CONTINUIDAD Y DISCONTINUIDAD EN LA NATURALEZA Y EL CUERPO

Posted By pfbontempi on Dic 6, 2021 | 0 comments


CONTINUIDAD Y DISCONTINUIDAD EN LA NATURALEZA Y EL CUERPO

Charada

Es cuerpo y carece de cuerpo

es onda pura y denso pecado

se divide en dos, se multiplica por mil

y sigue siendo una

al mismo tiempo que en la izquierda

transita por la derecha

su raudo destino no respeta a la suma

ni a la resta

desconcierta a la razón y a la razón sustenta

si le dices ‘habla’ te cuenta la historia del camino

si le dices ‘donde’ te dice en todas partes y en ninguna

si la dejas ser, te besa

sí pretendes amarrarla, se esconde.

¿Qué bocado es este, y delicioso

que a la oscuridad de la boca ilumina

su insaciable apetito?

Aboquémonos, entonces, al delicioso bocado

de la Luz.

Benho Poukersi

LOS CONTRAPUNTOS DEL CUERPO III

CONTINUIDAD-DISCONTINUIDAD EN LA NATURALEZA

Para avanzar en nuestra comprensión del cuerpo será necesario discutir dos grandes modelos de realidad que han operado en nuestro Campo Cognitivo: el de realidad continua y el de realidad discontinua. Un modelo imagina a la realidad constituida por cuerpos separados, entidades dotadas de una cierta autonomía. El otro modelo concibe una realidad fluida, donde los cuerpos aparecen y desaparecen en ese flujo continuo.

En la naturaleza todo es proceso, evolución y cambio. Una roca ante de ser una roca era lava, una estrella era polvo cósmico, un pez era una sopa de moléculas en agua de mar. Las especies con sus formas características se desarrollan y evolucionan a partir de formas previas. Que ‘todo cambia y muda’, con su noción de impermanencia es una de las observaciones del BUDA 500 AC. Describía lo mismo HERACLÍTO, quien afirmaba en la Grecia de esa época que ‘nadie se baña dos veces en el mismo río’, que todo fluye en un proceso de transformación continuo.

Sin embargo, estas ideas han demorado siglos en extenderse y hacerse populares. Todavía hoy mucha gente discute agriamente la hipótesis evolucionista de Darwin, oponiéndole un creacionismo obtuso donde los cuerpos han sido creados bajo formas definitivas y directamente por Dios. La mayor parte de los seres humanos hemos vivido atribuyéndole a los cuerpos una rotunda identidad formal, una piedra es una piedra, con su forma y peso muy bien delimitados y medibles, un petirrojo es un pájaro con el pecho rojo y no un pájaro con el pecho gris. Nos hicimos expertos en desmigajar a la inmensidad de la naturaleza en cuerpos separados y clasificables. Nuestra sagrada Biblia comienza así, con el acto divino de separar las aguas de arriba de las de abajo, de apartar tierra de agua e identificar por su nombre a cuerpos y criaturas separadas de otros cuerpos. Evidentemente somos clasificadores. Muchos siglos después vino Linneo, el gran indexador de especies; solo faltaba ordenarlas y buscar las relaciones. Y así vivimos aún, ‘identificados con un cuerpo’ en un universo de cuerpos distintos.

Esta construcción en nuestros Campos Cognitivos de un mundo puzle, donde las piezas separadas se suman mecánicamente, es una construcción cognitiva muy diferente a la que experimentaron Heráclito o Buda, mundos donde todo es cambiante, donde todo fluye en continuidad con todo, donde nada es permanente.

Nos encontramos entonces ante dos formas de mirar la naturaleza, y posiblemente ante dos actitudes vitales diferentes: una mirada establece objetos separados y discontinuos, la otra establece procesos fluidos y continuos. Incluso en física se han generado teorías diferentes, sustentadas en una u otra mirada.

Entre los siglos XVII y XIX, intentando comprender la naturaleza de la luz se desarrollaron dos grandes teorías, la teoría corpuscular de Newton, y la teoría ondulatoria de Huygens, Fresnel y Young. Para el primero la luz estaría constituida por pequeños corpúsculos, descendientes conceptuales de las partículas atómicas imaginadas por Demócrito 2500 años antes, y precursores de los fotones modernos. Por este camino hemos llegado a la ultra sofisticación de las ‘teorías’ corpusculares actuales: teorías que imaginan (y demuestran incluso) un universo con una enorme variedad de partículas, incluso partículas sin masa, especie de fantasmas que reciben la masa en la interacción con una partícula que les confiere esa ‘cualidad masiva’.

Los segundos, sin embargo, descartaban la idea del chorro de partículas lumínicas, y planteaban una teoría ondulatoria de la luz, la imaginaban como ondas (de naturaleza electromagnética), como olas a través de las cuales se desplaza un frente de energía en un mar continuo. Pero esta teoría requería un mar de fondo, el éter, una especie de sustrato finísimo que permearía al universo completo, y esa existencia nunca se ha podido demostrar.

La discusión acerca de la naturaleza de la luz duró bastante, en algunos experimentos la luz se comportaba como onda (difracción, refracción, superposición e interferencia de ondas, el famoso experimento de las rendijas de Young); y en otros reaccionaba como corpúsculo (radiación del cuerpo negro que se calienta al absorber luz, emisión de su energía en saltos o cuantos, fenómeno descrito por Planck y que dio pie a la comprensión del efecto fotoeléctrico por Einstein). La mayor parte de los físicos han solucionado este dilema hablando hoy de la ‘naturaleza dual de la luz’, por su comportamiento tanto de onda (continua) como de partícula (discontinua): la portentosa idea de la mecánica cuántica, de partículas que se deshacen en ondas, y ondas que se reconvierten en cuerpos detectables, en partículas.

EL CUERPO: SU CONTINUIDAD-DISCONTINUIDAD

Esta doble forma de mirar los fenómenos naturales se ha correspondido con dos formas de percibir y pensar nuestra realidad corporal. Así, para algunos, delimitado por su frontera de piel, el cuerpo es una isla autónoma separada del resto, pequeño reino donde gobierna la voluntad de un sujeto-ego, o la entidad extracorpórea llamada alma. Para otros, en cambio, el cuerpo es una realidad inseparable de los procesos evolutivos de la naturaleza en su conjunto, un cuerpo-río en permanente transformación, en continuidad con la naturaleza a la que pertenece.

Todos tenemos, con mayor o menor consciencia de ello, un cierto modelo de lo que somos, y de la relación de esta realidad con el orden superior al que pertenecemos. El modelo incluye una manera de concebir y experimentar nuestra realidad corporal. ¿Cuál es la realidad por detrás de nuestras percepciones y teorías? ¿Será posible que la percepción corporal que tenemos sea una ilusión creada por nuestro aparato perceptivo?

La percepción que tenemos de cualquier objeto percibido depende tanto de factores intrínsecos de ese objeto, como de factores correspondientes a nuestro aparato perceptor, es decir, de nosotros mismos.

La apariencia sólida o fluida de algo depende de a qué velocidad ocurren sus procesos de cambio. El agua de una charca se va secando y cambia su forma mientras se evapora. Un cuerpo nos parece sólido porque su proceso de cambio es muy lento; pero los cuerpos sólidos también pierden masa por evaporación, un trozo de hierro lo hace por ‘sublimación’, (paso de sólido a gas). El río de lava cuya contemplación nos hipnotiza va corriendo lentamente, como todos los ríos, hacia el mar. El río es un cuerpo fluido que cambia continuamente. Un glaciar que nos parece sólido e inmóvil, en realidad es un río que corre a cámara lenta. ¿Tenía razón Heráclito, que todo cambia fluidamente y que no podemos conservar nada?

Cuando era un joven aprendiz, mi profesor de biología, el señor Vega, a quien recuerdo con afecto y agradecimiento, me enseñó algo que no he olvidado: si miramos una planta de forma continua no nos daremos cuenta de cómo está creciendo, pero si vengo a verla una vez a la semana la veré cambiada. ¿Y si nos ponemos a nosotros mismos en el lugar de esa planta cuya transformación queremos observar? Al tenernos siempre en el primer plano de nuestra mirada, no podremos percibir el río del cambio, veremos nuestro cuerpo como algo sólido y permanente. ¿Es la inmediatez de nuestra mirada la que nos engaña e imagina invariables? ¿Somos acaso tan fluidos y continuos como ese río dónde, de un instante a otro, ya no somos lo mismo?

Para poder reflexionar sobre la continuidad o discontinuidad corporal necesitamos plantearnos el cómo percibimos nuestro cuerpo.

LA PERCEPCIÓN DEL CUERPO

FOTOGRAMA Y PELÍCULA

Nuestra percepción corporal no difiere del resto de fenómenos perceptivos. Percibir el cuerpo y el mundo son, esencialmente, el mismo proceso cognitivo. Oliver Sacks, el neurólogo que escribió en 1973 “Despertares”, (historia real convertida en 1990 en una excelente y recomendable película), en su libro póstumo, “el Río de la Consciencia”, vuelve sobre una vieja idea de la neurociencia: que la percepción visual no es un proceso continuo, sino que está formada por momentos discretos que, como los fotogramas de una película, se suman para dar la apariencia de un movimiento.

En la ‘akinetopsia’, (trastorno perceptivo-visual descrito en 1991 por el neurólogo Semir Seki), debida a una afectación de las estructuras neurales necesarias para procesar la información visual, el sujeto solo puede ver un mundo estático: en un instante el objeto percibido está aquí y al momento siguiente aparece en otro lugar; el sujeto es incapaz de detectar el movimiento, no ve la continuidad de su paisaje visual, solo percibe escenas inmóviles, fotogramas discontinuos que nunca llegan a generar la noción de movimiento. La hipótesis que nace de estas observaciones afirma que la percepción visual no es algo continuo, sino que el ojo, en continuo sobresalto y movimiento, va haciendo tomas discretas que se procesan y editan en el cerebro para dar la apariencia de continuidad.

El ‘paisaje exterior’ que vemos está sometido a este proceso de estímulos sensoriales, descomposición-recomposición y procesamiento neuronal para crear la película percibida.

Y ¿qué pasa con el ‘paisaje interior’, con la percepción de nuestro cuerpo?

PERCEPCIÓN

Vilayanur Ramachandran, un importante neurólogo hindú que ha desarrollado su investigación en Inglaterra, diseñó ingeniosos experimentos que demuestran la plasticidad neuronal, la capacidad del cerebro para reajustar sus funciones y alcanzar nuevos equilibrios. A un sujeto amputado, con grave dolor fantasma en un miembro inexistente, le calmaba su tormento engañando a su percepción visual con un juego de espejos, (se puede ver el experimento en el link espejo y cerebro), esto le permitía al paciente aliviar un brazo que ya no estaba, pero que aún seguía representado en sus redes neuronales. Comprendió que la representación neuronal de nuestro cuerpo es cambiante, fluida, adaptativa. Afirma que: “Al parecer lo que llamamos percepción es, en realidad, el resultado final de una interacción dinámica entre las señales sensoriales y la información almacenada, a alto nivel, sobre imágenes del pasado”, memorias que nunca son definitivas, pues se modifican a cada instante con las nuevas entradas sensoriales.

El cuerpo que experimentamos es una ‘percepción’, es decir una construcción que se ha desarrollado en nuestro Campo Cognitivo, una cognición que puede estar profundamente alterada, como ocurre en la anorexia, donde ‘el cuerpo que el sujeto siente y ve’ es de una gordura muy diferente al cuerpo que perciben los demás. Nuestra ‘experiencia presente’ del cuerpo es mucho más que presente: en cualquiera de nosotros hay información propioceptiva y cenestésica que está ascendiendo, ‘en este exacto instante’, desde las vísceras y sensores ósteo-musculares, para integrarse y ser procesada cerebralmente con los engramas neuronales asociados a nuestra imagen corporal.

Lo que llamamos ‘experiencia presente’ implica, necesariamente, la integración de presente y pasado en un proceso biológico continuo y cambiante. Toda percepción, y también la de nuestro cuerpo, es una recreación operativa que se construye en nuestro Campo Cognitivo, allí donde de continuo se funden pasado y presente. El ‘cuerpo que experimentamos’ desborda con creces al instante mínimo en que lo sentimos, es mucho más que ‘ahora’.  

Al reflexionar sobre la percepción ha sido necesario plantearnos el problema del tiempo. Nuestros procesos cognitivos están inmersos en cadenas de eventos temporales, en series de instantes. Pero, ¿Cuánto dura un instante?

DURACIÓN DEL INSTANTE

Experimentos de neurocognición sitúan a sus sujetos frente a una lámpara que se activa con fogonazos sucesivos. Si el tiempo que separa a dos estímulos es suficientemente largo el sujeto informará que ve dos luces en dos instantes diferentes. Pero, cuando se acorta el lapso entre destellos, llega un momento en que el sujeto ya no ve dos luces sino solo una: para su experiencia subjetiva ambas luces se han encendido en el mismo instante. Y esa es la duración medible de ‘un instante’, alrededor de 500 milisegundos, un tiempo mínimo que está determinado por la velocidad con que se propagan las señales neuronales y que determinan el acto perceptivo. Si esta velocidad se ralentiza, la cantidad de información que fluye en cada unidad de tiempo es menor, y el tiempo parece lento y vacío, (como en los depresivos con bloqueo sináptico); si la velocidad de los flujos neuronales se acelera, (como ocurre de forma natural o de forma artificial por alguna droga), tendremos la impresión de un presente más extenso, donde caben muchas más cosas.

El instante, el presente más corto, resulta ser un evento neurológico. Pero cuando hablamos del presente nos referimos generalmente a algo más amplio que un instante: el presente año, el día presente, el minuto actual, este segundo, son distintas extensiones del presente. El presente mismo es un concepto discutible.

EL PRESENTE

Nuestra experiencia del cuerpo es algo que solo ocurre en el presente, en el ‘aquí/ahora’. Pero este presente es variable, desde el estrecho umbral del ‘instante’, determinado por la velocidad de conducción nerviosa, o por los estados anímicos del sujeto que al tiempo hace lento o rápido, largo o cortísimo. En este ‘umbral de un presente relativo’, determinado por la velocidad neuronal y por los estados psicológicos, ocurre nuestra experiencia del cuerpo, el acto de percepción donde las señales presentes se funden con los modelos del pasado.

Toda percepción exige memoria. Y la memoria es otro factor que determina nuestra experiencia del cuerpo; y del tiempo. Si careciésemos de memoria ¿cuánto duraría el presente? ¿Acaso habría siquiera ‘presente’? La noción de estar ‘aquí/ahora siendo consciente de esta realidad corporal’ implica la existencia de algún tipo de memoria.

LA MEMORIA

El cuerpo que experimentamos es inseparable de la memoria. Referirnos al presente ‘ahora’, implica necesariamente un ‘antes de ahora’ y un ‘después de ahora’.

La memoria no solo es propiedad humana, tiene distintos tipos e intensidades, varía bastante de una persona a otra y de un momento a otro. El fenómeno de la memoria es cercano al de inercia: los ríos tienen cauce, sin embargo pueden secarse y el cauce sigue estando allí, como ‘una tendencia inercial’; si vuelve a llover el agua correrá por donde corrió en el pasado. Antes de ser recordadas las memorias son como ríos secos, determinados estímulos sensoriales activan demandas y el agua vuelve a correr por los viejos cauces.

Hasta hace poco se creía que los recuerdos estaban ‘escritos en pixeles neuronales’ rotundos y definitivos, que un recuerdo era el mismo para siempre. Ahora más bien se cree que la memoria es flexible, que los recuerdos se recomponen ‘a la carta’, como los informes de una empresa construidos con las notas de sus muchos departamentos, (auditivos, visuales, táctiles, olfativos, cenestésicos etc), se archivan, descartan o repiten según se usen, se modifican según la demanda y las circunstancias.

La memoria puede ser consciente o inconsciente. Yo recuerdo dónde está mi casa y cómo llegar a ella, pero eso no significa que sea consciente de ese ‘mapa cognitivo’; cuando conduzco de regreso no me planteo conscientemente qué camino seguir. Un sonámbulo sale a sus vagabundeos nocturnos y regresa a su casa sin consciencia, pero con evidente memoria inconsciente. También hay memoria animal, mi perro me recuerda y saluda moviendo la cola; y existe la memoria celular, las células inmunitarias de nuestro organismo ‘recuerdan’ y ‘reconocen’ a que antígenos y virus deben neutralizar. Incluso hay memoria física, memoria molecular y atómica que usamos con el chip de nuestro teléfono. Quizá podamos afirmar con el biólogo R. Sheldrake que la naturaleza completa es un enorme órgano de memoria, llena de hábitos y circuitos inerciales.

MEMORIA Y REPRESENTACIÓN CORPORAL

La memoria, consciente o inconsciente, es fundamental en nuestra experiencia corporal. Ya dijimos que nuestra sensación del cuerpo presente es, en realidad, una percepción integrada con memorias y modelos cognitivos previos, que esa integración de pasado y presente crea el mapa de lo que creemos ser, una autoimagen en continua evolución. El sujeto que padece ‘demencia senil’, a medida que degrada su memoria y regresa a las etapas infantiles, integra las sensaciones corporales presentes en un modelo cognitivo muy desfasado y antiguo, el de un bebé que llama a su madre.

¿CONTINUIDAD O DISCONTINUIDAD?

Esta representación cognitiva de nuestro cuerpo, en ausencia de patologías, es normalmente fluida y TIENE CONTINUIDAD. Pareciera que la naturaleza ha creado organismos, como el nuestro, capaces de generar modelos continuos de sí mismos y capaces de operar con continuidad sobre una realidad continua.

Sin embargo, cuando analizamos y descomponemos los procesos cognitivos nos encontramos con flagrantes discontinuidades: la realidad misma parece discontinua, cuerpos y partículas separados y separables, nuestro propio cuerpo perdiendo unidad y convirtiéndose en una compleja sumatoria de órganos en interacción, de innumerables procesos particulares. El pensamiento analítico nos enseña que nuestras percepciones corporales SON DISCONTINUAS y que el ensamblaje cerebral es el que les confiere unidad y fluidez. Esto parece demostrado y demostrable.

Dos visiones nos dan entonces dos perspectivas diferentes de una misma realidad. Y así podemos llegar a una conclusión provisoria, como todo en la vida, que: Nuestro cuerpo es continuo, pues así lo sentimos, y discontinuo, pues así lo comprendemos al análisis.

¿Hemos llegado a la conclusión de una naturaleza dual para nuestro cuerpo? Por detrás de esta dualidad aparente ¿cómo es la realidad del cuerpo, este ‘lugar del universo’ más próximo a lo que somos?

Resulta entonces necesario aplicar a la inmediatez de nuestra realidad corporal la vieja distinción kantiana entre ‘noúmeno’ y ‘fenómeno’.

FENÓMENO Y NOÚMENO DEL CUERPO

Si miramos un cielo estrellado nos resulta relativamente sencillo comprender la diferencia entre el fenómeno y el noúmeno, la diferencia entre la apariencia o imagen que nos hacemos de algo y la cosa en sí misma. Podemos ver estrellas que dejaron de existir hace muchísimo tiempo y, como estaban a enormes distancias de nuestra observación, cuando nos ha llegado la luz con sus noticias, ellas ya habían explotado y dejado de existir; lo que estamos viendo es una imagen, el eco de una existencia extinta, su luz. Lo que estamos experimentando es el fenómeno que se produce en nosotros al recibir esas señales desfasadas en el tiempo. El noúmeno de esa estrella, lo que realmente era, es mucho más que nuestra impresión sensorial de ella. Podemos tener alguna información de algo y deducir ciertas propiedades suyas, pero lo que eso realmente sea es mucho más.

Sin embargo, con nuestro propio cuerpo la distinción entre fenómeno y noúmeno nos resulta bastante más complicada, porque, así como esa estrella que ya no existe estaba muy lejos, nuestro cuerpo es la región del universo más próxima a nosotros; y está tan próxima e inmediata, que nos parece que el fenómeno que experimentamos, (la serie de sensaciones corporales), son el noúmeno mismo, el cuerpo que es. Y esto es un error.

Nos atascamos en una ilusión fácil cuando experimentamos el fenómeno de nuestra propia humanidad corporal. Confundimos lo que vemos y sentimos de nuestro cuerpo, el ‘fenómeno’ corporal, con nuestra realidad fundamental, la esencia, el ‘noúmeno’ humano.

Para profundizar en la comprensión de esta curiosa cuestión he desarrollado el concepto de ‘CUERPO APARENTE’ y ‘CUERPO FLUIDO’. Este será el objeto de un próximo artículo, siendo el cuerpo aparente el ‘fenómeno’ que experimentamos, expresión de ese otro cuerpo mucho más extenso, multidimensional y evolutivo que he llamado ‘cuerpo fluido’.  (Continuará)

Francisco Bontempi

Médico y Psicoterapeuta

CONTINUIDAD Y DISCONTINUIDAD EN LA NATURALEZA Y EL CUERPO