EL ARMA PERFECTA, y un cuento.

Posted By pfbontempi on Jun 6, 2024




Intro ¿EL FIN DE LA HISTORIA?


Francis Fukuyama, autor de “El fin de la historia” publicado en 1992, quiso entender que, con la caída del muro de Berlín y el enfriamiento de las tensiones entre Estados Unidos y Rusia, vendría el fin de las guerras y acabaría una historia determinada hasta entonces por las armas. Sin embargo, apenas 30 años después, ya estamos en medio de las matanzas de siempre.


Resulta sorprendente la pasividad con que enormes rebaños humanos caminamos por la pendiente de las polarizaciones y el armamentismo, en el peligroso filo de guerras que nos afectan directamente, en las que participamos por implicación directa, subrogada, o simplemente por omisión: “esto no va conmigo”. ¿Se puede votar en contra de la guerra? Ya me gustaría, pero no sé si será posible; en realidad nadie votó a favor de ella y mira cómo vamos. Las inercias de nuestras complejas sociedades, plagadas de contradicciones y manipulaciones, engullen fácilmente las disidencias particulares.


¿Votar a favor del pueblo palestino es convertirse en enemigo de Israel? ¿Apoyar a Israel es justificar la terrible matanza de civiles? ¿Votar en contra del suministro de armas a Ucrania es ser amigo de Rusia? ¿Apoyar a Rusia es ser enemigo de Europa? Los chimpancés, característicos por su violencia social, forman alianzas para “elegir líder” y emprender guerras de bandas: su simiesco problema de amigos-aliados y enemigos-peligrosos es demasiado humano. El viejo problema del bien y el mal no es un invento nuestro sino una de las claves con que los primates establecen sus pirámides de poder. Ni buenos ni malos entre ellos: solo animales. 


Quisimos creer que la historia se había terminado, cuando era evidente que la Biblia, el Corán y la Torá, tres variantes del iluminismo sumerio, tenían raíces demasiado largas y profundas como para agotarse con un par de milenios. La vieja historia, la Historia Sagrada, sigue en marcha. El bien y el mal no cesan en su inagotable pulso de disfraces y justificaciones. Demasiadas gentes aún esperan el fin del mundo con el cumplimiento de terribles y apocalípticas profecías. ¿Hemos olvidado que nuestra mitad occidental del mundo sigue siendo una “civilización judeo-islamo-cristiana”? Estas religiones promueven la paz entre “los suyos”, pero se implican en las peores guerras en contra de “los otros”. Y comparten otro rasgo: a diferencia de las orientales, las tres son apocalípticas. 

Si esas tradiciones carecen de esperanza o fuerza para detener la destrucción en que estamos comprometidos, ¿qué puede hacer el mundo laico para erradicar esta violencia tribal, imperial y simiesca, en expansión? ¿Cómo promover la paz? Está claro que cultivando la paz en nuestro propio corazón individual. Pero, ¿es eso suficiente si los individuos terminamos arrastrados por la inercia colectiva? ¿Votando por el desarme global? Pero, ¿Quién se desarma primero? ¿Una democracia que elija desarmarse está condenada a convertirse en un pueblo sometido e inferior? ¿Para ser libres hay que armarse? ¿Es el león más libre que la gacela?



EL EJÉRCITO DEL BIEN: un cuento


Ha corrido agua bajo los puentes y hemos llegado, en contra de los agoreros, al siglo XXXV (35). La vieja ONU, disuelta después de las terribles guerras del tercer milenio, se ha refundado como NVU (Naciones Verdaderamente Unidas), bajo el patrocinio directo de la CCPM (Confederación del Consumo y Producción Mundial), la Confederación de los Grandes Oligarcas (CGO), y el poder ejecutivo mundial, entronizado en la figura del Presidente de la “Comunidad de Estados Unidos Contra el Mal”, (la poderosa CEUCM), cabeza visible de los ejércitos que aún luchan contra el terrorismo.


La CEUCM desembarcó su batallón especial en tierra rebelde. Con sus enormes botas y su complejísimo equipo a la espalda, con sus antenas de micro-cristal conectadas al satélite, distribuyeron sus hombres por todos los valles y montañas del país hostil. Potentemente armados van dispuestos a llevar la Buena Nueva de la Civilización Universal a tan pobres desgraciados. Antes de bombardear con aviones, drones y misiles, han saturado las redes con invitaciones a la rendición, incluso han sembrado octavillas invitando a los rebeldes a someterse al nuevo orden, a unificar el país bajo la CEUCM. Han distribuido sacos con alimentos y ayuda médica para la población civil: su mensaje implícito es: “Nosotros no estamos contra vosotros, os necesitamos sumisos y pacíficos”. Sin embargo, los bárbaros son bárbaros y “su mal” ha respondido al nuevo bien del modo que les es propio.


Los rebeldes y violentos, por su maligna naturaleza, agazapados en el más inesperado rincón, golpean con su terror asesino. Como Caínes, dicen los buenos, caen sobre el bondadoso Abel, envidiosos del triunfo y la potencia de su poder, emboscan a una patrulla aquí, asesinan a un guardia del orden allá. Pero el Ejército del Bien no desiste y a cada golpe recibido responde con diez. Nuevos servidores de la paz, con el último armamento en ristre, siguen con la magna construcción del Imperio, el de la paz definitiva, la Gran Civilización Universal, la del Dios de los ejércitos. Sin embargo, a pesar de la super tecnología sus bajas suman: son los héroes del nuevo orden y sus nombres se inscriben en bronce haciendo crecer el obelisco de la memoria imperial.


La maltrecha e inocente población civil, beneficiaria directa de tanta dedicación armada, ha comenzado a desconfiar seriamente de las proclamas rebeldes: “Ellos hablan de nuestras tradiciones, del honor de las antiguas naciones, pero nos conducen a la extinción”. Atrapados entre el miedo y la impotencia, comprenden entonces que “el bien” viene con los soldados del nuevo ejército de salvación, que Dios ha abandonado a sus malignos líderes. Y así, desencantados e impotentes, los pueblos ancestrales han comenzado a convertirse al nuevo orden. Lo que no significa, por supuesto, que abandonen su antigua religión, antes bien, y mejor que nunca antes, ahora aspiran a ejercer de verdaderos creyentes y santos ciudadanos.


Pero el problema continúa, a una población de seres sometidos no es fácil extirparles el sentimiento de frustración, y el goteo del terror ha continuado mil años más, con miles de nuevas víctimas inocentes. Muchos terroristas, ablandados al ver la generosidad (implacable) de los vencedores, se arrepintieron y clamaron, hacia la capital del Este y el Oeste: “Déjennos vivir en paz”. Pero los duros de corazón, heridos durante cien generaciones de humillación, como animales con más testosterona, continuaron su cruzada subterránea de odio incorregible hacia el Orden de la CEUCM. 


Y el Orden aprendió a defenderse con nuevos medios. Tras duras pruebas a la fe y bondad de su propósito civilizador, templaron los resortes de su sistema y desarrollaron poderosos mecanismos inmunitarios. “El terrorismo es una plaga”, decían. “Debemos defendernos de tanta salvajada, y esto solo es posible con control”.


Por lo que finalmente la masa televidente, debidamente en-redada, consintió en sacrificar la libertad individual a cambio de seguridad colectiva. Con solo dos medidas para ese fin: “Que se fortalezca nuestro ejército (del bien) y que el control de la población sea total, pues es necesario identificar y aislar cualquier posible disidencia”.


Y así respaldado por las nuevas leyes, buscando combatir al invisible enemigo, el ejército del bien terminó por encontrar el arma perfecta: una especie de virus sintético de altísima virulencia. 

Se difundía el arma en el aire con extrema facilidad. Una vez dentro del organismo se incorporaba al material genético de cada célula, en el punto exacto del genoma donde el grupo de genes responsables de la conducta violenta y terrorista ya había sido identificado. El presidente de turno dudó muchísimo en autorizar su empleo, pues el nuevo virus carecía de antídoto. Se le probó en una cárcel de alta seguridad y el resultado del experimento fue devastador: 90% de reclusos murió en pocas horas; el 10% sobreviviente fue descrito como buena gente, presos modélicos, incluso inocentes descubiertos por el virus. ¡Al fin sería posible separar corderos de lobos y conseguir un rebaño en paz! Dios no podría querer mejor cosa que el arma perfecta. Y se la soltó a volar. 

El resultado fue una caricatura del juicio final: terroristas agresivos eliminados, los violentos desenmascarados, y también aquel buen hombre de apariencia sonriente, el estudiante perfecto de su religión, para sus convecinos excelente ciudadano, o aquel otro tan respetable pero terrorista oculto, cayeron fulminados por la ira del arma.

El arma funcionaba con la eficacia conjunta de biología y tecnología. Caían por todas partes, como moscas, los violentos padres e hijos del terror. El problema fue que la epidemia desatada también decapitó al Presidente de la CEUCM y a buena parte de su gabinete. El ejército del bien quedó diezmado, soldados reventados por miles, y sus mandos, tan civilizados. Jueces afamados por veraces y justos también cayeron, notarios y banqueros, religiosos de todas las confesiones, una auténtica escabechina de ciudadanos, hasta ahora considerados normales y cualquier cosa menos violentos. Alguno se arrepentía entre sollozos antes de sucumbir: “Nadie había sospechado de tanta violencia oculta”.

Hay armas definitivamente peligrosas. Los que quedaron vivos se sentaron a la enésima mesa de negociación para determinar el futuro estatus de la Ciudad Eterna. Pero el acuerdo tampoco pasó de provisorio. Ya se sabe, la eternidad siempre es provisoria.





P.Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta



EL ARMA PERFECTA