor coherencia.

(continuará)

Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

EL ‘MUNDO’ NO ES UN CUENTO, PERO CASI